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Full text of "Tabaré"

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} 



í 



TABARÉ 






5.-T. 



Ji 



Establecimiento Tipográfico de Ricardo Fé. Olmo, 4. — ^Teléfono 1.XZ4. 



JUAN ZORRILLA DE SAN MARTLN 

Miembro correspondiente de las Academias Bspaüola j de la Historia. 



TABARÉ 



ILUSTRACIONES DE F. TOMAS Y ESTRUGH 



< in iniquitatibus 

conceptus sum; et in pecca- 
tis concepit me mater mea. >» 

El Rey Profeta 



TERCERA EDICIÓN 



MADRID 

LIBRERÍA DE FERNANDO F^ 
Carrera de San Jeróniítio, 2, 

1892 






COUNT OF SANTA t- i.%.'% ^ 

Mmk i. 8TET$0N. )r, 



ES PROPIEDAD 
Qt'EDA HECHO EL DEPOSITO QUE MARCA LA LEV 



A MI ESPOSA 

ELVIRA BLANCO DE ZORRILLA 



Te dedico Tabaré... jY qué he de hacer? 

Si fuera á esperar la época en que podré ó 
no producir algo digno de tí, tendría que renun- 
ciar á la satisfacción de escribir tu nombre, que 
)ne es tan querido, al frente de una de mis obras. 

Te lo dedico, pues; á tí, la inspiradora de 
aquellos mis primeros cantos de amor que aún 
me parece escuchar á la distancia, como una se- 
renata que acaba de pasar por mi lado, y cuyos 
acordes lejanos se desvanecen en una queja llena 
de melancolía. 



]l TABARÉ 

Viejo ya, aunque sin canas y quizá sin mu- 
chos años, siento llegar hasta mi ^ fundidas en 
un solo acorde, las últimas notas de aquellos mis 
cantos de adolescente, y las primeras risas de 
nuestros hijos. Hay algo de iodo eso en la inspi- 
ración que ha dado vida , más ó menos efimera^ 
á este poema; hay, por coyisiguiente, mucho que 
es tuyo; tu espíritu y el mío palpitan identijíca- 
dos en él. 

Sin duda por eso he mirado á Tabaré con 
predilección; tu lo sabes, pues ha sido tu rival 
durante muchas de esas pocas horas que el tra- 
bajo incesante ó las preocupaciones de mi agita- 
da vida me han dejado libres, y que hubieran 
sido tuyas y de jitiestros hijos si no me las hu- 
biera reclamado con derecho el pobre indio, s<h 
nada personijicación de una estirpe muerta que. 
cuando menos ^ tiene derecho á nuestra compasión^ 

¡Cuántas veces, aunque no muy de grado, 
ahuyentaste de mi mesa de labor á nuestra que- 
rida y bulliciosa caterva, para hacer silencio en 
torno de la cima de mi charrúa! 

Quiero devolverte esas horas, dedicándote la 
obra á que ellas fueron consagradas, Lee^ una 



DEDICATORIA III 

que otra vez, á nuestros hijos algunas de las es- 
trofas de este pedazo de historia de nuestra pa- 
tria, de esta su hermosa patria uruguaya que, 
con tanto tesón, les enseñamos á amar después 
de Dios, 

Si ellos llegaran á advertir que esta página 
íntima está fechada en el destierro, recuérdales, 
pues til lo sabes, que no debe culparse de ello á 
la patria, y enséñales á preferir siempre el sU' 
frimiento, que tü has sobrellevado conmigo, al 
abandono de su misión moral en la tierra. 

No sin algún pesar me separo de Tabaré 
para darlo al publico. Él ha sido mi compañero 
inseparable y bueno durante estos últimos años 
de tantas amarguras para mi espíritu y, lo que 
es peor, de tantas desgracias para nuestro país, 
Pero va á tus manos, y esto hace menos sensible 
la despedida. 

Que til quieres también un poco á mi indio; 
que tü lo mirarás con menos indiferencia de lo 
que él acaso merece, me lo demuestra el hecho 
de haber tü sentido una antipatía y una repul- 
sión invencibles hacia D, Gonzalo de Orgaz por- 
que lo hirió de muerte en el bosque. 



IV TABARÉ 

Sz á ti se te hubiera dado á elegir el desenlace 
de mi poema, yo bien me se cuál hubieras elegido, 

¡No podia ser! 

No : tu idea era imposible, Blafica (tu raza^ 
nuestra raza) ha quedado viva sobre el cadáver 
del charrúa. 

Pero^ en cambio^ las ultimas notas que escu- 
charás en mi poema son los lamentos de la es- 
pañola y la oración del monje; la voz de nuestra 
raza y el acento de nuestra fe; la caridad cris- 
tiana y la misericordia eterna. 

El poeta no puede decir mentiras por más dul- 
ces que ellas sean, 

5/ TV ries^ 

Pues no te lo digo en broma. El arte es la 
verdad^ la alta verdad inoculada en la ficción 
como un soplo vivificante y eterno; de ahí que la 
verdad^ lo reaten el arte no esté en la forma, co- 
mo lo eterno en el hombre no está en el cuerpo. 

Y la prueba de ello la tientes en que la alta 
verdad, la excelsa realidad del pensamiento, al- 
ma de la creación artística, ha inmortalizado y 
conducido triunfantes al través de los siglos obras 
deformas diversas y hasta radicalmente opues- 



DEDICATORIA V 

tas ^/orinas que recorren un diapasón tan exten- 
so como el que media (te citaré dos obras que tú 
conoces) entre La Tempestad de Shakespeare y 
El Quijote de Cervantes. 

El arte contribuye poderosamefite á la felici- 
dad y al mejoramiento sociales^ j sabes por qué? 

^Será porque copia ó reproduce lo que existe 
materialmente^ lo que todo el mundo ve y toca^ y 
j>orque consigue despertar en el hombre las mis- 
mas impresiones que las escenas reales despier* 
4an en él? 

Todo lo contrario. 

El arte contribuye al mejoramiento social por- 
gue ^ por medio de él^ el común de las gentes par- 
ticipa de la visión de los hotnbres excepcionales^ 
y se eleva y ennoblece en la contemplación de 
aquello cuya existencia no conocería si el poeta 
iw le dijera: levanta la frente; sube conmigo á 
las regiones de la belleza; la atmósfera es pura 
porque acaba de atravesarla la tempestad del 
^enio que^ como las tempestades de la tierra ^pu- 
rifica el ambiente. 

En una palabra : el arte no es otra cosa que 
Ja reproducción sensible de la vida ideal. 



VI TABARÉ 

Y la vida única de la inteligencia es la ver dad,, 
como la única vida de la voluntad es el bien. 

De ahi que la única fuente de belleza artísti- 
ca sea el pensamiento en que el bien se difunde 
y la verdad esplende ; de ahí que^ como antes te 
decía, el poeta no pueda decir mentiras. 

Yo debía, pues, decir la verdad en Tabaré; 
inocularla en el organis^no literario que ama- 
saba con el limo de nuestra tierra virgen y her-^ 
mosa. 

No extrañes que haya elegido una verdad lle- 
na de inmensa tristeza: las que más aprietan el 
corazón son las que más eficazmente lo exprimefty 
las que le hacen verter su jugo más íntimo. 

El de mi alma va en Tabaré ; por eso te la 
ofrezco en una fecha que nos es querida, (i), 

Juan Zorrilla de San Martín. 

Buenos Aires, 19 de Agosto de 1886. 



(i) Después de escrita esta página, que respeto hasta en sus 
incorrecciones, y antes de darla á la prensa, mi esposa ha muer- 
to He bendecido la voluntad de Dios que me la dio y me la 

quitó: he ofrecido á Dios, como holocausto Propiciatorio, los pe^ 
dazos de mi corazón que El destrozó. Con la absoluta evidencia 
de la fe, sólo veo en el dolor el nuncio de las divinas misericor- 
dias. — Sea. 



INTRODUCCIÓN 



I 

Levantaré la losa de una tumba; 
É internándome en ella, 
Encenderé en el fondo el pensamiento 
Que alumbrará la soledad inmensa. 

Dadme la lira, y vamos: la de hierro. 

La más pesada y negra; 
Esa, la de apoyarse en las rodillas, 
Y sostenerse con la mano trémula, 



a TABARÉ 

Mientras la azota el viento temeroso 

Que silba en las tormentas, 
Y, al golpe del granizo restallando, 
Sus acordes difunde en las tinieblas; 



rtí La de cantar sentado entre las ruinas 






Como el ave agorera; 
La que, arrojada al fondo del abismo, 
Del fondo del abismo nos contesta. 

Al desgranarse las potentes notas 

De sus heridas cuerdas, 
Despertarán los ecos que han dormido 
Sueño de siglos en la obscura huesa; 

Y formarán la estrofa que revele 
Lo que la muerte piensa; 
Resurrección de voces extinguidas, 
Extraño acorde que en mi mente suena. 



INTRODUCCIÓN 



II 



Vosotros, los que amáis los imposibles, 
Los que vivís la vida de la idea; 
Los que sabéis de ignotas muchedumbres , 
Que los espacios infinitos pueblan, 

Y de esos seres que entran en las almas 

Y mensajes obscuros les revelan, 
Desabrochan las flores en el campo, 

Y encienden en él cielo las estrellas; 

Los que escucháis quejidos y palabras 

» 

En el triste rumor de la hoja seca, 

Y algo más que la idea del invierno 
Próximo y fi^ío á vuestra mente llega,, 

Al mirar que los vientos otoñales 

Los árboles desnudan, y los dejan 

Ateridos, inmóviles, deformes, 

Como esqueletos de hermosuras muertas; 



4 TABARÉ 

Seguidme hasta saber de esas historias 
Que el mar y el cielo y el dolor nos cuentan; 
Que narran el ombú de nuestras lomas, 
El verde canelón de las riberas, 

La palma centenaria, el camalote, 
El ñandubay, los talas y las ceibas: 
La historia de la sangre de un desierto, 
La triste historia de una raza muerta. 

Y vosotros aun más, bardos amigos, 
Trovadores galanos de mi tierra, 
Vírgenes de mi patria y de mi raza 
Que templáis el laúd de los poetas; 

Seguidme juntos á escuchar las notas 
De una elegía que en la patria nuestra 
El bosque entona cuando queda solo , 

Y todo duerme entre sus ramas quietas ; 

Crecen laureles , hijos de la noche , 
Que esperan Hras para asirse á ellas , 
Allá en la obscuridad en que aun palpita 
El grito del desierto y de la selva. 



INTRODUCCIÓN 



III 



] Extraña y negra noche! ¿Dónde vamos? 

¿Es esto cielo ó tierra? 
^Es lo de arriba? ¿Lo de abajo? Es lo hondo, 
Sin relación, ni espacio, ni barreras. 

Sumersión del espíritu en lo obscuro, 

Reino de las quimeras, 
En que no sabe el pensamiento humano 
Si desciende , ó asciende , ó se despeña. 

El caos de la mente que pujante 
La inspiración ordena; 
Los elementos vagos y dispersos 
Que amasa el genio y en la forma encierra. 

Notas, palabras, llantos, alaridos, 

Plegarias, anatemas. 
Formas que pasan, puntos luminosos, 
Gérmenes de imposibles existencias; 



6 TABARÉ 

Vidas absurdas, en eterna busca 

De cuerpos que no encuentran; 
Días y noches en estrecho abrazo, 
Que espacio y tiempo ea que vivir esperan ; 

Líneas fosforescentes y fugaces, 

Y que en los ojos quedan 
Como estrofas de un himno bosquejado, 
Ó gérmenes de auroras ó de estrellas; 

Colores que se funden y repelen 

En inquietud eterna, 
Ansias de luz , primeras vibraciones 
Que no hallan ritmo, no dan lumbre, y cesan; 

Tipos que hubieran sido y que no fueron 

Y que aun el ser esperan; 
Informes creaciones, que se mueven 
Con una vida extraña é incompleta. 

Proyectos, modelados por el tiempo, 

De razas intermedias; 
Principios sutilísimos que oscilan 
Entre la forriía errante v la materia; 



INTRODUCCIÓN 

Voces que llaman, que interrogan siempre 

Sin encontrar respuesta; 
Palabras de un idioma indefinible 
Que no han hablado las humanas lenguas; 

Acordes que , al brotar, rompen el arpa, 

Y en los aires revientan 
Estridentes, sin ritmo, como notas 
De mil puntos diversos que se encuentran, 

Y se abrazan en vano sin fundirse, 

Y hasta esa misma repulsión ingénita 
Forma armonía, pero rara, absurda, 
Música indescriptible, pero inmensa; 

Rumor de silenciosas muchedumbres, 

Tumultos que se alejan... 
Todo se agita, en ronda atropellada. 
En esta obscuridad que nos rodea; 

Todo asalta en tropel al pensamiento, 

Que en su seno penetra 
A hacer inteligible lo confuso, 
A enfrenar lo que huye y se rebela; 



8 TABARÉ 

Á consagrar del ritmo y del sonido 

La dulce unión eterna , 
La del color y el alma con la línea , 
De la palabra virgen con la idea. 

Todo brota en tropel , al levantarse 

La ponderosa piedra , 
Como bandada de aves que chirriando 
Brota del fondo de profunda cueva; 

Nube con vida que, cobrando formas 

Variables y quiméricas , 
Se contrae, se alarga y se revuelve 
Por sí misma empujada en las tinieblas. 

Allí cuajó en mi mente , obedeciendo 

A una atracción secreta , 
Y entre risas , y llantos , y alaridos , 
Se alzó la sombra de la raza muerta: 

De aquella raza que pasó desnuda 
Y errante por mi tierra, 
Como el eco de un ruego no escuchado 
Que, camino del cielo, el viento lleva. 



INTRODUCCIÓN 

Tipo soñado, sobre el haz surgido 

De la infinita niebla; 
Ensueño de una noche sin aurora, 
Flor que una tumba alimentó en sus grietas: 

Cuando veo tu imagen impalpable 

Encarnar nuestra América, 

Y fundirse en la estrofa transparente, 
Darle su vida, y palpitar en ella; 

Cuando creo fonnar el desposorio 
De tu ignorada esencia 
Con esa forma virgen, que los genios 
Para su amor ó su dolor encuentran ; 

Cuando creo infundirte, con mi vida, 
El ser de la epopeya, 

Y legarte á mi patria y á mi gloria 
Grande como mi amor y mi impotencia. 

El más débil contacto de las formas 

Desvanece tu huella, 
Como al contacto de la luz, se apagp. 
El brillo sin calor de las luciérnagas. 



xo TABARÉ 

Pero te vi. Flotabas en lo obscuro, 
Como un girón de niebla; 
Afluían á tí, buscando vida, 
Como á su centro acuden las moléculas, 

Líneas, colores, notas de un acorde 

Disperso, que frenéticas 
Se buscaban en tí ; palpitaciones 
Que en tí buscaban corazón y arterias; 

Miradas que luchaban en tus ojos 
Por imprimir su huella, 

Y lágrimas y anhelos y esperanzas 
Que en tu alma reclamaban existencia. 

Todo lo de la raza : lo inaudito. 

Lo que el tiempo dispersa, 

Y no cabe en la forma limitada, 

Y hace estallar la estrofa que lo encierra. 

Ha quedado en mi espíritu tu sombra, ■ 

Como en los ojos quedan 
Los puntos negros de contornos ígneos 
Qué deja en ellos una lumbre intensa... 



INTRODUCCIÓN ti 

¡Ahí nó, no pasarás, como la nube 
Que el agua inmóvil en su fkz refleja ; 
Como esos sueños de la media noche 
Que en la mañana ya no se recuerdan : 

Yo te ofrezco, i oh ensueño de mis días I 
La vida de mis cantos, que en la tierra 
Vivirán más que yo... ¡Palpita y anda, 
Forma imposible de la estirpe muerta! 



LIBRO PRIMERO 



i6 TABARÉ 

Aún dibuja misterios 
En el mbiirucuyá de las riberas, 
Anuncia el día, y por la tarde enciende 
Su último beso en la primera estrella; 

Aún alienta en el viento 
Que cimbra blandamente las palmeras, 
Que remece los juncos de la orilla 

Y las hebras del sauce balancea; 

Y hasta el río dormido 
Baja, en el rayo de las lunas llenas. 
Para enhebrar diamantes en las olas, 

Y resbalar ó retorcerse én ellas. 



II 



Serpiente azul de escamas luminosas 
Que, sin dejar sus ignoradas cuevas. 
Se enrosca entre las islas, y se arrastra 
Sobre el regazo virgen de la América, 



LIBRO PRIMERO 17 

El Uruguay arranca á las montañas 

Los troncos de sus ceibas 
Que, entre espumas é inmensos camalotes, 
Al río como mar y al mar entrega. 

El himno de sus olas 
Resbala melodioso en sus arenas, 
Mezclando sus solemnes pensamientos 
Con el del blando acorde de la selva; 

Y al grito temeroso 
Que lanzan en los aires sus tormentas. 
Contesta el grito de una raza humana 
Que aparece desnuda en las riberas. 

Es la raza charrúa 

De la que el nombre apenas 

Han guardado las ondas y los bosques 

Para entregar sus notas al poema; 

Nombre que aun reproduce 
La tempestad lejana, que se acerca 
, Formando los fanales del relámpago 
Con las pesadas nubes cenicientas. 



x8 TABARÉ 

Es la raza indomable 
Que alentó en una tierra 
Patria de los amores y las glorias , 
Que al Uruguay y al Plata se recuesta; 

La patria, cuyo nombre 
Es canción en el arpa del poeta, 
Grito en el corazón, luz en la aurora, 
Fuego en la mente, y en el cielo estrella. 



III 



La encuentra el pensamiento antes que el hombre 

Antiguo la sorprenda. 
En lucha con la tierra y con el cielo ; 
Y en su salvaje libertad envuelta. 

Para ella, el horizonte cierra el mundo 

Con un muro de piedra; 
Tras él duermen las tardes y las lunas. 
Tras él la aurora duerme y se despierta. 



LIBRO PRIMERO 19 

Cruza el salvaje errante 
La soledad de la llanura inmensa; 
Y el amarillo tigre, como él hosco, 
Como él fiero y desnudo, la atraviesa. 

El tigre brama ; el indio 
Contesta en el silbido de su flecha. 
¿Dónde va? ¿Qué persigue? Tras su paso, 
Sobre ese hermoso suelo ¿qué nos deja? 

¿Para él está formada 

Esa encantada tierra 
Que á los diáfanos cielos de Diciembre 
Les devuelve una flor por cada estrella? 

¿Para él sus grandes ríos 

Cantando se despeñan 
Los himnos inmortales de sus ondas? 
¿Qué fué esa raza que pasó sin huella? 

¿Fué el último vestigio 
De un mundo en decadencia? 
¿Crepúsculo sin día? ¿Noche acaso 
Que surgió obscura de la luz eterna? 



20 TABARÉ 

La eterna lumbre sólo engendra auroras. 

La noche , las tinieblas 
Son ausencia de luz ; la eterna noche 
Es sólo del Creador la eterna ausencia. 

En esa raza, de su excelso origen 

Aun el vestigio queda , 
Como el toque de luz amarillento 
Qut un sol que muere en los espacios deja. 

Hay lumbre en esos ojos siempre huraños, 
Fuego que encienden sólo las ideas ; 
Mas la lumbre se extingue, y una raza 
Falta de luz, se extinguirá con ella. 

Nacida para el bien, el mal la rinde; 
Destinada á la paz, vive en la guerra... 
]Hojas perdidas de su tronco enfermo, 
El remolino las arrastra enfermas! 



LIBRO PRIMERO ai 



IV 



Á las tribus lejanas 

Convocan las hogueras 
Que encendió Carneé sobre las lomas 
Como gritos de fuego y de pelea. 

Carneé en cuyo cuerpo 
Las heridas se cuentan 
Como las manchas en la piel del tigre , 

Y por eso le prestan obediencia, 

Cnrneé en cuyo toldo 
Las pieles y sangrientas cabelleras 
De los caciques ynros y bohanes 
Que su brazo arrancó, prueban su fuerza; 

Que tiene diez mujeres 
Que aguzan las espinas'de sus flechas , 

Y los fuegos encienden de su toldo, 

Y el jugo de las palmas le fermentan. 



22 TABARÉ 

Nadie sabe los fríos 
Que ha vivido el cacique; pero cuentan 
Que allá en el tiempo de los soles largos^ 
Al Uruguay llegó, desde la sierra 

Lejana, muy lejana, 
Que ve salir el sol , cuando las ceibas 
En que hoy anida el águila, sentían 
Correr la savia en su primer corteza. 

Ya entonces había visto 
Cruzar las lunas en las horas lentas; 
Pero aún es joven, cual si con sus manos 
Contar sus fríos Caracé pudiera; 

Aún en sus fuertes dedos 

Es la maza de piedra 
El brazo de la muerte que en las tribus 
Derrama el frío que en los huesos queda. 



LIBRO PRIMERO 



¿Por qué el viejo cacique 

A las tribus congrega, 
Toma la maza y apercibe el arco 
Que nadie sino él cimbrar intenta? 

¿Por qué bajo sus párpados 

Brilla con luz siniestra 
La pupila pequeña y prolongada 
En que se encienden sus miradas fieras? 

¿Acaso los bohanes 

La vencida cabeza 
Alzan de nuevo, y su guerrera lanza 
Del charrúa clavaron en la selva? 

¿Acaso al otro lado 
Del río como mar, las humaredas 
Se ven del indio querandíy y provocan 
Del Uruguay la tribu turbulenta? 



2| TABARÉ 

Nó : Caracé no teme 
Que los indios se atrevan 
A encender junto al Hum un solo fuego 
Mientras seis lunas á brillar no vuelvan. 

Lo que hace que el cacique 
Ciña á su frente estrecha 
Las plumas de avestruz, y ajuste el arco, 

Y al par del fuego, su mirada encienda. 

Es que tendido estaba 

En la playa desierta, 
Cuando vio que cruzaba por las islas 
Del Paraná'Guazüy piragua inmensa 

Que, como garza enorme. 
Flotaba entre la niebla 
Dando á los aires las extrañas alas, 

Y volando con rumbo á la ribera. 

El Uruguay en vano 
Sale á su encuentro y ladra bajo de ella; 
En vano, con sus olas encrespadas. 
Sus costados airado abofetea; 



LIBRO PRIMERO 25 



La nave avanza altiva; 
Lanza un grito del cielo que retiembla; 
Llega á la costa y, agarrando al río 
Por la erizada crin , en él se sienta. 



VI 



A Caracé el cacique 
Han rodeado las tribus más guerreras, 

Y entre el espeso matorral del río, 
Como banda escondida de luciérnagas, 

Los ojos de los indios fosforecen, 

Al ver sobre la arena 
Cómo descienden de la extraña nave 
Los hombres blancos de la raza nueva; 

Y cómo, dando al viento 

Y clavando en el suelo su bandera, 

Se agrupan en su torno, y con sus voces 
La sorprendida soledad atruenan. 



so 



6 TABARÉ 



¡Extraños seres 1 Brillan 
A los rayos del sol. Nada recelan. 

Y las lomas los miran y el barranco; 

Y el Uruguay se empina y los observa, 

Y los indios ocultos 
Mutuamente se muestran, 
Con los brazos desnudos extendidos , 
El grupo extraño que al jaral se acerca. 



VII 



Entre inmenso alarido, 
Una lluvia rabiosa de saetas 
Parte del matorral , y de salvajes 
Un enjambre fantástico tras ellas. 

La bola arrojadiza 
Silba y choca del blanco en la cabeza; 
Cae al sepulcro el español herido 
Amortajado en su armadura negra. 



i 



LIBRO PRIMERO «7 



Y los guerreros blancos 



Huyen despavoridos por las breñas, 
Dejando sangre en la salvaje playa 
Y una mujer en la sangrienta arena. 



Parece flor de sangre; 
Sonrisa de un dolor; es la primera 
Gota de llanto que, entre sangre tanta, 
Derramó España en nuestra virgen tierra. 

Pálida como el lirio, 
Sola con vida entre los muertos queda. 
Caracéy que á su lado se detiene, 
Con avidez salvaje la contempla, 

Mientras los rudos golpes 

De las hachas de piedra 
Del postrado español en la armadura 
Y en los cráneos inmóviles resuenan. 



s8 TABARÉ 



VIII 



«De los guerreros muertos 
Vuestra será la hermosa cabellera; 
Su blanca piel ajuste vuestros arcos, 

Y sus dientes adornen vuestras tiendas; 

Y sus extrañas armas, 
Que brillan como el astro, serán vuestras ; 

Y los tipoys que sus espaldas cubren 
Como las rojas flores á la ceiba. 

Caracé solo quiere 
En su toldo á la blaiica prisionera, 
Que de su techo encenderá los fuegos, 
Los fuegos del amor y de la guerra.» 

Tal hablaba el cacique 
En sus brazos llevando á Magdalena 
Al bosque solitario de los talas 
En que el indio formó su madriguera. 



LIBRO PRIMERO /<) 



IX 



Hermanos del dolor, bardos amigos , 
Trovadores galanos de mi tierra , 
Que me seguís en la jornada obscura 
Al través del misterio de la selva: 

Ensayad en el alma 
El acorde otoñal : la noche llega. 

El acorde que suena cuando el ave 
Vuelve en silencio al nido que la espera; 

Y hasta el lirio más pálido del campo 
Para dormir en paz su broche cierra , 

Y su perfume virgen 
Con el amor de otros perfumes sueña. 

Vosotros , los que al peso de la tarde 
Inclináis tristemente la cabeza , 

Y amáis el cielo cuando en él agita 



30 TABARÉ 

Su ala tremante la primera estrella; 

Calzaos las sandalias 
Con que hasta el alma del dolor se llega. 

Si el alma vuestra, ¡oh bardos! 
Bañada en el Jordán de la tristeza. 
Es pura como la última palabra 
Que acaso os dijo vuestra madre muerta. 

Llegaos en silencio 
Al tálamo sangriento de la selva. . . 
Es ya de noche, los rumores lloran... 
¡No despertéis á la española enferma! 



CANTO SEGUNDO 



32 TABARÉ 

Las grietas del sepulcro 
Han engendrado un lirio amarillento; 
Tiene el perfume de la flor caída, 
Su misma palidez... ¡La flor ha muerto! 

Así el himno sonaba 

De los lejanos ecos; 
Así cantaba el iiruti en las ceibas , 
Y se quejaba en el sauzal el viento. 



II 



Siempre llorar la vieron los charrúas ; 

Siempre mirar al cielo, 
Y más allá... Miraba lo invisible 
Con sus ojos azules y serenos. 

El cacique á su lado está tendido. 

Lo domina el misterio ; 
Hay luz en la mirada de la esclava , 
Luz que alumbra sus lágrimas de fuego. 



LIBRO PRIMERO 33 

Y ahuyenta al indio, al derramar en ellas 

Ese dulce reflejo 
De que se forma el nimbo de los mártires. 
La diáfana sonrisa de los cielos. 

Siempre llorar la vieron los charrúas, 

Y así pasaba el tiempo. 
Vedla sola en la playa. En esa lágrima 
Rueda por sus mejillas un recuerdo. 

Sus labios las sonrisas olvidaron. 
Sólo brotan de entre ellos 
Las plegarias, vestidas de elegías, 
Como coros de vírgenes de un templo. 



III 



Un niño llora. Sus vagidos se oyen 

Del bosque en el secreto. 
Unidos á las voces de los pájaros 
Que cantan en las ramas de los ceibos. 



34 TABARÉ 

Le llaman Tabaré. Nació una noche ' 

Bajo el obscuro techo 
En que el indio guardaba á la cautiva 
A quien el niño exprime el dulce seno. 

Le llaman Tabaré. Nació en el bosque 

De Caracé el guerrero; 
Ha brotado en las grietas del sepulcro 

Un lirio amarillento. 

Sonrisa del dolor, hijo del alma, 
jAlma de mis recuerdos! 
Lo llamaba gimiendo la cautiva 
Al estrecharlo en el materno pecho, 

Y al entonar los cánticos cristianos 

Para arrullar su sueño: 
Los cantos de Belén que al fin escucha 
La soledad callada del desierto. 

Los escuchan las dulces alboradas, 

Los balbucían los ecos, 
Y, en las tardes que salen de los bosques, 
Anda con ellos sollozando el viento. 



LIBRO PRIMERO 35 

Son los cantos cristianos, impregnados 

De inocencia y misterio, 
Que acaso aquella tierra escuchó un día. 
Como se siente el beso de un ensueño. 



IV 



El indio niño en las pupilas tiene 

El azulado cerco 
Que entre sus hojas pálidas ostenta 
La flor del cardo en pos de un aguacero, 

Los charrúas , que acuden á mirarlo, 

Clavan sus ojos negros 
En los ojos azules de aquel niño 
Que se reclina en el materno seno, 

Y lo oyen y lo miran asombrados 

Como á un pájaro nuevo 
Que, unido á las calandrias y zorzales, 
Ensaya entre las ramas sus gorjeos. 



36 TABARÉ 

Mira el niño á la madre. Ésta llorando 
Lo mira y mira al cielo, 

Y envía en su mirada á lo infinito 

Un amor que en el mundo es extranjero ; 

Mas ya ama al bosque , porque da su sombra 

Al indiecito tierno ; 
Ya es para ella más azul el aire, 
Más diáfano el ambiente y más sereno. 

La tarde, al descender sobre su alma, 

Desciende como el beso 
De la hermana mayor sobre la frente 

Del hermanito huérfano ; 

Y tiene ya más alas su plegaria. 

Su llanto más consuelo, 

Y más risa la luz de las estrellas, 

Y el rumor de los sauces más misterio. 



V 



¿Adonde va la madre silenciosa? 

Camina á paso lento 
Con el niño en los brazos. Llega al río. 
¡Es la hermosa mujer del Evangelio! 

;E invoca á Dios en su misterio augusto! 

Se conmueve el desierto, 
Y el indio niño siente en su cabeza 
De su bautismo el fecundante riego. 

La madre le ha entregado sollozando 

El gran legado eterno. 
El Uruguay, al ofrecer sus aguas , 
Entona en el juncal un himno nuevo. 

Se eleva, en transparentes espirales, 

El primitivo incienso; 
Una invisible aparición derrama 
De su nimbo la luz entre los ceibos 



1 

1 

I 
1 



LIBRO PRIMERO 37 



*1 



38 TABARÉ 

Se adivinan cantares 
A medio pronunciar que flotan trémulos , 
Y de seres que absortos los escuchan 
Se cree sentir el contenido aliento; 

Hay sonrisas posadas 
Entre los puros labios entreabiertos 
De un invisible coro que, en el aire, 
Bate á compás sus alas en silencio. 

Hay contacto del cielo con la tierra... 

¡ Es que hay allí misterio ! 
Vacila el hombre ante su influjo y mudo 
Cierra los ojos , para ver más lejos. 



VI 



Madre: ¡no llores más! Siempre en tus ojos 

Gotas de llanto veo 
Que humedecen tu voz y tus miradas , 

Tus cantos y tus besos; 



I 



l1 

I 



LIBRO PRIMERO 39 

Con ese llanto siempre 

Al despertar te encuentro. 
¿Quién lleva, pobre madre, tantas lágrimas 
Hasta el mismo silencio de tus sueños? 

¡ No llores más ! Porque no llores nunca 

Yo rezo, siempre rezo 
La oración que despierta en mis auroras 

Y se duerme conmigo cuando duermo. 

¿Por qué lloras? Las tribus no te ofenden; 

¿Oyes? Están muy lejos. 
Beben sangre de palmas y algarrobos, 

Y después dormirán; no tengas miedo. 

En la cruz que recibe las plegarias. 
En esa que has clavado entre los ceibos , 
Á hacer su nido bajarán los ángeles 
Y á recoger mis ruegos. 

No llores; que la virgen invisible 

Que me enseñas á amar; vendrá por ellos, 

Y á tí también te besará en la frente , 

Y á nuestro lado velará tu sueño. 

4 



i 



40 TABARÉ 

La madre sollozaba; 
Estrechaba á su hijo sobre el seno, 

Y sus miradas húmedas 
Escalaban los mundos ascendiendo. 

Huían de la tierra , hasta posarse 

En el regazo eterno; 
Pero del cielo ansiosas descendían 
El indio niño á acariciar de nuevo. 



VII 



Cayó la flor al río, 
Y en el obscuro légamo 
Derramó su perfume entre las algas. 
Se ha marchitado, ha muerto. 

Las algas la estrecharon 
En sus brazos de hielo... 
Ha brotado en las grietas del sepulcro 
Un lirio amarillento. 



LIBRO PRIMERO 41 



VIII 

Duerme, hijo mío; mira, entre las ramas 

Está dormido el viento; 
El tigre en el flotante camalote, 
Y en el nido los pájaros pequeños. 

Ya no se ven los montes de las islas : 

También están durmiendo. 
Han salido las nutrias de sus cuevas; 
Se oye apenas la voz del teru-tero. 



Las tribus embriagadas 

Aullaban á lo lejos ; 
El aire, con los roncos alaridos. 
Elaboraba quejas y lamentos. 

Tras la salvaje org^a, 

Vendrá el cacique ebrio; 
Vendrá á buscar á su cautiva blanca 
Que á su hijo esconderá tras de los ceibos. 



42 



TABARÉ 



IX 



Cayó la flor al río. 
Se ha marchitado, ha muerto. 
Ha brotado en las grietas del sepulcro 
Un lirio amarillento. 

La madre ya ha sentido 
Mucho frío en los huesos; 
La madre tiene, en torno de los ojos, 
Amoratado cerco; 

Y en el alma la angustia, 

Y el temblor en los miembros, 

Y en los brazos el niño que sonríe, 

Y en los labios un cántico y un ruego. 

Duerme, hijo mío. Mira: entre las ramas 

Está dormido el viento; 
El tigre en el flotante camalote 

Y en el nido los pájaros pequeños. 



LIBRO PRIMERO 43 

Los párpados del niño se cerraban. 

Las sonrisas entre ellos 
Asomaban apenas^ como asoman 
Las últimas estrellas á lo lejos. 

Los párpados caían de la madre 
Que, con esfuerzo lento, 
Pugnaba en vano porque no llegaran 
De su pupila al agrandado hueco. 

Pugnaba por mirar al indio niño 

Una vez más al menos ; 
Pero el niño para ella, poco á poco, 
En un nimbo sutil se iba perdiendo. 

Parecía alejarse , desprenderse, 
Resbalar de sus brazos, y por verlo, 
Las pupilas inertes de la madre 
Se dilataban en supremo esfuerzo. 



44 TABARÉ 



X 



Duerme, hijo mío. Mira, entre las ramas 

Está dormido el viento ; 
El tigre en el flotante camalote, 
Y en el nido los pájaros pequeños; 

Hasta en el valle 

Duermen los ecos. 

Duerme. Si al despertar no me encontraras. 

Yo te hablaré á lo lejos; 
Una aurora sin sol vendrá á dejarte 
Entre los labios mi invisible beso; 

Duerme ; me llaman , 

Concilia el sueño. 

Yo formaré crepúsculos azules 

Para flotar en ellos ; 
Para infundir en tu alma solitaria 



LIBRO PRIMERO 45 



La tristeza más dulce de los cielos. 
Así tu llanto 
No será acerbo. 

Yo empaparé de dulces melodías 

Los sauces y los ceibos, 
Y enseñaré á los pájaros dormidos 
Á repetir mis cánticos maternos... 
El mño duerme , 
Duerme sonriendo. 



La madre lo estrechó ; dejó en su frente 
Una lágrima inmensa , en ella un beso, 
Y se acostó á morir. Lloró la selva 
Y, al entreabrirse , sonreía el cielo. 



¿Sentís la risa? Caracé el cacique 

Ha vuelto ebrio, muy ebrio. 
Su esclava estaba pálida, muy pálida... 
Hijo y madre ja duennen los dos sueños. 



LIBRO SEGUNDO 



CANTO PRIMERO 



íQuién ata las pasadas sensaciones 

En haces de quimeras 
Que, al roce de un recuerdo no buscado, 
Juntas en el cerebro se despiertan, 
Y nadando en un medio indefinible 

Con nuestras almas piensan? 

Las notas ignoradas que en la noche 

Hasta nosotros llegan, 
Por quién son recogidas, y ajustadas 



so TABARÉ 

A un ritmo misterioso, á una cadencia , 
Para formar ese himno prolongado 
Con que las sombras ruegan : 

Esa flotante ebullición sonora 

Que en el aire semeja 
De mil voces distintas y lejanas 
Los ayes, las palabras ó las quejas 
Que á extinguirse temblando á nuestro lado 

Como heridas se acercan? 

^ Quién llora con la luna en los sepulcros, 

Y ríe en las estrellas, 

Y respira en las auras otoñales , 

Y anima la hoja seca, 

Y es perfume en la flor, gota en la lluvia 

Y en la pupila idea? 

Acaso en los espacios infinitos 

Que el hombre no penetra, 

La vida y la armonía se difunden 
En cuyas formas entran , 

Como elemento indispensable y justo^ 

Los ignorados llantos de la tierra. 



LIBRO SEGUNDO 51 

Los ayes de las razas extinguidas, 

Su soledad eterna, 
Los destinos obscuros, los suspiros, 

Las lágrimas secretas , 
Los latidos que el mundo no comprende 
Y en la eterna armonía se condensan. 



Vosotros, los que amáis los imposibles, 
Los que vivís la vida de la idea. 
Los que sabéis de ignotas muchedumbres 
Que los espacios infinitos pueblan; 

Los que escucháis quejidos y palabras 

Donde el silencio reina, 
Y algo más que la idea del invierno 
Os sugiere el rodar de la hoja seca , 

Escuchad el acorde arrebatado 
Al rumor misterioso de la selva, 
La voz de aquella noche sin aurora 
Que difunde su sombra en mi leyenda. 



5» T A lí A R É 



II 



La corriente del tiempo, 

En brazos del pasado, 
Como el cadáver de otros tantos hijos , 
Ha dejado los años tras los años. 

Al tramontar las lomas 

Del Uruguay, el astro 
Deja envuelto en la sombra de las islas 
Á un villorrio español, que fué fundado 

En la desierta margen donde -el río 
San Salvador, hermoso tributario 
Del Uruguay, derrama en éste 
Su caudal , entre sauces y guayabos. 

El pueblo aquél , sentado en el desierto 
Como un aventurero temeraíio, 
^Es algo más que una visión de gloria? 
^ Brotó del suelo ó descendió de lo alto? 







< 



LIBRO SEGUNDO 53 

Sus cimientos han sido varias veces 
Con sangre de dos razas amasados; 
Sus techos, convertidos en hogueras, 
Varias veces el campo iluminaron; 

Y ya más de una vez en la colina 
Quedaron sus escombros solitarios , 
Como los negros miembros de un gigante 
Por la zarpa del tigre hecho pedazos. 

Desde el fondo del bosque, los charrúas 
Observan los bastiones castellanos, 

Las rud^ estacadas 
De troncos de algarrobos y quebrachos , 

Antemural sin fosos ni poternas , 
Remedo de baluarte que, hacia el campo, 

Defiende el caserío 
Cuyos techos se asoman al barranco. 

Techos pajizos de bambiü , con hebras 
De la raíz del ñapindá amarrados; 

Muros de tierra negros 
Entre despojos de bateles náufragos , 



54 TABARÉ 

Que rodean la casa construida 

Por Juan de Ortíz el viejo adelantado, 

Con sillares de piedra 
Que el tiempo y los incendios respetaron; 

Tal es la población conquistadora 

En que aun tremola el pabellón hispano, 

Sereno como siempre 
El desierto sin nombre desafiando, 

En una tierra madriguera hermosa 

Del indio más bizarro 
De los que aullaron y aguzaron flechas 
En el salvaje mundo americano. 

Como el cachorro oculto bajo el cuerpo 

Del tigre provocado, 
Así se esconde la uruguaya tierra 
De su indómito rey bajo los arcos. 

El indio ruje, al escuchar la planta 

Del extranjero blanco, 
Con rugidos de rabia y de deseo. 
Siempre en acecho, cauteloso, huraño. 



LIBRO SEGUNDO 55 

Brilla el ojo del indio en la espesura; 

Suena por todos lados 
Su alarido feroz: brotan rabiosos 
De entre las flores sus agudos dardos. 

¿Dónde se esconden? Donde esconde el viento 

Sus gritos ignorados; 
Donde esconde la muerte las lumbreras 
Que enciende sobre el haz de los pantanos. 

Allí donde tan solo se ve un grupo 

De chircas ó de cardos , 
Hay rostros escondidos en la sombra, 
Siempre despiertos , sangre olfateando. 

Allá en el matorral algo se mueve... 
I Quién trepa en el barranco ? 
¿Sentís un grito en la lejana orilla? 
Es la muerte... si vais, veréis su rastro. 

¿Qué hay más allá? Lo ignoto, lo imprevisto, 

Quizá lo sobrehumano ; 
Algo más que la muerte, más obscuro... 
¿Quién se llega hasta él? ¿Quién va á retarlo? 

5 



56 TABARÉ 

España va, la cruz de su bandera, 

Su incomparable hidalgo; 
La noble raza madre en cuyo pecho 
Si un mundo se estrelló, se hizo pedazos. 

El pueblo altivo que, en la edad sin nombre, 

Era el cerebro acaso 

Del continente muerto , 
Ya sumergido en el abismo atlántico 

Que, no teniendo en sí, para el cadáver 

De aquel coloso espacio. 
Dejó asomar, sobre la vasta tumba. 
Miembro insepulto, el mundo americano. 

Sólo España ¿quién más? sólo ella pudo. 

Con paso temerario. 
Luchar con lo fatal desconocido. 
Despertar el abismo y provocarlo; 

Llegarse á herir el lomo del desierto 

Dormido en el regazo 
De la infinita soledad su madre , 
Y en él clavar el pabellón cristiano; 



LIBRO SEGUNDO 57 

Y resistir la convulsión suprema 
Del monstruo aquél al revolverse airado, 
Sin que el pavor le acongojara el alma, 
Ni el resis"^tir le desarmara el brazo. 



III 



En las torcidas calles del villorrio 
La guarnición se ve diseminada: 
Quién aguza en la piedra 
El hierro de su lanza, 

Quién enluce un mohoso 
Capacete , ó remalla 
Alguna vieja cota, ó busca en vano 
Sobre la gola encaje á la celada; 

Quién las piezas ajusta 
De sus gastadas armas , 
Espaldares ó antiguas escarcelas 
De coseletes varios arrancadas; 



i 



58 TABARÉ 

Mientras allá, á la sombra 
Tendido de una acacia, 
Algún soldado arrulla sus recuerdos 
Con un cantar querido de la patria. 

El brazo desfallece , 
Sin que por ello desfallezca el alma 
De los rudos guerreros españoles 
Que, para dar la postrimer lanzada, 

Persiguen y no encuentran 
El corazón de la invencible raza 
Que prolonga el honor de su agonía 
Más allá de su vida legendaria. 

En el cobrizo pecho de algún indio 

Postrado en la batalla, 
Las escamas grabadas y arabescos 
Se hallaron de -las cotas y corazas 

De los blancos guerreros que el charrúa , 

Con fuerza extraordinaria. 
Estrujaba en el nudo de sus brazos 
Que la muerte tan sólo desataba; 



LIBRO SEGUNDO 

Y en los dientes de muchos, 
O en sus manos crispadas 
i rozos sangrientos de enemiga carne 
Con vestigios de vida palpitaban; 

Pero jamás un ruego, 
Nunca una sola lágrima 
«egó los labios ni anubló los ojos 
Del dueño de las selvas uruguayas 



59 



IV 



Sapicán, el cacique más anciano, 

Ya cayó en la batalla 
Después que por Garay en la llanura 
V^io deshechas sus tribus más bizarras. 

Sopló la muerte, y apagó en sus ojos. 

Sedientos de venganza. 
El dltimo fulgor. Pero aun la muerte. 
Del indio en las pupilas amenaza, 



6o TABARÉ 

Cuando las tribus, con clamor inmenso. 

Del combate separan 
Su cadáver, envuelto en los vapores 
De la caliente sangre que derrama. 

Murió ; pero en la noche , cuando el astro 
No alumbra las barrancas, 

Y se duermen las víboras, y agita 
Solo el ñacurutú sus lentas alas ; 

Cuando las sombras salen de los árboles 
Y con los^ vientos andan , 

Y la nutria nadando cruza el río, 

Y canta el grillo oculto entre las matas. 

El cacique aparece. 
Ya lo han visto las tribus espantadas 
Buscar en vano su arco entre los juncos 
Ó su maza de pórfido en las aguas. 

Cuando, como jauría 

De lebreles con alas. 
Vientos de tempestad cruzan rabiosos 
Aullando de la selva entre las ramas; 



LIBRO SEGUNDO 6i 

Cuando las nubes negras 

Se ven amontonadas 
Un momento no más sobre el relámpago 
Que por el fondo de los cielos pasa, 

Y las gotas de lluvia 
En las hojas restallan, 

Y golpean el lomo de los tigres 

Que encandilados y encogidos braman. 

La sombra silenciosa 

Cruza en los aires pálida, 
En medio la tormenta que acaudilla 
Con su antigua actitud siempre gg^llarda. 

Esa es su frente estrecha. 
Su cabellera lacia, 

Y su saliente pómulo, y sus ojos 
Pequeños , de pupila prolongada 

Al acecho dispuesta 

Y á devorar distancias ; 

Á encenderse, á apagarse entre la sombra» 

Y á comprimir relámpagos de rabia. 



63 TABARÉ 

El viento que en su torno 
Los centenarios ñandubáis descuaja, 
No mueve ni un cabello del cacique 
Que á través de los árboles resbala; 

Y si acaso dispersa 
Los miembros de la sombra alguna ráfaga 
De los vientos del Sur, vuelven al punto 
Á reunirse y cobrar la forma humana. 

El rayo no lo ofende 
Aunque á liarse á su cabeza vaya, 
Ó silbando en su cuerpo se retuerza 

Y lo ilumine jpon su lumbre cárdena. 

El indio sigue mudo, 
Buscando siempre su guerrera maza, 

Y á su paso los tigres se espeluznan 

Y las tribus se esconden espantadas. 

Las plumas erizando. 
Dando graznidos, el fulgor apagan 
De sus redondos ojos las lechuzas 
Que huyen á guarecerse en las barrancas ; 



LIBRO SEGUNDO 63 



Hasta que, al oir el indio 
La primera canción que anuncia el alba , 
En el aire sutil pierde sus formas, 
Se diluye en la luz, se va ó se apaga. 



V 



¡También Abayubá cayó en la lucha! 

Abayubá á quien llaman 
En vano con sus grandes alaridos 
Las tribus que el cacique acaudillaba. 

Era el joven amado 
Del viejo Sapicán; con sus palabras 
Encendía el valor de los charrúas 
Y con su paso y su actitud gallarda. 

Aun contaba sus fríos 
Por sus manos que, hiriendo con la maza. 
Eran rudas y fuertes como el viento 
Que sopla al Uruguay desde las pampas. 



64 TABARÉ 

jCómo cayó! Al sentirse 
Pasado por el hierro de una lanza, 
Trepó por ésta hasta morir, cortando 
Con el diente afilado por la rabia 

La rienda del caballo en cuya grupa 

El español acaba 
Con el puñal , la destructora brega 
Que la ocupada lanza comenzara. 



VI 



¿Y Añagualpo el gigante y Yandinoca? 

También sus sombras vagan 
En la noche sin lunas , y se envuelven 
En el triste vapor de las montañas. 

¿Qué fué de Tabobá? También ha muerto. 
Buscaba en el combate la venganza 
De Abayubá^ cuando del sueño frío 
Sintió en loa huesos la corriente helada. 



LIBRO SEGUNDO 65 

El fiero Magaluna , 
Ligero como el tigre, se abalanza 
Al cuello del corcel del enemigo 
Al que sus dientes y sus uñas clava; 

Se agita, grita, ruge, 
Mientra el ginete el pecho le traspasa ; 
Sólo la muerte lo desprende , y yerto 
El cuerpo sólo se desploma y calla. 

No volverá á tenderse 
El arco de algarrobo que ajustaba 
La mano de Yací, del joven indio 
Que daba muerte al yacaré en las aguas ; 

No encenderá sus fuegos 
En los bosques del Hum ni en sus barrancas 
El valiente Terü; las sombras negras 
Gimen cuando se posan en sus armas. 

¡Maracopá y Abaroré no existen! 
¡Gualconda ya es esclava I 
Ya no reirá la dulce Liropeya^ 
La virgen más hermosa de la playa, 



66 TABARÉ 

Hija del tiempo de los soles largos, 

Que brillan en las ramas 
Cuando el botón del ceibo se revienta 
Como urna de sangre. Por llevarla 

A sus toldos de pieles, muchos indios 
Se hendieron con sus hachas; 
Venció Yandubayíi; pero la virgen 
En vano llora y al cacique aguarda. 

Murió Yandubayúy ¡también ha muerto! 

Jamás en su piragua 
Vendrá á buscar á Liropeya; nunca 
Se oirá su voz en medio la batalla. 

Los hijos valerosos 
De muchas indias, cuando no contaban 
Haber visto diez veces hojas nuevas 
Abrir en el penacho de las palmas, 

Han caído en la lucha 
Dando débiles gritos de venganza; 
Sus brazos no eran fuertes , y sus flechas 
Eran temidas sólo de las gamas. 



LIBRO SEGUNDO 67 

Los viejos que habían visto 
Nacer la primer luna, y en los talas 
En que hoy las uñas el leopardo afila 
Habían visto correr la primer savia, 

También hicieron arcos, 

Y aguzaron las puntas de las lanzas , 

Y fueron al combate lentamente 
Apoyados en ellas ó arrastrándolas. 

Y todos han caído 
Uno tras otro en la desierta pampa; 

Y nadie abrió sus párpados; la noche 
Bajo de ellos quedó, la noche larga, 

Triste, sin lunas, la del viento negro, 

En la que nunca aclara. 
Ya no se mueven los caciques indios, 
No encienden fuegos; para siempre callan. 



68 TABARÉ 



VII 



¡Héroes sin redención y sin historia, 

Sin tumbas y sin lágrimas! 
j Estirpe lentamente sumergida 
En la infinita soledad arcana! 

¡Lumbre espirante que apagó la aurora! 
¡ Sombra desnuda muerta entre las zarzas ! 

Ni las manchas siquiera 
De vuestra sangre nuestra tierra guarda, 

I Y aun viven los jaguares amarillos ! 
¡Y aun sus cachorros maman! 
]Y aun brotan las espinas que mordieron 
La piel cobriza de la extinta raza! 

Héroes sin redención y sin historia. 

Sin tumbas y sin lágrimas; 
Indómitos luchasteis... ¿Qué habéis sido? 
^Héroes ó tigres? ¿Pensamiento ó rabia? 



LIBRO SEGUNDO 69 

Como el pájaro canta en una ruina, 

El trovador levanta 
La trémula elegía indescifrable 
Que á través de los árboles resbala , 

Cuando os siente pasar en las tinieblas 

Y tocar con las alas 
Su cabeza, que entrega á los embates 
Del viento secular de las montañas. 

Sombras desnudas qué pasáis de noche 

En pálidas bandadas 
Goteando sangre que, al tocar el suelo, 
Como salvaje imprecación estalla: 

-Yo os saludo al pasar. ¿Fuisteis acaso 

Mártires de una patria, 
Monstruoso engendro á quien feroz la gloria 
Para besarlo, el corazón le arranca? 

Sois del abismo en que la mente se hunde 

Confusa resonancia; 
Un grito articulado en el vacío 
Que muere sin nacer, que á nadie llama; 



70 TABARÉ 

Pero algo sois. El trovador cristiano 
Arroja, húmedo en lágrimas, 
Un ramo de laurel en vueátro abismo.. 
¡ Por si mártires fuisteis de una patria ! 



CANTO SEGUNDO 

I 

;Qué queda entonces de la tribu errante 
Del Uruguay? ¿Qué de su altiva razar 
Aun resta su agonía; asida al suelo, 
La fiera agita su convulsa zarpa. 

Quedan indios aún para la muerte 
Que cautelosos por los bosques andan, 
Cual rebaños de tigres que en el pueblo 
Siempre encendidas sus pupilas clavan. 



72 TABARÉ 

De noche , por las lomas ó entre el bosque , 
Como gritos de luz, se ven las llamas 
De señales charrúas que se cruzan, 
Se avivan , se repiten ó se apagan ; 

Y alguna vez, el temeroso aullido 
Que algún consejo al terminar levanta 
Al pueblo llega, en ráfagas del aire, 
Como rumor de tempestad lejana. 

Un temor imprevisto y repentino 
Entonces suele atravesar las mallas; 
Los soldados se miran , y suspenden 
La ardiente relación de sus hazañas; 

Parece que en sus labios animados 
Tropezase un momento la palabra ; 
Mas pronto, cuando advierten con despecho, 
Que, sin quererlo, ha vacilado el alma, 

Sus risas y burlescas maldiciones 
En el silencio momentáneo estallan , 
Y, al amor de la lumbre, se reanuda 
Con nuevo ardor la interrumpida plática. 



LIBRO SEGUNDO 73 



II 



Don Gonzalo de Orgaz, joven bizarro, 

Manda en jefe la plaza ; 
La cimera encarnada de su yelmo 
Marcó siempre el peligro en la batalla. 

Olvidó muchas veces en la lucha 

El toque á retirada ; 
Era noble y valiente , noble y bueno, 
Bueno y celoso de su estirpe hidalga. 



III 



¿Por qué el valiente aventurero trajo 
Consigo á Doña Luz la castellana , 
Y á su mujer expone á los peligros 
Que ambicionó para lustrar sus armas? 



74 TABARÉ 

¿Qué hace á su lado, qué hace de sus días 
En esta vasta soledad , qué aguarda 
Esa otra niña, la de tez morena, 
Blanca, la hermosa, la inocente Blanca? 

¿ Para quién brillan esos ojos negros , 
Profundos hasta el alma, 

Y en que la luz del sol de Andalucía 
Brillo de estrellas presta á las miradas? 

Exprimió el mismo seno que Gonzalo ; 
Lloró la misma madre, y solitaria, 

Riendo con el cielo 
En que su madre se perdió llamándola, 

Quedó en el mundo sin más sombra amiga 
Que la armadura de su hermano hidalga ; 
Allí recuerda su niñez reciente , 

Y espera el porvenir allí sentada. 

¿Qué impulso los condujo 
Á la salvaje tierra americana? 
i Quién sabe ! Acaso el mismo misterioso 
Que une las notas que en el aire vagan , 



LIBRO SEGUNDO 75 

En prolongado acorde 

De transparentes arpas, 
Que suenan en el viento, en los recuerdos, 
En los vagos crepúsculos del alma; 

Que en las noches serenas , 

Y en los rayos de luna columpiadas , 
Se acercan, y se alejan y en los aires, 
Las lentas trovas del dolor ensayan; 

Ese impulso secreto 

Que, aun de entre las lágrimas, 
Hace brotar á veces las sonrisas 
Como luces que rielan en las aguas; 

Que el polen encendido 
Lleva de palma á palma, 

Y hace nacer los lirios en las tumbas , 

Y en el dolor abriga la esperanza. 

Quizá la niña, en cuyos dulces ojos 

Se mueven las miradas 
Como insectos de luz aprisionados 
En urnas de cristal negras y diáfanas, 



76 TABARÉ 

Allí,. en la tierra en que una raza espira,, 

Es la nota con alas 
Que mezclada á un acorde moribundo, 
De gritos de dolor hará plegarias. 

El Uruguay, al verla en sus orillas, 
Palpitaba en sus aguas, 

Y temblaba en los juncos, y en la arena. 
Dejaba notas, quejas y palabras. 

El astro que pasea las colinas , 

Con su dulce mirada 
Seguía á la española que en la tarde 
Paseaba tristemente por la playa; 

Y buscaba sus ojos cuando, sola. 

Sentada en la barranca, 
Quedaba confundida en las tinieblas 
Que sus esbeltas líneas esfumaban. 

Parece que este mundo americano 

A aquella niña aguarda 
Porque en sus ojos brillen sus estrellas , 
Porque su viento pueda acariciarla , 



LIBRO SEGUNDO 77 

Porque sus flores tengan quien recoja 

La esencia de sus almas, 
Y las corrientes de sus grandes ríos 
Quien oiga y ame sus canciones vagas. 



IV 



Era una hermosa tarde, 
íluía la sonrisa de los cielos 
Kn los labios del sol que la llevaba 
A imprimirla en la faz de otro hemisferio. 

De su excursión al bosque 
Tornan Gonzalo y diez arcabuceros.' 
Fué eficaz la batida : un grupo de indios 
Viene sombrío caminando entre ellos. 

Otros muchos quedaron 
Tendidos en el campo; el viento fresco 
La sangre orea en las hispanas armas, 
Y en la piel de los indios prisioneros. 



78 TABARÉ 

No son tigres , aunque algo 

Del ademán siniestro 
Del dueño de las selvas se refleja 
Fin su fiera actitud. Caminan ; vedlos. 

Son el Jioíiibre-charrüa , 
La sangre del desierto, 
¡ La desgraciada estirpe que agoniza 
Sin hoofar en la tierra ni en el cielo ! 

Se estrechan , se revuelven , 
Las frentes sobre el pecho, 
En los ojos obscuros el abismo, 
Y en el abismo luz, luz y misterio. 

Parece que, en el fondo 
De esos ojos , á intervalos , 
Un monstruo luminoso se moviera 
Sus anillos flexibles revolviendo; 

Con rápidos espasmos 
Se sacuden sus miembros; 
Sus músculos elásticos y duros 
Al salto y la carrera están dispuestos; 



LIBRO SEGUNDO 

La sangre apresurada 
Circula bajo de ellos 
Co:„o corre callado entre las breñas 
Un rebaflo de fieras que va huyendo; 

No hay en su rostro inmóvil 
Ni siquiera un reflejo 
Del espíritu extraño y concentrado 

yue, al parecer, lo anima desde lejos; 

Se advierte en' su mirada 
Un constante recelo, 

Y una impasible languidez que tiene 
^Igro de triste , mucho de siniestro. 

Son esbeltas sus formas , 
Duros sus movimientos, 
La tez cobriza, el pómulo saliente 

Negros los ojos, como el odio negaos. 

Sobre los fuertes hombros 
Se derrama el cabello 

Hn crenchas lacias, rígidas y'obscuras 
Que enlutan más aquel huraño aspecto. 



79 



8o TABARÉ 

Pupila prolongada 
Que prolongó el acecho; 
Dilatada nariz, y estrecha frente 
Á que se ajusta enhiesto 

Un. erizado matorral de plumas 

De colores diversos 
Que parecen brotar de la cabeza 
Como brotan cíe un tronco los renuevos. 

Jamás mira de frente; 
Jamás alza la voz : muere en silencio ; 
Jamás un signo de dolor se posa 
Entpe sus labios pálidos y gruesos. 

No borra ni el suplicio 
Su ademán de desprecio; 
Sólo el combate en su fragor arranca 
Estridente alarido de su pecho. 

Entonces, semejantes 

9 

A los colmillos del jaguar sediento, 
Brillan entre los labios del salvaje 
Los dientes blancos con horrible gesto. 



LIBRO SEGUNDO 8i 



Son el hombre-charrüa ^ 
La sangre del desierto, 
La desgraciada estirpe que agoniza 
Sin hogar en la tierra ni en el cielo. 



V 



El grupo de indios, como viva masa 

De apeñuscados cuerpos, 
Adelanta , rodeado de arcabuces , 
Entre las casas del pajizo pueblo. 

Salen de sus viviendas las mujeres 

Y los hombres á verlos ; 
Ni una impresión se nota en sus semblantes : 
Todos caminan impasibles , fieros. 

Ah... todos nó: miradlo ¿Quién es ese 

Que se detiene trémulo ? 
;No es su pupila azul? Azul, no hay duda. 
¿Qué hay en ella? ¿Terror? ¿Asombro? ¿Miedo: 



82 TABARÉ 

¡ Extraño ser! ¿Qué raza da sus líneas 

A ese organismo esbelto? 
Hay en su cráneo hogar para la idea , 
Hay en su frente espacio para el genio. 

Esa línea es charrúa; esa otra... humana. 

Ese mirar es tierno... 
¿ No hay en el fondo de esos ojos claros 
Un ser oculto con los ojos negros? 

La blanda piel de un tigre 

Ha ceñido á su cuerpo; 
No se ha pintado el rostro, ni en su labio 
Ha atravesado el signo del guerrero. 

Es pálido, muy triste; en su semblante 
Y en su azorado aspecto, 
Hay algo misterioso 

Que inspira amor, ó desazón, ó duelo. . 

¿Por qué se ha desprendido de su grupo? 

¿Se ha apoderado un vértigo 
De ese salvaje enfermo que venía 
Entre los otros indios prisionero r 



LIBRO SEGUNDO 83 

La onda de un suspiro 
Se ha notado quizá sobre su pecho, 
Y se hubiera creído, al observarlo, 
Que ha roto entre los dientes un lamento. 

No es ira, no es encono, ¿qué es entonces 
Ese temblor extraño de sus miembros? 
j Así sacude su prisión el alma 
Cuando estallan en ella los recuerdos! 



VI 



Es que Blanca, al pasar, lo está mirando 

Con inocente empeño, 
Y él clava en ella los azules ojos 
Cual poseído de un pavor intenso. 

La mira absorto, fijo, con el labio 

Inmóvil y entreabierto; 
Parece interrogar algo invisible, 
A sí mismo, á su sombra, á su recuerdo. 



S4 TABARÉ 

Diríase que alumbra sus pupilas 

Kl cercano reflejo 
De algo como una aparición radiosa 
Sensible sólo para el indio enfermo, 

Y por la lumbre intensa de una idea 

Que viene desde adentro ; 
Que arde en el alma y llega hasta los ojos 

Y con la otra visión se funde en ellos. 

Esperando á Gonzalo estaba Blanca 
En el umbral de su morada ; al verlo 
Corrió hacia él , y distinguió al salvaje 
Que allí venía entre los otros presos. 

Ved cómo tiembla el indio 
De ojos extraños de color de cielo... 
Blanca esa noche se encontró llorando 
Al acordarse del salvaje enfermo. 



LIBRO SEGUNDO 8= 



VII 



Cayó una flor al río. 
Los temblorosos círculos concéntricos 
Balancearon los verdes camalotes 

Y entre los brazos del juncal murieron. 

Las grietas del sepulcro 
Han engendrado un lirio amarillento. 
Guarda el perfume de la flor caída, 

La flor no existe: ha muerto. 

Así el himno cantaban 
Los desmayados ecos; 
Así lloraba el urutí en las ceibas, 

Y se quejaba en el sauzal el viento. 



86 TABARÉ 



VIII 



¿Quién es ese charrúa que suspirar 

¿Quién es el prisionero 
Que es capaz de alumbrar con luz del alma 
Esos sus ojos de color de cielo? 

Tabaré lo apellidan los charrúas, 

O el hijo de los ceibos.,. 
\ Hijo de mi dolor ! una española 
Le decía llorando há mucho tiempo. 



Las grietas del sepulcro 
Han engendrado un lirio amarillento, 
Tiene el hálito triste de la muerte, 
Su extrema palidez y su misterio. 



i 



LIBRO SEGUNDO 87 



IX 



El pánico del indio indescriptible 

Duró solo un momento; 
Marchando confundido entre los otros 
Se aleja Tabaré; pero á lo lejos 

Entre el grupo cobrizo se destacan 

Las líneas de su cuerpo 
De una amarilla palidez. La niña 
Lo sigue con los ojos largo tiempo. 



X 



— ¿Quién es, Gonzalo, ese indio que trajiste, 

El de la frente pálida, 
Que me miró de un modo tan extraño 
Cuando venía entre tus hombres de armas? 

7 



88 TABARÉ 

¿Está enfermo? ¿Qué tiene? Me despierta 

Una profunda lástima. 
¿Qué tiene en esos ojos? ¿Lo recuerdas? 
¿Qué harás con él? ¿Quién es? ¿Cómo se llama? 

— ¿Lo sé yo acaso? Ese hombre es un misterio, 

Es un misterio, Blanca. 
Al cruzar aquel bosque, lo encontramos 
En actitud de duelo ó de plegaria. 

Y es el mismo, lo es, estoy seguro, 
Que he visto en las batallas 
Reir con el peligro y con la muerte, 
Bravo como el aliento de su raza. 

¡Y qué! ¿Tiene algún crimen? 
¿No lucha por su hogar y por su patria? 
¿No defiende la tierra en que ha nacido. 
La libertad que el español le arranca? 

Cuando á él nos llegamos, 
No sintió nuestros pasos á su espalda. 
Ni demostró sorpresa, al verse solo. 
Rodeado de arcabuces y de adargas. 



LIBRO SEGUNDO 89 

Por cárcel este pueblo se le ha dado. 

El ha de respetarla. 
Yo probaré en ese hombre «i se encuentra 
Capaz de redención su heroica raza. 

¡Qué! ¿Sólo duelo y muerte 
Ha de obtener América de España? 
I La sangre de esos hijos del desierto 
Más que el orín deslustra nuestras armas ! 

— Gonzalo, no te olvides 
De la española sangre derramada, 
Le dijo Doña Luz; esos salvajes 
Hombres no son; la redención cristiana 

No alcanza á redimirlos 
Pues para ellos no fué: no tienen alma; 
No son hijos de Adán, no son, Gonzalo; 
Esa estirpe feroz no es raza humana. 



:\. 



Qo TAlíARÉ 



XI 



Duermen los indios prisioneros; duermen 
Tendidos en el suelo, como masa 
De bronce que se mueve y que palpita 
Con aliento vital en las entrañas. 

Sobre aquellas cabezas que, en los brazos 

Y entre cabellos rígidos descansan, 
No se siente pasar un solo ensueño; 
Nada invisible por los aires anda. 

Pero entre el grupo de dormidos cuerpos, 
Despierta una figura se destaca: 
Inmóvil, con los ojos encendidos, 
Clavada en el vacío la mirada. 

Las horas, una á una, la encontraron, 

Como una sombra vana; 
La vio la noche, la abrazó el insomnio, 

Y así la halló la claridad del alba. 



^ 



CANTO TERCERO 



I 



Ahí va... callado, cual lo miran siempre 

Discurrir por el pueblo: 
Extraño, taciturno. El indio loco 
Los soldados le llaman; pero, al verlo 

Pasar entre ellos pálido, absorbido. 

Lo miran en silencio. 
Lo siguen con los ojos y, mostrándose 
Al salvaje entre sí, dicen jQué es esto? 



¡Qué dices túf 

— Que es loco rematado 
A estar á lo que veo. 
Rematado, bien dicho; ved sus ojos, 
ie indio tiene barajado el seso. 

Moscardón que no gruñe se me antoja 

En sus niudos paseos. 
¡Y parece que sufre I 

— ¡Ca! Esa gente 
I es capaz de dolor... ¡muere en silencio! 



;d qué pálido está, qué desmayado. 

Sus pasos son inciertos: 
rece que su cuello no pudiera 
la cabeza soportar el peso. 

Es que algo habrá perdido, y anda siempre 

Buscándolo en el suelo. 
|Y también en el airel 

—¡Cierto! El loco 
ele buscar en él pájaros negros. 



LIBRO SEGUNDO 93 

— ¿Y si OS dijera que ese insano duerme 

Con los ojos abiertos? 
—¡Oiga! 

— Como os lo digo. Lo he observado 
Más de una noche , y me asustó su aspecto. 

¡Si parece un cadáver que nos mira! 

— ¿Tendrá el diablo en el cuerpo? 
— Todo es posible. Si en las altas horas 
Vais á observar los indios allá dentro, 

Entre el grupo cobrizo alh' entregado 

Á su profundo sueño, 
Siempre tropezará vuestra mirada 
Con dos ojos diabólicos despiertos. 

Son los de ese indio; no se cierran nunca; 

Sentado, inmóvil, yerto, 
Lo veréis siempre, hasta en la media noche> 
Tal cual lo estamos ahora mismo viendo. 

— Loco , no hay más, 

— Ó poseído acaso. 
— ¿Qué dices? ¿Le hablaremos? 



TABARÉ 

láblale tú que entiendes de latines 
er si te contesta. 

— No lo creo. 

mes hace que vive entre nosotros ; 

Ni su voz conocemos. 
No será mudof 

— Nó : con el anciano 
hablado alguna vez , según entiendo. 

'edlo, allá va; cuando en aquella loma 

Aparezca el lucero , 
nte á nosotros pasará de vuelta; 
des salirle entonces al encuentro. 

ero habíale con tino, con mesura: 

Cuida de no ofenderlo, 
es que el capitán tiene ordenado 
; al Señor Don Charrúa no irritemos. 

No es aquélla la hermosa Doña Blanca? 

— La misma. El prisionero 
á pasar á su lado. 

— Ved qué hermosa, 
: hermosa está con esos ojos negrosl 



LIBRO SEGUNDO 95 



II 



1 abaré sigue; se detiene á veces 
Cual si escuchara atento, 

Y se hunde su mirada en los espacios, 
Ó vaga en torno suyo con recelo. 

Inclina nuevamente la cabeza , 
Y sigue á paso incierto, 
Como el que va temiendo á cada instante 
Ser sorprendido por oculto riesgo. 

Blanca lo observa ; sigue del charrúa 

Los tristes movimientos; 
Espera la ocasión de ver sus ojos , 
Pues sabe que algo ha de encontrar en ellos. 

Pero es en vano : el prisionero pasa 
Sin mirarla jamás , nublado el ceño, 
Y, al cruzar frente á ella, se apresura 

Y se aleja temblando, casi huyendo. 



; que cierra los ojos, y no obstante, 
; la imagen de Blanca entre los velos 
; una aurora confusa, imperceptible, 
ie ilumina el nacer de sus recuerdos. 

'.s ella la que flota en su pasado? 
,s la blanca visión de sus ensueños? 
una mujer tan blanca como aquélla 
^ó cantar los cánticos maternos. 

indio siente confusión ignota; 

Vacila, tiene miedo; 
isca á la niña, y huye al encontrarla; 
jye de la ilusión y del misterio. 



Asi pasaba Tabaré aquel día 
ente á la virgen que, con dulce acento, 
aya el indio con Dios! ¿Por qué así corre? 
¡jo por fin, ;le infundo algún recelo? ' 



LIBRO SEGUNDO 97 

El se detuvo, sin alzar la frente, 

Cual llamado á lo lejos; 
Cual si la voz tardara largo espacio 
En ir desde el oído al pensamiento. 

Y allí fijo quedó, como tocado 

Por un conjuro; trémulo 
Como el corcel que en su carrera escucha 
El bramido del tigre en eí desierto. 

Así como una piedra, 
Al fondo del abismo descendiendo, 
Despierta temerosas resonancias. 
Voces lejanas, quejas y lamentos, 

La voz de la española 
Descendió al alma del salvaje enfermo, 

Y en ese abismo despertó la vida. 

La queja, el grito del dolor y el tiempo. 

El indio alzó la frente ; miró á Blanca 
De un modo fijo, iluminado, intenso. 
Había en su actitud indescifrable 
Terror, adoración, reproche, ruego. 



¡Tú hablas al indio! ¡Tú, que de las lunas 

Tienes la claridad! 
r qué lo hieres con tu voz tranquila, 

nquila como el canto del sabia? 

ienes en los ojos, de ias lunas 

La transparente luz, 
r qué tu alma para el indio es negra, 
;ra como las plumas del urü? 

r qué lo hieres en el alma obscura? 

¡Deja al indio morir! 
tienes odio negro para el indio, 
1 el triste cacique guaraní.» 

ica sintió una lágrima en los ojos , 
na amai^ura insólita en el pecho: 
'o no tengo odio para tí, charrúa, 
) al cacique, con acento ingenuo. 



LIBRO SEGUNDO 99 

Las pupilas azules del salvaje 
Brillaban asombradas; en sus nervios 
Vibraba el alma. Tabaré sentía 
El abismo sonar en su cerebro. 

Habla por vez primera á la española; 
Sus palabras, sin orden ni concierto, 
Brotan de entre sus labios, como informe 
Tropel de sombras, luces y reflejos: 

« — ¡Oh, sí! Yo sé que acechas 

Mis horas de dolor; 
Sé que remedas alas de jilgueros 

Donde yo estoy. 

Yo sé que tú el secreto 
Conoces de mi ser, 
Y sé que tú te escondes en las nieblas... 
jTodo lo sé I 

Que gimes en el viento. 
Que nadas en la luz, 
Que ries en la risa de las aguas 
Del Iguazü; 



Que miras en las altas 
Hogueras de Tupa, 
en las lunas de fuego fugitivas 
Que brillan al pasar. 

Tú, como el algarrobo, 
Sueño das á beber; 
das la sombra hermosa que envenena 
Como el ahu€. 



Yo, temiendo tu sombra, 
Tiemblo y huyo de tí, 
tú en el despertar de mis 
Vas tras de mí. 



Mis nervios que eran fuertes. 
Fuertes cual ñaiidubay, 
andos como el retoiío más temprano 
Del ombü están... 

No ha pasado una luna 
Después que yo te ví; 
lira cómo está enfermo el indio bravo 
Sólo por tí 1 » 



LIBRO SEGUNDO lox 

La súplica, el reproche, 
La imprecación, el ruego, 
Se sucedían en U voz del indio 

Y en su ademán nervioso y altanero; 

El , que se había alejado 
Con la frente inclinada sobre el pecho, 
Como impulsado por interna fuerza, 
Hacia la niña se volvió de nuevo; 

La miró un breve espacio, 

Y señaló su rostro con el dedo, 
Cual si del fondo obscuro de su alma 
Envuelto en luz brotara un pensamiento. 

« — Era así como tú... blanca y hermosa; 

Era así... como tú. 
Miraba cojt tus ojos, y en tu vida 

Puso su luz; 

Yo la vi sobre el cerro de las sombras 

Pálida y sin color; 
El indio niño no besó á su madre... 

¡No la lloró I 



'ispas de fuego de las nubes. 

Ellas brillaron más; 
I hogar del indio se apagaba , 

Su dulce hogar. 

asado más fríos que dos veces 
Mis manos y mis pies... 

n las horas lentas yo la veo 
Como Querpo que fué. 

ive en tu mirada transparente 
Y en el espacio azul... 

i como tú la madre mía, 

. y hermosa... ¡pero no eres tú!» 

Por ocultar el llanto 
iin mojar sus párpados, acerbo 
lluvia de htej , se derramaba 
lapaba del indio los recuerdos, 

El infehz charrúa, 
ivulso y mortal desasosiego, 
¡aba sombrío, y se volvía 
spañola en ademán violento : 



LIBRO SEGUNDO 103 

— Así como tu mano, 
Blanca como la flor del guayacáuy 
Es la que he visto en la batalla siempre 
Mi sudorosa frente refrescar. 

La misma mano blanca 
De mi desnudo pecho separó 
El rayo que arrojaban tus hermanos, 
Más rápido que el vuelo del halcón; 

La he visto entre sus dedos 
Romper la flecha que á esconder llegó 
En mis venas el sueño de las sombras, 
Ese pálido sueño del dolor... 



Pero... ¡no era la tuya! 
Era otra aquella mano ¿no es verdad? 
¡ Dile al charrúa que esos ojos tuyos 
No son los que en sus sueños ve flotar! 

Dile que no es tu raza 
La que vierte esa tenue claridad 
Que en el alma del indio reproduce 
Aquella luz de su extinguido hogar; 



I04 TABARÉ 

Aquella luz que el astro de los muertos 

Nunca sabrá copiar, 
Más pura que el reir de las mañanas, 
Y el llorar de las tardes, ¡mucho más! 



¡Oh! nó: tú eres la sombra, 
Tú no vives la vida como yo; 

^ Por qué has de arrebatarme mis recuerdos 

V vestirte anteimí de su color? 

¡ Déjame ! ¡ No me sigas ! 

¿No sientes? ¿No lo ves? 
¡El corazón del indio está muy negro! 
¡ Triste como la sombra del ahuel 



V 



Con movimiento brusco 
Se ha separado de la niña el indio, 
Volviendo la cabeza, cual si huyera 
Temiendo la agresión de un enemigo. 



LIBRO SEGUNDO X05 

Un eco amargo y triste 
Quedó de Blanca en el absorto oído. 
Tabaré atravesó entre los soldados. 
Ninguno lo detuvo en su camino. 

Blanca siguió con pena, 
Con los ojos al indio fugitivo. 
Aquel extraño ser en sí tenía 
La atracción de lo obscuro del abismo. 



VI 



En ese estado en que, movida el alma 
Por fuerza superior, en lo infinito 
Medita, sin conciencia de sus actos. 
Como otro yo de nuestro ser distinto; 

Y conoce los seres del ambiente 

En que vaga desnuda de sentidos, 

Sin traernos, de vuelta de su viaje, 

Nada que de otros mundos nos dé indicios ; 



io6 TABARÉ 

Y al despertar la sensación de nuevo, 
Rompe de un sueño el transparente hilo, 
Quedó la niña, hasta que oyó á su espalda 
Que alguien decía: — ¿Qué te hablaba el ¡ndior 



— ¿El indio?... nada. ¿En qué estaba pensando? 

I Ahí Luz, no te había visto. 
¿Qué me dijistes?... Ahora lo recuerdo: 

Nada, nada me dijo. 



Y agregó Doña Luz: — ¡Pero aquí, hablando 

Lo hemos visto contigo 1 

Y Blanca: ¿Sabes, Luz, que ese salvaje 
Amó á su madre? El mismo me lo ha dicho. 



— ¿Y no le temes, Blanca? 
— ¡Temerlo! Puede ser. — Lo que al oirlo 
Mi espíritu sintió, fué un algo raro, 
Muy semejante al miedo de los niños. 



j 



. LIBRO SEGUNDO 107 

Con terror, la mirada 
Clavó en su hermana Doña Luz. 

— <Qué ha visto 
O creído advertir en sus pupilas?... 
Le aconsejó que huyese de aquel indio. 



CANTO CUARTO 



En la limpia armadura 
De un grupo de guerreros 
Dejaba el sol, al trasponer las lomas. 
Su resplandor postrero. 

Las flotantes cimeras 
De los ferrados yelmos 
Al viento de la tarde se agitaban 
Con blando movimiento. 



LIBRO SEGUNDO 109 

Como españoles, bravos, 

Como soldados, crédulos, 

Siempre el brazo á la lucha apercibido, 

Y el alma á las consejas y á los cuentos, 

Los del corro escuchaban 
A un camarada viejo, 
En su adarga los unos apoyados, 

Y sentados los otros en el suelo. 



II 



— ¿Dices que es un fantasma 
Eso que anda de noche por el pueblo? 
— No es otra cosa, á mi sentir: la sombra 

De algún cacique muerto. 

— Que es un indio no hay duda; 
Lleva en la frente plumas, y su cuerpo... 

— ¡Su cuerpo! ¿Acaso piensas 
Que esa sombra impalpable ha de tenerlo? 



no TABARÉ 

— jSerá posible! 

— ¡Y tanto! 

No es el primer espectro 
Que, haciendo yo la guardia en los bastiones. 
Se ha llegado hasta mí. Bien lo recuerdo. 

La noche en que Garay venció á los indios 
En aquel llano que se ve á lo lejos, 
Vi muchas de esas sombras 
Que cruzaban gimiendo entre los muertos. 

La flor y nata de indios y caciques 
Cayó en el lance aquél. ¡Si los espectros 
No se hubieran entonces presentado, 
No sé cuándo lo hicieran, voto al cielo! 

No es de extrañar, por ende. 
Que ese fantasma que de noche vemos, 
Viniera á presagiar ruinas ó males, 
Y es fuerza le arranquemos su secreto. 



LIBRO SEGUNDO m 



III 



Más que con los oídos , 
Con los ojos oyeron 
Los soldados absortos, las consejas 
Del camarada viejo; 

No quisieron los unos 
Habérselas con muertos; 
Pero los más serenos y esforzados, 
No sin algún recelo, 

En velar esa noche 
Se pusieron de acuerdo, 
Para tender una emboscada heroica 
Al vagabundo espectro. 



m*vi¿fi.v^Xí 



xia TAliARÉ 



IV 



El último soldado 
De los que por las calles discurrieron , 
Se perdió en la penumbra de las chozas 

Del villorrio desierto. 

Cayó la noche, y embozado en ella 
Quedó San Salvador. El viejo Tiempo 
Sobre las altas horas se adelanta 
Con paso soñoliento. 

Todos duermen : las aves en el nido, 
Los niños en el cielo. 
En las cunas los ángeles 

Y en las ramas inmóviles el viento. 

Sólo vela el soldado 
Que está de guardia en el bastión del pueblo^ 

Y algún perro que ladra, se levanta, 

Y sobre el musgo tiéndese gruñendo. 



LIBRO SEGUNDO 113 

Tranquila está la noche; las estrellas 

Se ven brillar muy lejos ; 
Como una sombra que entre ruinas anda, 
La luna entre las nubes va en silencio. 



V 



Alguien también en vela está sin duda 

Allá en un aposento 
De la casa del jefe, en cuyos vidrios 
Se proyecta una sombra por intervalos. 

Es la del Padre Esteban , 
Encarnación de aquellos misioneros 
Que del reguero de su sangre hacían 
La primer senda en medio del desierto, 

Y marcaban el sitio 
Hasta el cual penetraba el Evangelio, 
Con el cadáver solo y mutilado 
De algún mártir sin nombre y sin recuerdo. 



114 TABARÉ 

La lumbre, en las paredes 
Del aposento estrecho, 
Dibujaba, con mano temblorosa, 
Las formas sin color de los objetos; 

Y la negra silueta 

Del pensativo monje , sobre el suelo, 
Obediente á la luz, se estremecía 
Con un imperceptible movimiento. 

Meditaba el anciano 
Los destinos secretos 
De aquella pobre raza moribunda 
Que el abismo atraía hacia su seno. 

Miraba el Crucifijo, 
Símbolo dulce del amor eterno; 
Interrogaba á sus cerrados ojos, 

Y á su labio espirante y entreabierto, 

Y entonces recordaba 

Al indio de ojos de color de cielo; 
Miraba en él su estirpe redimida 

Y el clarear de un horizonte nuevo. 



LIBRO SEGUNDO iis 

Quizá advirtió en la frente del salvaje 

El imborrable sello 
Del bautismo del bosque , y en su alma 
Vio brillar algo vacilante y trémulo. 

¡Cuántas veces , sentado 
Junto al indio infeliz , de sus recuerdos 
El enjambre dormido despertaba 
Con sólo una palabra ó un consejo ! 

¡ Cuántas veces el indio 
Sus pupilas clavó en el misionero, 
Pugnando por secar entre sus ojos 
Gotas de llanto con esfuerzo interno, 

Y bebió sus palabras 

Inmóvil y suspenso 
Cuando su oído absorto recogía 
El tierno son de los cristianos rezos ! 

Cuando el indio escuchaba 
El nombre de la Madre del Eterno, 
Madre también del hijo de los bosques. 
Virgen que vive en el azul inmenso, 



Entonces se agitaba , 
: incorporaba , y del anciano al cielo, 
de éste nuevamente hasta el anciano 
Lsaban sus miradas. En el viejo 

>r ñn clavaba los azules ojos 

Con triste desaliento, 
escondiendo la frente entre los brazos, 
: tendía clamando: ¡No la encuentro! 



fraile meditaba, meditaba 
Con desolado empeño. 
jando creía su ilusión cumplida, 
3caba lo imposible y el misterio. 



e pronto, penetró por la ventana 

Algo como un lamento 
ue él monje ya otras noches había oído, 
una vana ilusión atribuyéndolo; 



LIBRO SEGUNDO -X17 

Pero en aquella noche, claramente 

Al oírlo de nuevo, 
Se llegó á la ventana presuroso 

Y la abrió con estrépito. 

Una sombra medrosa , entre los árboles , 

Se levantó del suelo, 
Y, esquivando la luz, huyó hacia el río 
Como empujada por extraño vértigo. 

Las plumas que en su frente 

Hacía mover el viento, 
Denunciaron la forma de un charrúa 
Que conoció al instante el misionero. 

Miró á la alcoba en que dormía Blanca, 
Miró en seguida al cielo, 

Y una oración cruzó, sin hacer sombra. 
La inmensa soledad del firmamento. • 

¿Quién es ese charrúa? Es la fantasma 
Que han visto los guerreros , 

Y que acertaron al mirar en ella 

Una sombra, un espectro: 









ii8 TABARÉ 

Es Tabaré que, cuando todo duerme, 

Huye de sus ensueños; 
Vaga en lo obscuro, huyendo de sí mismo, 

Y llevando la fiebre en el cerebro, 

Hasta caer, guiado noche á noche 

Por un instinto ciego, 
Allí, frente á la casa de Gonzalo, 
Donde hasta el alba permanece yerto. 

De la casa del jefe 

Tendido junto al cerco, 
¡ Cuántas noches lloraron su rocío 
De aquel charrúa sobre el cuerpo enfermo ! 

Allí el ñacurutü lo contemplaba 

Con sus ojos de fuego, 
Y, sin temor, las alas agitando, 
Muy cerca de él pasaba el terutero. 

Allí el aire del río 
Penetraba en sus huesos, 

Y la luz de la luna lo miraba 

Con amor impotente desde el cielo. 



LIBRO SEGUNDO 119 

Allí estaba la noche 
En que oyó el Padre Esteban su lamento, 
Y al verse sorprendido, huyó sin rumbo, 
Sobrecogido de un pavor intenso. 

De su amor imposible , 
De su desconocido sentimiento 
Volaba ante la sombra, que sentía 
Correr tras él , asida á sus cabellos; 

Las carnes erizadas, 
Temblorosos y rígidos los miembros , 
Dilatadas y ardientes las pupilas, 
Corría tropezando y sin aliento. 

Las sombras de los árboles 
Que la luna trazaba sobre el suelo; 
Las zarzas que sus pies ensangrentados 
Mordían, al romperse con estrépito; 

Los ladridos agudos 

De los perros despiertos; 
Las aves que, á su paso, levantaban 
De aquí y de allá su sonoroso vuelo ; 

9 



I20 TABARÉ 

Todo atronaba el exaltado oído, 
Todo enconaba el vértigo 
De Tabaré el charrúa , que seguía 
Su carrera sin rumbo y sin objeto. 



Vil 



Los soldados que el golpe concertaron , 
A su paso febril se interpusieron , 
Asestando sus picas y arcabuces 
A su desnudo pecho. 

Los dilatados ojos 
Clavó el salvaje en ellos , 
Escondido en la sombra proyectada 
Por un grupo de ceibos. 

La fiebre comprimía su cabeza 
Con sus dedos de acero, 

Y un temblor convulsivo sacudía 
Sus ateridos miembros. 



LIBRO SEGUNDO lai 

— ¡Dinos quién eres! 

— i Habíanos ! 
— Si eres fantasma bueno, 
{Habla, en nombre de Dios! 

— S¡ no respondes, 
Espíritu infernal te juzgaremos! 



— ¡Dale tú con la lanza, 
Veremos si habla; hiérelo! 
Y por si fuere espíritu maligno, 
El signo de ía cruz haz en el hierro. 



— Cuida que no te esquive, 
Porque mucho me temo 
Que nos haga cegar. Este fantasma 
Al irse ó estallar puede ofendernos. 



— jCá! No tiene bastante 

Potestad para eso. 
;No ves que está temblando? ¿No lo sientes? 
¡Herir con brío! ¡No tenerle miedo! 



122 TABARÉ 

Cual tigre acorralado, 
Volvía el indio su. mirar de fuego, 

Todo el furor salvaje 
Sintiendo en su alma y en sus duros nervios; 

Y el asta de la lanza 

Dirigida á su pecho, 
Como por un zarpazo arrebatada 
Crujió y salto en astillas de sus dedos. 

Aunque el asombro embarga á los soldados. 
No vacilan por ello, 

Y con creciente ardor, sus alabardas 
Buscan herir al infernal engendro. 

El indio, sacudido por la fiebre. 

Siente que ya su cuerpo 
Vá á desplomarse, pues sus piernas trémulas 

Se doblan á su peso, 

Cuando, á espaldas del grupo. 
Clamó una voz cansada: ¡Deteneos! 

Y con la frente cana descubierta 
Se vio llegar jadeante al misionero. 



LIBRO SEGUNDO 123 



Se abrió paso hasta el indio 
'l'endiéndole los brazos; éste al verlo, 
Se aferró á su sayal, dobló la frente 
Y en tierra dio con su extenuado cuerpo. 



VIII 



Del seno de una nube, 
Sus desflocadas orlas encendiendo, 
Salió la luna que alumbró piadosa 
La yerta faz del infeliz enfermo. 

— ¡Tabaré! prorrumpieron los soldados. 

— ¡El indio de los ceibos! 
— ¡El indio loco! 

— ¡El de los ojos verdes! 

— ¡El fantasma del cuento! 



El fraile la cabeza 
De Tabaré apoyó sobre su pecho. 
¡Los soldados entonces se engañaban 
Al creer que el indio aquel no era un espectro! 



CANTO QUINTO 



Desleída en las tintas de la aurora, 
La luz se disolvió de las estrellas; 

La risa de los cielos 
Ha despertado el himno de la tierra. 

El ombú, solitario de las lomas. 
La copa verde apenas balancea; 

El sauce besa al rio, 
Y el talle esbelto cimbran las palmeras. 



LIBRO SEGUNDO 125 

Su carnoso ropaje verdinegro 
Sacude el canelón de las riberas; 

La flor del camalote 
Morada y blanca en la corriente juega. 

Como gotas de sangre que sonríen, 

Las margaritas rojas se despiertan, 

Despiertan las azules 

Y esas hijas sin nombre de la yerba 

De un amarillo y blanco deslumbrantes 

Que en el campo se cuentan 
Como en las claras noches de Diciembre 
Se cuentan en el cielo las estrellas. 

Todas las hojas brillan; una savia 

Joven y turbulenta 
Circula por las cañas y los juncos, 
Da ternura á los brazos de la yedra, 

Desabrocha las flores de los talas. 
Del guaviyü y la ceiba^ 

Y alegra el corazón de los palmares, 

Y los estambres húmedos revienta. 



s cardos, agrupados ó dispersos, 

Levantan las cabezas 
n sus coronas frescas y azuladas 
bre el tallo espinoso descubiertas; 

cual ropas tendidas por la noche 

Á secar en la arena, 
sparramados vénse entre espadañas 
s y gaviotas y cigüeñas; 



dos en dos dispersos y pesados, 

O en obscuras hileras, 
posan en la orilla los chajaes 
nzaado á ratos su estridente queja; 

sea cadenciosa entre los juncos, 
n su rítmico andar, la garza esbelta, 
isoma entre ellos el nevado cuello, 
sntras abre el biguá sus alas negras; 

;orren por la arena de la playa 

Esas aves pequeñas 
largas patas y añlados picos 
e en su base sutil se balancean. 



LIBRO SEGUNDO 127 

Cual si intentaran emprender el vuelo 

Y de ello desistieran, 
Para correr de nuevo por la orilla 
Allí dejando sus ligeras huellas. 

Como vapor en tanto sonoroso 

Que en el espado ondea, 
Los pájaros , como arpas que la aurora 

De las ramas descuelga, 

Dan el cantar del día 
Que en temblorosa ebullición se eleva; 
Nadan en luz las notas 

Y el alma de la luz palpita en ellas. 

El día las recoge 

Y las ajusta al ritmo de una idea, 

Y así elabora el salmo indescriptible 
Que eleva á Dios, al despertar, la tierra. 

Las islas van brotando lentamente 

Del seno de las nieblas 
Disueltas en la luz; los horizontes 
A través de los árboles se alejan. 



128 TABARÉ 

La claridad naciente va ganando 

Colinas y laderas; 
Tras ella el sol dispara victorioso 
A través de los aires sus saetas. 



II 



¿^uién no siente en el alma 
La fresca sensación de la belleza, 
El dulce descansar de los sentidos, 
El instintivo amor á la existencia? 

¿Quién no siente en los labios 

Las sonrisas serenas 
En que la luz y la quietud del alma 
Y el escondido amor se transparentan, 

Y esas lágrimas puras 
De luz y encanto llenas, 
Que humedecen los ojos, sin dejarles 
De llanto ni dolor la amarga huella? 



LIBRO SEGUNDO 129 



III 



El: Tabaré el cacique 

A quien las sombras cercan, 

Y á sus pies se retuercen en abismos 

Y en tempestades á su frente ruedan. 

Vedlo. Es el indio puro; 
Es el charrúa de la frente estrecha; 
Su sangre afluye al pómulo saliente, 
Su labio tiembla, su pupila humea. 

La lucha sostenida 
En la noche anterior, ruda y suprema; 
Las armas asestadas á su pecho, 
Que aun cree astillar entre sus manos yertas. 

Todo le encona el alma. 

Todo en ella despierta 
El instinto dormido, el ansia viva 
De libertad, de destrucción y guerra. 



130 TABARÉ 

Como del fondo obscuro del abismo 
Vuelan las aves negras, 

Del fondo de su alma se levantan 
Las fierezas ingénitas, 

Que cruzan por sus ojos 
En el suelo clavados, y reflejan 
En ellos repentinas llamaradas 
Que en sus pupilas encendidas tiemblan. 

En vano de sus labios 
Solícito pretende el Padre Esteban 

Oir una palabra que revele 
Un eco al menos de su lucha interna; 

En vano á las memorias 
Oue otras veces al indio conmovieran 

Ha llamado en su ayuda 
Para tocarle el corazón con ellas; 

-- La mano del recuerdo 
Esa arruga del ceño no despliega, 
Ni separa esos dedos que serpientes 
Enroscadas semejan. 



LIBRO SEGUNDO 131 

Oye gritos de muerte y de victoria, 

Silbidos de saetas. 
Aullidos de una guerra inextinguible 
Que su enconado pensamiento atruenan ; 

Ya la sangre charrüa 

Sólo siente en sus venas; 
Pero asoma á sus ojos azulados 
El alma de la dulce Magdalena, 

Y la mortal congoja 
Del indio se apodera, 

Y la lucha de un átomo con otro 
Se renueva potente en sus arterias, 

Y silba en sus oídos, 

Y estruja su cabeza, 

Y afluye al corazón, y en él estalla, 

Y se difunde por su ser violenta. 



132 TABARÉ 



IV 



Doña Luz suplicaba 
Al noble capitán que, ensimismado, 
Escuchaba á su esposa, con los ojos 
Clavados, sin mirar, en el espacio. 

— Sólo he visto en ese hombre 
Un misterio infeliz, un ser extraño; 
No hallo peligro en él; mas... tü lo quieres. 

Tabaré partirá, dijo Gonzalo. 

— ¡Partirá! dijo Blanca; 
^Y adonde ha de ir el indio desgraciado? 
^Qué será de él en el desierto bosque 
Enfermo y solo? ¡No hagas tal, hermano! 

(V qué mal nos ha hecho? 

¿Por qué así abandonarlo? 

El pobre Tabaré no nos ofende 

jQué vais á hacer? ¿Es una fiera acaso? 



LIBRO SEGUNDO 133 

— Blanca: tú siempre niña; 
Le dijo Doña Luz ¡Qué! ¿Estás pensando 
Que son capaces de pasiones buenas 
Esos seres, nacidos para esclavos? 

¿Piensas, Blanca, que anoche 
No meditaba un crimen ese bárbaro, 
Cuando en las altas horas felizmente 
En vela le encontraron los soldados? 

— jUn crimen! Nó, por cierto. 
¡Un crimen Tabaré! ¿Qué estás hablando? 
Tú no has oído, como yo, al charrúa; 
Si lo oyes, Luz, ya no podrás odiarlo. 

¡Oh! No arrojéis al indio 
¡Lanzarlo para siempre!... ¡Es inhumano! 
Llamad al Padre Esteban; que él os diga 
Si Tabaré el charrúa es un malvado. 

— ¡Oh! El Padre, el Padre Esteban! 
¡De masa de indios quiere hacer cristianosl 

¡Inocente ilusión! Él no imagina 

¡No puede ser! Arrójalo, Gonzalo. 



1 



134 TABARÉ 

Si aún crees que no es culpable 
Después que anoche se le halló velando, 
No le hagas mal; pero, por Dios, arrójalo. 
Dale la libertad; no lo veamos. 

Mientras él está aquí, tú bien lo sabes, 

En mi lecho sentado 
Siempre el insomnio, con la faz de ese indio, 
Introduce sus dedos en mis párpados 



V 



Tabaré entró sombrío... 
Don Gonzalo, que solo lo esperaba. 
Busca al mirarlo entrar, mas busca en vano 

Del indio la mirada. 

Que chispea en el fondo 
De la órbita ceñuda, como llama 
Que con espesa obscuridad en lucha. 
Se extingue, reaparece y se dilata. 



J 



LIBRO SEGUNDO 135 

— ¿Por qué el indio charrúa 
Fué sorprendido anoche por la guardia? 
¿Qué buscaba á esas horas ? 
¿Qué intento lo llevaba? 

El indio queda inmóvil en su sitio 

Con la cabeza baja. 
Repite su pregunta Don Gonzalo, 
E igual respuesta: el prisionero calla. 

El jefe continuó:— Cuando el cacique 

Rompió ante mí su lanza 
En señal de amistad, le di la mía; 
¿No he sido fiel á la amistad jurada? 

Diga el indio charrúa si el cristiano 

A sus promesas falta 

¡Conteste Tabaré! ¿Qué es lo que intenta?... 
Todo es en vano: el prisionero calla. 

— En cambio, el indio amigo 
En la alta noche por el pueblo vaga; 
Y en la sombra revela de su frente 
Que en su espíritu hay sombras, sombras malas. 

10 



n 



136 TABARÉ 

^Qué plan revuelve en ellas? 
jNada en su abono que decirnos halla? 
¡Raza maldida! ¿No es capaz entonces 
De amor y gratitud? ¿Todo es venganza? 

Una terrible lucha 
De Tabaré en el alma se desata, 
Y como el eco de la lucha interna 
Suena un ronco gemido en su garganta; 

Pero calla. Temblor imperceptible 
Discurre por su carne. Onda del alma 
Llega á su cuerpo enfermo, como mueren 

Las olas en la playa. 

Compasivo, sin odio, 
El capitán al indio contemplaba; 
Mas recordando el ruego de su esposa, 
— Pues bien, gritó, con expresión airada. 

Ya que el indio charrúa 

Nuestra amistad rechaza, 
Vuelva á sus bosques á enconar sus flechas, 
Vuelva á buscar las fieras sus hermanas. 



LIBRO SEGUNDO 137 

El español no quiere 
Violar un punto la amistad jurada; 
Pero verá en el indio á su enemigo, 
Al eterno enemigo de su raza. 

Vaya libre á su selva, 
Pues no hay amor ni gratitud en su alma; 
Pero jamás donde el cristiano aliente 
Torne á posar la sigilosa planta. 



Don Gonzalo partió. Quiso en el labio 
De Trabaré asomar una palabra; 

Alzó la frente ¡y la inclinó de nuevo! 

Mudo y sombrío abandonó la estancia. 



CANTO SEXTO 
I 

Tras los bosques de acacias de las islas 
Se esconde, el sol; en las más altas ramas 
Deja un toque de luz anaranjado, 
Y polvo de oro en las dormidas aguas. 

Tiemblan en los vapores al perderse 
De los cuerpos las líneas esfumadas; 
Cruzan hacia las islas las bandurrias. 
Los cisnes, y los patos, y las garzas. 



LIBRO SEGUNDO 139 

Que, ya á lo largo del bruñido río, 
Casi rozando el agua se adelantan, 
O forman, en la altura qu« atraviesan, 
Simétricas y largas caravanas. 

El Uruguay se envuelve en su neblina; 
Llega al nido en silencio la calandria; 
Buscando su nocturno alojamiento. 
Aletea la tórtola en las ramas. 

Los flexibles y esbeltos sarandíes, 
En su alfombra de juncos y espadañas. 
Abrigan al dormido cam alóte 
Cuyas hojas se extienden sobre el agua. 

Los zorzales se esconden; á lo lejos 
Gritando el teru-tero se agazapa; 
Sale á pacer la nutria, y el carpincho 
Deja su cueva al pie de la barranca. 

Cual sobre dos abismos reflejados, 
En la orilla los sauces y los talas 
Sobre un cielo proyectan sus cabezas, 
Y en otro cielo sus raíces bañan. 



^ 



Z40 TABARÉ 



II 



Entretanto, la frente sobre el pecho, 

Y el caos en el alma, 
Tabaré cruza el pueblo lentamente; 
Vuelve á su selva, á su salvaje patria. 

Va sombrío y huraño y silencioso. 

El monje lo acompaña. 
¿Por qué esa sombra, cuando va á ser libre. 
Libre como el venado de la pampa? 

¿No es Tabaré charrúa? 
¿No son la libertad, el cielo, el aura, 

Y la selva nativa, y los combates 

La pasión del charrúa y la esperanza.^ 

jAy del indio imposible! 
Ya una mujer de la enemiga raza 
Es libertad para él, y cielo y nubes, 

Y hogar nativo, y selvas y batallasl 



LIBRO SEGUNDO 141 



III 



Cruza entre los corrillos de soldados 
Que hablan tendidos en la yerba, ó cantan 
Al ritmo de los golpes que aderezan 
Sus coseletes y maltrechas armas. 

AI ver pasar al indio con el monje, 
Suspenden la labor y se levantan: 
¡El indio loco! dicen por lo bajo: 
jYa lo hallaremos! jEse no me engañal 

— ¿Qué pensará, decid, de esa trabilla 
Nuestro buen capitán? ¿Acaso aguarda 
A que nos mate aquí como á conejos 
En la noche mejor esa canalla? 

¡Darles la libertad! ¡valiente idea! 
¡Cuál si nada costara darles caza! 
¡Hierro y fuego les diera, hierro y fuego! 
— Hierro, bien dicho, exterminar la plagal 



I 42 



TABARÉ 



— ¿Pues no ha dado en creer el buen hidalgo 
Que el indio de estos bosques tiene una alma 
Como la nuestra, y es vasallo y subdito 
Del Rey Nuestro Señor? 

— ¡Oiga! 

— ¡No es nada! 

— Como lo oís. El padre franciscano 
¡Es claro! lo aconseja, lo acompaña, 
Y aquí estamos ¡pardiez! mirando siempre 
Al señor indio como á gente honrada. 

— ¡Los vasallos del rey! 

— ¿No es una ofensa 
Que se infiere, decid, al gran monarca? 
Qué dices tú, Rodrigo; tú eres viejo; 
— A ver que dices tü; deja esa adarga. 

— Pues yo... ¿qué he de decir? Veinte años hace 
Que ando en estas diabólicas andanzas; 
Por cierto que era yo de la partida 
Cuando encalló la nave capitana. 

Fué allí, sobre esa arena ¡triste noche! 
¿Veis esa loma? ¿Distinguís la playa 



LIBRO SEGUNDO 143 

Qué se vé más allá? Tras de aquel árbol, 
^Lo veis bien? tras de aquél, va la barranca. 

Pues bien: allí. Cayeron los charrúas 
Sobre nosotros, como avispas bravas; 
Incendiaron las tiendas, y diezmaron 
Nuestra gente más firme y más bizarra. 



¡Buena la hubimos, por San Jorge, buena! 
I Por poco allí los indios nos acaban I 
Estábamos sitiados en las naves , 
Oyendo sus aullidos y amenazas ; 



Mirándolos llegar hasta la orilla 
Con gritos é insolentes musarañas, 
Y citar al más bravo de nosotros 
Para retarlo á singular batalla. 



Las pieles ó cabellos de los nuestros 
Que en el campo quedaron, enhastaban 
En sus picas, aullando los malditos, 
Y dando saltos en siniestra danza. 



144 TABARÉ 

Así pasamos las eternas horas 
Aguardando la muerte, como ratas, 
Hambrientos y desnudos, dando al río 
Tributo de cadáveres; sin armas, 

Pues ni un grano de pólvora teníamos 
Que dar al arcabuz; sin esperanza. 
Pues una tempestad hacía imposible 
De recursos humanos la llegada. 

¡ Ah, Don Juan de Garay ! Sin él, os juro 
Que no llevamos éste cuento á España; 
En los barcos hallamos nuestra tumba 
3in su arribo con tropas bien armadas. 

¡Y no era la primera, ¡voto á Sanes! 
Ni la ultima será... ¡Maldita razal 
Luchan como demonios, no como hombres. 
¿Digo bien? 

— ¡Bien, muy bien! 

— Entonces, ¡nada! 

¡Bien los conoces! Mientras quede uno 
Capaz de alzar la endemoniada lanza. 



LIBRO SEGUNDO Í45 

No hay que andar con escrúpulos; al indio 
Lanzazo iíirme; nada de palabras. 

— Lo propio digo yo. 

— Pues yo otro tanto . 
¿Qué hacemos ¡vive Dios I en esta plaza, 
Sin un caballo, expuestos noche y día.., 
— Noche y día, bien dicho, desde el alba. 

Y el capitán, en tanto, se entretiene 
En dar la libertad á esa canalla. 
{Buena les diera yo! 

—Mirad al indio: 
Allá va con el Padre; á ese mañana 

Acaudillar acaso lo veremos 
Alguna turba de esos perros. 

— ¡Cáspital 
I Que vengan, voto al diablo! 

— ¡Qué me place! 
¡Tiempo hace ya que no tenemos danza! 

— Yo os juro que, en las noches, á mi lado, 
Bosteza mi arcabuz de holganza tanta. 



Z46 TABARÉ 



— Bien dicho , ¡ el arcabuz ! 

— ¡Oiga! <Que esperan 
El indio y el anciano? ¿Qué les pasa? 



IV 



Tabaré ya se aleja ; 
Ya lo despide el monje con palabras 
De consuelo y de amor; indiferente 
Lo escucha el indio que á su lado marcha, 

Terrible, duro, con el ceño torvo, 
Fiera cual nunca la actitud y huraña; 
Lleva la noche, la infinita noche. 
Sin un rayo de luz en las entrañas. 

De pronto se detiene , 
En un punto clavada la mirada. 
¿Qué lo agitar ¿Que ve? Temblor de muerte 
Por sus rígidos miembros se derrama. 



LIBRO SEGUNDO 147 

¿La víbora silbando 
Casi invisible en el chircal se arrastra? 
¿Ó es el jaguar, despierto en la maleza, 
Que hacia el charrúa silencioso avanza? 

No: Tabaré no teme 
Á la amarilla fíera que á sus plantas 
Ya muchas veces vio, cuando su flecha 
Hasta á morderle el corazón llegaba; 

No es fiera lo que ha visto; 
Una mujer lo mira entre las ramas; 
Mirándolo, se acerca al Padre Esteban, 
Y esa mujer que se le acerca es Blanca. 

Ya no puede dudarlo: 
Nó, no es ilusión, no es un fantasma: 
Han crujido á sus pies las hojas secas. 
Ha hecho mover las ramas al tocarlas. 

El viento de la tarde 
Viene á agitar cori sus movibles alas 
Su cabello en desorden, y en su rostro 
A orear la huella de recientes lágrimas. 



148 TABARÉ 

Es ella: trae un ramo 
De margaritas en la falda blanca; 
Ella, con sus estrellas en los ojos, 
Sus alas invisibles en la espalda. 

Viene la dulce niña 
Como un rayo del alba 
Que en la profunda obscuridad penetra 

Y el seno negro de la noche aclara. 

La trae el mismo impulso 
Que conduce los besos de las palmas, 
Que despierta sonrisas en los labios 

Y de los ojos lágrimas arranca, 

Cuando el alma sonríe 

Y el espíritu llora, sin más causa 
Que esas ansias de llanto ó de ternura 
Que en ciertas horas nuestro ser asaltan. 

Besó la mano al Padre, 
Que con muda sorpresa la observaba; 
Alzó tímidamente la cabeza 

Y bañó á Tabaré con la mirada. 



LIBRO SEGUNDO 149 

AI verlo, sacudido 
Por la lucha que su alma despedaza, 
El ceño torvo, ardiente la pupila, 
Convulso y presa de mortales ansias, 

En terror y amargura 
El corazón sintió se le inundaba, 
Como si al borde de ignorado abismo 
Después de un corto sueño despertara. 

Dio un grito; las azules margaritjas 
Rodaron hasta el suelo por su falda; 
Se acogió horrorizada al Padre Esteban, 

Y escondió en su sayal la frente helada. 

— ^Entonces es verdad, ¡verdad. Dios santo! 

Que el indio nos odiaba? 
¿Es verdad que en su pecho no hay latidos 

Y que jamás su corazón se ablanda? 

¡Oh, padre!... ¿Por qué entonces de esos seres 

El amor me enseñabais? 
Padre, no me dejéis, volvamos pronto... 

Mirad: la noche baja. 




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150 TABARÉ 

Huye del indio esclavo, me decían, 

Sólo hay odio en su alma; 
No tuvo hogar, ni madre; de ternura 
Su raza es incapaz: todo lo ultraja. 

Yo nunca lo creí; yo vi en sus ojos 

Dolor... ¡y tuve lástima! 
Venía á consolar su desventura, 

Y no más... ¿hice mal? No lo pensaba. 

No quise nada más, nada, os lo juro, 

Vine por consolarla. 
Lo sabe Dios muy bien... pero ¡qué tarde! 
¡Qué tarde es ya! ¡Cómo la niebla se alza! 

Y el indio. Padre Esteban, me da miedo. 

¿Qué tiene? ¿Qué le pasa? 
Vedlo... Volvamos, por piedad, volvatnos. 
¿Por qué vine hasta aquí? ¡Quién lo pensara! 

Indio... Adiós, Tabaré. Terror y pena 

Me inspira tu desgracia. 
¡Qué tarde es ya!... ¡La Virgen te proteja! 
¡Anda con Dios á tu salvaje patria! 



LIBRO SEGUNDO 151 



Ya huyendo temblorosa hacia la villa 
Blanca exhaló sus últimas palabras. * 
La tarde la arropaba en sus vapores, 

Y ella en su seno al parecer flotaba. 

El charrúa la vio tenue, impalpable; 
La siguió con estúpida mirada; 
La vio volver de nuevo la cabeza, 

Y ocultarse, por fin, entre los talas. 

Cuando la vio perderse para siempre, 
Sintió la soledad. Toda su raza 
En él moría, muda sin quejarse, 
Sola en la densa noche de su alma. 

En brazos del anciano misionero 
Se arroja el indio cuya tez abrasa. 
Solloza... Sus sollozos, cual rugidos 
De fieras moribundas se dilatan. 

II 



153 TABARÉ 

Al sentir en sus párpados el llanto, 
Exhala un grito de dolor ó rabia, 
Un grito que, á lo lejos, al perderse, 
Se transforma en lamento ó en plegaria. 

De pronto, con un brusco movimiento, 
Se desprende del monje; la mirada 
Clava en el punto en que la vez postrera 
Sobre el fondo del cielo miró á Blanca, 

■ 

Y huye como la fiera perseguida 

Y se interna en la selva solitaria... 
Largo tiempo se oyeron sus quejidos 
Como si un tigre herido se alejara. 



VI 



Sobre el sayal del monje 
Del charrúa quedó la primer lágrima; 
El supremo dolor entre sus dedos 
Una raza exprimió para arrancarla. 



LIBRO SEGUNDO 153 

Las horas de la noche 
Ya vestidas de luto se adelantan; 
Y entran al bosque y sus cendales negros 
Van colgando en silencio de las ramas. 

Sobre el sayal del monje 
Del charrúa quedó la primer lágrima: 
]Para llorar la moribunda estirpe 
Una pupila azul necesitabal 



á 



LIBRO TERCERO 



CANTO PRIMERO 



Genios de las riberas, 
Invisibles espíritus del bosque, 
Que convertís en moscas ó en reptiles 
Á los indios que vagan por la noche; 

Seres que, en las tinieblas, 
Gastáis el tiempo en ajustar los broches 
De la dormida flor, mientras su ovario 
Abre su amor al encendido polen; 



158 TABARÉ 

Que elaboráis en ella 
£1 dulce néctar que la abeja sorbe 

Y los frescos aromas que, sedientos, 
Los labios de los céfiros recogen; 

Ó en la mortal cicuta 
Vivís acurrucados, de los hombres 
Acechando el secreto de la vida, 

Y destiláis la hiél de los dolores. 

Y agriáis la crespa yerba 
Que ni el carpincho ni la nutria comen, 

Y envenenáis al avestruz dormido 
Los huevos bajo el ala sin que os note. 



II 



Vírgenes transparentes 
Que os colgáis en las ramas de los molles, 
Y os columpiáis, con vuestros pies trazando 
Rayas de luz sobre la linfa inmóvil, 



LIBRO TERCERO 159 

Y en esas lacias hebras 
Con que acaricia el sauce al camalote 
Subís y descendéis, llevando al río 
Rayos de luna en haces brilladores; 

O hundidas en un lecho de espadañas 
Os reclináis en los desiertos bordes, 
Á escuchar el secreto de las olas 
Que transformáis en trémulas canciones; 

Pobladores del aire 

Leves y multiformes, 
Hijos de los crepúsculos azules 
Que con las alas embozáis los montes; 

Que taladráis el diente 

De la víbora, en donde 
Derramáis los licores ponzoñosos 
Que al infiltrarse, el corazón corroen; 

Que en los ojos del tigre 
Encendéis vuestra antorcha, y la3 visiones 
Preparáis á su luz disparatadas, 
Y las vaciáis en sus extraños moldes; 



- I 



¡Horadadme esa tierra! 

¡Sacudidme ese monte! 
Como caen los cabellos de un andano, 
Como el cardo desgrana sus plumones, 

De la muerta cabeza 
En que pensó una raza, acaso logre 
Ver desprenderse el pensamiento oculto 
Sobre mi frente cuando yo os invoque. 

¡Dad un vuelco á ese rfol 
Salid, desde su légamo á sus bordes, 
Con secretos del agua y de la arena. 
De los huesos de piedra que se esconden 

En el profundo limo 
En que tienen las algas sus amores. 
Se arrastra el yacaré, duerme la raya, 
Y la tortuga sus nidadas pone. 

Infundid en ese indio 
Que ahora penetra en el callado bosque 
Los latidos postreros de una raza 
Que á vuestro acento viven y responden; 



LIBRO TERCERO 163 



Latidos de esperanzas imposibles, 

Rudo y último acordé 
De las arpas malditas que sonaron 
Pulsadas por la muerte y los dolores. 



III 



Es Tabaré, Penetra nuevamente 

A su nativo bosque, 
Cuyos añosos árboles lo miran 

Y á su paso sus troncos interponen. 

Y le tienden los brazos descarnados 

Con raras contorsiones. 
Como fantasmas que en inmóvil danza 
Cruzan y se retuercen por el monte. 

4 
\ ■ 

Y en tomo de él se agrupan á mirarlo 

Y así que lo conocen, 
Después de herirlo con los brazos negros, 
Se dispersan en todas direcciones. 



z64 TABARÉ 

Y los duros lagartos al sentirlo 

Hacia sus cuevas corren, 

Y asoman las cabezas puntiagudas, 

Y el largo cuerpo sin calor encogen 

Y las ranas se callan un instante 

Mientras pasa, y sus voces, 
Como largos quejidos, á su espalda, 
Cuando ha pasado, nuevamente se oyen. 

Y los nocturnos pájaros lo siguen 

En negras procesiones: 
El chajá dando saltos por el suelo, 
Chirriando esos murciélagos enormes 

Que, como manchas de la misma sombra. 

La obscuridad recorren, 
Persiguiendo los átomos, ó huyendo 
Atolondrados de invisible azote. 

Detrás de cada tronco acurrucada. 

Parece que se esconde 
Alguna cosa que, al pasar el indio, 
Sigue tras él con movimiento torpe. 



LIBRO TERCERO 

£1 siente í sus espaldas ese mundo 

Que su alma sobrecene; 
Mas no se vuelve, y apresura el paso, 
Y sigue, y sigue sin saber adonde. 

^Cuánto anduvo? El indio no lo sabe. 

Era la media noche 
Quizá, cuando, rendido por la fiebre. 
Detúvose entre rudas convulsiones, 

Pues la luna, en lo alto de los cielos, 

Los transparentes bordes 
De las nubes plomizas encendía 
Franjeándolas de tenues resplandores. 

De las que ante su disco se atraviesan 

Parecen los girones 
Las .siluetas de negros cocodrilos 
Que la infinita soledad recorren; 

Palidecen lejanas las estrellas 
Que, desde lo alto, vuelan hacia el Norte; 
La cruz del Sur se inclina esplendorosa 
Con los brazos tocando el horizonte. 



x66 TABARÉ 

Tabaré escucha: En el profundo hueco 

De sus ojos inmóviles 
Introduce sus dedos el delirio 

■ 

Que atruena su cabeza con sus voces; 

Y ora fugaces, ora persistentes, 

Comenzaron entonces 
A hablar y cobrar vida los espacios, 
La tierra^ el aire, el corazón del bosque. 



IV 



Y á los pies del charrúa 

La tierra daba gritos. 
Retorcían los árboles sus troncos 
Como animados de un airado espíritu: 

— ¡El genio de la tierra 
Ha de morder tus pies, con los colmillos 
De sus víboras negras, que se arrastran 
Silbando como el viento! |No eres indiol 



LIBRO TERCERO 167 



— ¡Pasa! ¿Por qué me huellas? 
La sangre brota de tus pies heridos. 
¿Por qué me manchas? De tu sangre nacen 
Malas serpientes, negros cocodrilos. 

— jNo te detengas; huye! 
Aquí en mi seno no hallarás abrigo: 
Ya para tí la patria es un recuerdo, 
¿No te sientes llamar? Es el abismo. 

Tabaré oyó la voz, cual si brotara 
De las grietas del suelo removido: 

Lejanas muchedumbres 
A sus pies agitaban el vacío; 

Crujían las raíces de los árboles, 
Cual si un extraño fluido 
Las retorciera al circular en ellas, 
Dándoles movimientos convulsivos. 



Y del añoso ceibo 
Cayó, volteando en animados giros, 
Una hoja seca que miró al charrúa 
Que á su vez la miraba, y ella dijo: 

' 12 



i68 TABARÉ 

Yo rodaré á tus píes ensangrentados, 

Realidad de mi símbolo; 
El viento me ha arrancado de mi rama, 
A tí te empuja el viento del destino. 

Yo vivo con la vida de tu estirpe, 

Con tu fiebre palpito; 
Y mi polvo y el polvo de tus huesos 
Van á formar el légamo del río. 

Vamos, charrúa; sigúeme, salvaje. 

Nos llama el torbellino. 
Tus lunas han pasado; el sueño negro 
Anda en tus venas derramando frío. 

Te vuelca el suelo. ¿No lo sientes? Vente; 

Vente, sigue conmigo; 
¿No sientes el aliento de otra raza 
Que te sopla del suelo en que has nacido? 

Es la raza de vírgenes tan pálidas 

Como la flor del lirio. 
Hermosas cual la luna, cuando se hunde 
Entre las aguas trémulas del río; 



- LIBRO TERCERO 165 

Y tienen luz de aurora en la mirada, 

Y sus ojos tranquilos 

Miran con odio al indio de los bosques, 

Y le llaman maldito. 

Vamos, charrúa; sigúeme, salvaje: 

Mira aquel remolino. 
Vientos de tempestad vienen de lejos 
Aullando como perros fugitivos. 

Las sombras que recorren la maleza 

Lanzan agudos gritos; 
Esas llamas sin luz marcan la ruta 
Por donde corren los que fueron vivos. 



Los impasibles ojos del charrúa 

Siguen los vanos giros 
De la hoja en cuyas venas circulaba 
La vida de un espíritu cautivo 

Que en pie la sostenía, 

Y la empujaba contra el viento mismo, 

Y la llevó saltando y retorciéndose. 
Siempre mirando y señalando al indio. 



270 TABARÉ 



V 



Oye entonces al aire de la noche 

Que á su lado respira 
Jadeante y con penosa intermitencia 
Como el hálito de alguien que agoniza: 

¿Te ahogas? le gritaba. Es que en tu bosque 

La muerte solo habita; 
Está poblado el aire por las sombras, 
Por las sombras charrúas que te miran. 

Vengo empapado en llanto de las tribus 

Que mueren fugitivas; 
Vengo cargado de vapor de sangre 
Que forma sobre el campo una neblina. 

¿Sientes los ayes? Es la muerte; corre 

Tras de las madres indias 
Que huyen sin hijos. Ellos no se mueven: 
Tendidos allá están en las colinas. 



LIBRO TERCERO 171 

Son tus hermanos, muertos en su tierra 

Por la raza maldita. 
^Ves esa virgen que en tus sueños anda? 
Está empapada de tu sangre. {Mírala! 



VI 



El indio está de pie. Todos sus miembros 

Ateridos tiritan; 
Le falta el suelo, y vuelve á recobrarlo 
En actitud violenta y convulsiva; 

La fiebre en su cabeza espeluznada 

Hunde la mano rígida, 
Y en sus ojos atónitos llamean 
Con fosfórica lumbre las pupilas. 

Todo es extraño para él: el viento, 

Los árboles que imitan 
Seres desnudos, negros, que en su torno. 
Se han detenido, y cuyos ojos brillan 



n 



17a TABARÉ 

Entre cabellos que hasta e¡ suelo bajan, 

Y lentamente oscilan; 
Brillan marcando el sitio en que se encuentran 
Cabezas que, sin verse, se adivinan. 

Los rumores que pasan, van dejando, * 

Por la extensión vacía. 
Como esos remolinos que las barcas 
Hacen surgir del fondo de las linfas. 

Resonancias que brotan en la sombra, 

Tumultos que se agitan, 
Silencios prolongados que de nuevo 
Estallan en confusas vocerías, 

O dan paso á una voz triste y aislada, 

Voz que parece amiga, 
Y dice algo al oído en una lengua 
Inteligible, pero nunca oída. 



LIBRO TERCERO 173 



Vil 



Por fin, cual si las vagas sensaciones 

Que el indio aún percibía 
Sufrieran en la nada tenebrosa 
Una inmersión violenta y repentina, 

Tabaré se desploma. Un ruido extraño 

Produce su caída. 
¿Se queja el suelo? ¿Quién impone al bosque 
Esa actitud de asombro ó de atonía? 

Las notas que pasaban, 

Los rumores que huían, 
Las ramas que, inclinadas por el viento, 
A levantarse nuevamente iban. 

Suspensos han quedado. Es que el charrúa 

Está en la selva antigua 
Del indio Caracé; es que ha caído 
Sobre el sepulcro de su madre extinta.. 



x-r4 TABARÉ 

La cruz abre los brazos á su lado, 

{La cruz de la cautiva! 
Parece que, inclinando la cabeza, 
La cruz al indio en su regazo abriga. 

Qué habló con el salvaje, aquella noche, 
El alma errante que en la cruz palpita 
Es el secreto de la sombra eterna... 
Empieza á amanecer; casi es de día. 



CANTO SEGUNDO 



¿Quién grita por allá, que tiembla el bosque 

Y hasta los aires tiemblan? 
Un vf^o resplandor, allá á lo lejos, 
Sobre el obscuro cielo se proyecta; 

Destaca el bosquecillo, Cuyas formas 

Vacilantes revela, 
Y alumbra aquel ombú que solo y negro 
Está de pie durmiendo allá en la cuesta. 



176 TABAR£ 

Parece que se mueven un instante 

Las lomas soñolientas 
Que en la turbada obscuridad estaban, 
Y que asoman por entre las tinieblas. 



De nuevo el alando temeroso 

En los aires revienta. 
¿El hambre acaso tiene congregadas 
En esos matorrales á las fieras? 

Nó: las fieras, miradlas: en rebaños, 

Tendidas las orejas, 
Saltan de acá y de allá ; sobre las lomas 
Se detienen volviendo las cabezas; 

Emprenden nuevamente amedrentadas 
Su rápida carrera; 

Y alargando los cuerpos se deslizan 
Con sigiloso paso entre las breñas; 

Enarcando los lomos amarillos 
Acurrucadas quedan, 

Y en la profunda obscuridad del soto 
Sus dos ojos de fuego centellean. 



LIBRO TERCERO 177 

El avestruz corriendo en la llanura 

Va con las alas sueltas; 
Se siente el* aleteo de los pájaros 
Que abandonan sus nidos y se alejan; 

Y se oyen las carreras del venado 

Que salta en la maleza, 

Y el rumor de manadas de carpinchos 
Que corren á buscar sus madrigueras. 



II 



¿Quién va? ¿Qué sombras son las que corriendo 

Van entre las tinieblas 
É indican, con los brazos extendidos. 
El resplandor de la lejana hoguera? 

Son los indios charrúas. Han brillado 

Y^Q^ fuegos de la guen'a 
En las lomas del Hum; fuegos de muerte 
Lucen del Uruguay en las riberas. 



i8o TAUARÉ 



III 



Las nubes de humo denso iluminado 

Que en el aire se elevan 
Sobre la masa negra de los árboles, 
Marcan el sitio en que las tribus velan ; 

Desde lejos se ven de los charrúas 

Las obscuras siluetas 
Que, cruzando y saltando entre los troncos. 
Sobre el rojizo fondo se proyectan. 



IV 



I Extraño funeral I Los indios ebrios 

Avivan diez hogueras 
Encendidas en torno de un cadáver 
Tendido sobre un lecho de maleza. 



LIBRO TERCERO x8x 



Es un viejo cacique. El sueño frío 

Se ha entrado por sus venas; 
Nadie pudo arrancarlo con la boca 
De la piel del anciano; quedó en ella, 

Dejándole el color amarillento 

Que entristece á las ceibas 
Cuando el viento se enfría, y de las ramas 
Las hojas bajan á morir en tierra. 

Los médicos el vientre del cacique 

Han chupado con fuerza 
Por arrancarle el dardo y el gusano 
Que le causaban mal. Inútil brega. 

Vedlo tendido, inmóvil, taciturno, 

Tan largo como era; 
Los indios gritan, en su torno corren, 
Y las abiertas bocas se golpean. 

El arco de urunday tiene el cadáver 

Entre las manos yertas; 
Han colocado en orden á su lado 
Su lanza y sus macanas y sus flechas. 



i8a TABARÉ 

Y pieles de venados y vasijas 

En que el zumo fermenta 
De guaviyüs silvestres y algarrobas, 

Y de la miel que forman las abejas. 



V 



Las tribus cuidan de que tenga e! muerto 
Las pupilas abiertas; ^ 

Bien atadas han puesto en su cintura 
Las silbadoras bolas de pelea; 

Y, porque espante entre los negros toldos, 

A Añang y á Macachera^ 
Con jugos de urucü pintan su cuerpo 

Y le embijan el rostro que amedrenta. 

Tiene azules los pómulos salientes; 

Amarillas y negras 
Son las rayas que cruzan sus mejillas, 

Y su pecho y sus brazos y sus piernas. 



LIBRO TERCERO 183 

El deformado rostro del cadáver 

Forma una horrible mueca 
Que infundirá terror, cuando el cacique 
De los genios del aire se defienda. 



VI 



¡Ahú! ¡ahü! ¡ahü! Por todos lados 

Los indios atraviesan; 
Aullan, corren, saltan jadeantes, 
Dando al aire las rígidas melenas. 

Hacen silbar las bolas, agitadas^ 
En torno á sus cabezas. 
Chocan las lanzas, los cerrados puños 
Con feroz ademán al'aire elevan, 

Y forman un acorde indescriptible 

Que en los aires revienta: 
Ebullición de gritos y clamores, 
Golpes, imprecaciones y carreras. 



13 



t84 TABARÉ 

Ya hiriéndolos de lleno, ya á lo lejos 

Bañándolos á medias, 
Según que á las hogueras se aproximan, 
Ó de ellas con el vértigo se alejan, 

La lumbre hace brotar, como arrancados 

Del medio en que voltean, 
Cuerpos desnudos, rostros que aparecen 
Y se hunden nuevamente en las tinieblas. 



VII 



¿No son mujeres esas, las que ahora 

Alumbran las hogueras, 
Esas que danzan en redor del muerto 
Y sus pequeños en los brazos llevan? 

Sí: son madres de indios. Sus cabellos, 

En obscuras guedejas, 
Flotan sobre las mórbidas espaldas 
Ceñidos en la frente; mas no velan 



LIBRO TERCERO 185 

Los cuerpos palpitantes y desnudos 

En que los fuegos tiemblan 
Dando relieve á los redondos senos 
Que sudorosos de cansancio ondean. 

Tienen sus movimientos convulsivos 
Cierta ruda cadencia, 

Y sus formas desnudas, á las formas 
De la hembra del venado se asemejan. 

Sus ojos negros brillan empapados 

En la luz y chispean; 
Se cimbran sus elásticas cinturas 
En plumas grises de avestruz envueltas. 

Los collares de piedras de colores 
En sus gargantas suenan, 

Y los cintillos de brillantes plumas 
Adornan sus tobillos y muñecas. 

El que ajustado llevan en la frente, 

Al erguirse sobre ésta, 
Da á la figura la esbeltez del pájaro 
Que su penacho en el sauzal ostenta. 



y86 TABARÉ 

Las indias van cantando; sus cantares 

Son una extraña mezcla 
De alaridos y gritos quejumbrosos 
Que en un ritmo monótono se estrechan. 

Las ruidosas bandadas de gaviotas 

Que sobre el agua vuelan 
Gritan como esas indias, y en el aire 
Como ellas se revuelven y atropellan. 

La turba de los indios las empuja, 

Y las mujeres ruedan 
Heridas, dando gritos que al vagido 
Se unen de sus hijos. No se arredran: 

De nuevo se levantan, y prosiguen 

En su danza frenética, 
Y en los cantares bárbaros que entonan 
En torno del cadáver dando vueltas. 



LIBRO TERCERO 187 



VIII 



En redor de aquel fuego y en cuclillas 

Ved á esas indias viejas; 
Casi con las rodillas sobre el pecho 
Revuelven sus vasijas y bostezan. 

Sobre sus rostros penden los cabellos, 

Que el tiempo no blanquea, 
Como retoños lacios y marchitos 
Que aun de sus troncos vacilantes cuelgan, 

No se adornan los cuerpos angulosos; 

Sus mandíbulas secas 
Mastican algo que al brevaje arrojan 
Que en las silvestres cascaras fermenta; 

Gritan de vez en cuando, y se levantan, 

Y de nuevo se sientan. 
Hay en sus voces algo de chirrido 
Que acaso al grito del chajá se acerca. 



iBB TABARÉ 



IX 



^•Y esos indios de bruces en la sombra? 

¿Por qué dan esas quejas? 
¿No es sangre lo que brota de sus manos 

Que destrozadas muestran? 

Se han cortado los dedos. Son parientes 

Del cacique que velan; 
Se han cortado los dedos con el filo 

De sus hachas de piedra. 

Así, de que lloraron al anciano 

Dan elocuente prueba. 
^Quién pondrá en duda su dolor que á voces 

En coro manifiestan? 



LIBRO TERCERO 



Nadie que á media noche aquellos gritos 

Y clamores oyera, 
Evitaría que el terror helase 
Con un frío de muerte hasta sus venas. 

Los llantos de ^os niños y mujeres 

En el aire se mezclan 
Con los gritos, palabras y alaridos 
De los. indios que airados vociferan, 

Y con el choque de armas, y el silbido 

De las bolas de piedra, 

Y los golpes de cuerpos desplomados 
Que heridos en el suelo se revuelcan. 



19^ TABARÉ 



XI 



^Qué quieren esas gentes? ¿Por qué corren? 

¿Qué ven en las tinieblas? 
¿A quiénes amenazan en el aire 

Y dirigen sus bárbaras arengas? 

jQuién no lo sabel Espantan á las sombras 

Que, en bandadas, se acercan 
Al indio muerto, por cerrar sus ojos 

Y apagarle ios fuegos. Ved: son esas, 

Esas que, con sus alas de carancho. 

Entre las ramas vuelan; 
Curupirá las sopla y las revuelve, 
El negro Añanguazü viene con ellas. 

Son los hijos del aire y de la noche 
Que andan en las tormentas 
Encendiendo sus fuegos en las nubes. 
Los grandes ruidos derramando en éstas; 



LIBRO TERCERO i^i 

Son los perros que roen á las lunas, 

Y apagan las estrellas, 

Y lanzan los ladridos prolongados 
Que suelen escucharse en las cavernas; 

Los que afilan los dientes dé las víboras 
Dormidas en sus cuevas, 

Y en la yerba que pisan los charrúas 
Las arañitas de la muerte siembran. 

Son las sombras malditas que al cadáver ^ 

Del cacique se acercan, 
Para cerrar sus párpados, quedando 
Bajo de ellos ocultas; aUí esperan 

Que se apague del indio la mirada 

Y hacia adentro se vuelva. 
Entonces lo persiguen y lo acosan 
En la noche sin lunas que comienza 

Y allí, escondidos en sus toldos negros, 

Le disparan sus flechas, 
Fingen rostros horribles en lo obscuro 

Y soplan como el viento en sus orejas. 



1 



19a TABARÉ 



XII 



El viento se ha calmado; algunas voces, 
En medio á la incoherencia 

De la grita salvaje, con esfuerzo 
Acaso se comprendan. 

Oíd á esos que cruzan: sus palabras 

Claras allí resuenan; 
También á aquellos que, con duros gestos» 
Amenazando el aire vociferan: 

¡Ahú! ¡Dejad al muerto! 
¡Dejad al tubicháX 
¿Por qué sopláis la lumbre de sus fuegos? 
¡Dejad al muerto, AñangX 

— ¡No le cerréis los ojos! 
— ¡Ahúl ¡ahú! ¡ahú! 
— ¿Sentís ladrar las sombras? Han salido 
Del tronco del ombú. 



LIBRO TERCERO 19» 

— ¡Corred, seguid aquella 
Que se revuelve allál 
Sacude lá maleza con las alas, 
Y agita el ñapindá. 

¿A quién lleva el fantasma 
De rápido correr? 
Va fugitivo, y en sus hombros lleva 
Al cacique que fué. 

— ¡Cómo gritan los árboles! 
|Ahü! ¡ahúl ¡ahú! 
— El aire zumba; son los moscardones 
Que corre Añanguazü. 

— ¡Persiguiendo la luna 
Los perros negros van! 
— ¡Los perros negros que á beber comienzan 
Su tibia claridad! 

(Cómo mira esa sombra 
Con sus ojos de luz! 
— ¡Y cómo se retuercen y se alargan 
Sus alas de ñandü\ 



198 TABARÉ «. 

Nadie como él se descompone el rostro 

» 

Con espantosa mueca, 
Ni lanza el alarido que, en la lucha, 
Brota del hueco de su boca abierta; 

Nadie como él en el hinchado labio 

La señal atraviesa 
Que distingue á los indios de las tribus, 
Que más espanto infunden en la guerra. 

¿Quién sino él, entonces á la gente 

Llevará á la pelea? 
¿Quién sino él, que de enemigos muertos 
Cien cabelleras en su toldo ostenta, 

Y adorna su garganta con collares 

De los dientes y muelas 
De arachanes vencidos, cuyas pieles 
Forman de su arco la flexible cuerda? 

Jamás el gamo, huyendo en la llanura. 

Pudo esquivar su flecha. 
Ni el avestruz el golpe de su bola 
Que silba como víbora sedienta. 



LIBRO TERCERO 199 

¡Ahúl clama con grito prolongado. 

Aquí en el urunday 
El indio Yamandü clavó su lanza... 

¡Nadie la arrancará! 

Yo he peleado con ella entre las tribus 

Que ven salir el sol; 
No la he roto jamás en la rodilla, 

Ni en mi brazo tembló. 

La he clavado en el bosque donde encienden 
Los caciques chañas^ 

Y los minuanos, tapes y bohanes 

Los fuegos de su hogar. 

Yo arranqué la sangrienta cabellera 

Del fiero Tubichá 
Cuya piragua atravesó las ondas 

Del rio como mar. 

¡Ved mi pellejo! Tiene más heridas 
Que plumas el ñandüy 

Y que lunas han visto los ancianos 

Salir del guaycurü, 

14 



200 TABARÉ 

Yo derramo la sangre de mi cuerpo, 
De la que, en el chircal, 

Brotan los yacarés que entre los juncos 
Duermen del Uruguay. 

Los rayos de los blancos no penetran 

En mi curtida piel 
Más dura que la piel de la tortuga 

Y áA jaguareté. 

Mirad mis ojos: brillan en la sombra... 

Son de ñacurutú,,, 
¿Cuál de los indios tiene la mirada 

De mis ojos de luz? 



XVII 



Un murmullo de asombro se difunde 

Entre la turba aquella; 
La tribu, fascinada y aturdida. 
Nuevo cacique en el salvaje encuentra. 



LIBRO TERCERO aoi 

Ya en algunas gargantas comprimido 

Está el grito de guerra, 
La aclamación al indio cuyos ojos 
Al moverse én la sombra centellean. 

Entreabiertos é inmóviles los labios 

Los otros lo contemplan; 
Sobre aquel grupo de desnudos cuerpos 
Las rojas llamaradas se reflejan. 

Ellos solo se mueven y el cacique 

Cuya ruda elocuencia 
Es algo como un vértigo que estalla; 
Una danza fantástica y siniestra. 

Sólo él se agita, salta, se retuerce 

Con espantosa fuerza. 
Inmóvil lo demás; todas las almas 
En los ojos absortos se condensan. 

¡Nadie, prosigue el indio, estremeciendo 

La turba con su voz. 
Nadie la lanza que clavó mi brazo 

De su tronco arrancó! 



3oa T A 13 ARÉ 

Llega á mi toldo, sin morder mis piernas» 

El malo afiangtiazü; 
Yo penetro de noche al más obscuro 

Bosquecillo del Htttn; 

Las sombras de los viejos de mi tribu, 

Que viven con Tupá^ 
Van en sus nubes á enseñarme el grito 

Que lanzan los chajás; 

Los perros que devoran á las lunas 

No ladran como yo; 
El viento negro de la noche calla 

Cuando escucha mi voz. 

¿Quién arranca mi lanza? ¿Quién su fuerza 

Mide con Yamandú, 
El indio de los brazos como el tronco 

Del viejo guabiyü? 



¿No oís el río? Suena en sus barrancas. 

¡Oid al Uruguay! 
Es río de los indios... ¡Y los blancos 

En su ribera están! 



LIBRO TERCERO 203 

Los blancos que vinieron de allá lejos, 

De donde sale el sol; 
Los que matan los indios con los rayos 

Que el astro les prestó, 

Y les cortan las negras cabelleras, 

Y les quitan la piel; 

Y les roban la tierra en que nacieron 

Y en que posan los pies. 

Sólo esclavos del blanco allá en su toldo 
El indio engendrará, 

Y en sus bosques el fuego de la guerra 

No encenderá jamás; 

Dando un quejido morirá el charrúa 
Que nunca se quejó, 

Y sus mujeres correrán lanzando 

Sus gritos de dolor. 

^Queréis matar al extranjero? Entonces 

Seguid á Yamandíí, 
Yo sé matarlo como al gato bravo 

De los bosques del Hum. 



ao4 TABARÉ 

Los cráneos de los pálidos guerreros 

Al indio servirán 
Para beber la chicha de algarrobas 

Y el jugo del palmar. 

Sus rayos no me ofenden; en su sangre 
Se hundirán nuestros pies; 

Sus cabelleras en las lanzas nuestras 
El viento ha de mover; 

Vírgenes blancas, que en los ojos tienen 

Hermosa claridad; 
Encenderán en nuestros libres valles 

Nuestro salvaje hogar. 

En esos días de las horas largas 

En que canta el sabiá^ 
Y al pie de la barranca está el bañado 

Dormido en el juncal; 

En esas noches en que á ratos se oye 

El canto del urü^ 
Las vírgenes esclavas del charrúa 

Brillarán con su luz. 



LIBRO TERCERO 205 

Sus cuerpos son más blandos que el venado 

Que acaba de nacer, 
Y tiemblan como tiembla entre la yerba 

La verde caicobé. 

Sus cabellos parecen los renuevos 

Más tiernos del sauzal; 
Sus bocas se abren como el dulce fruto 

Que da el mburucuyá.,, 

¡Vamos! ¡Seguidme! ¡El extranjero duerme, 

Duerme en el Uruguay! 
¡El sueño que en sus ojos se ha sentado 

No se levantará! 

¿Veis? La luna de fuego de las lomas 

No se distingue aún; 
Aún se siente á lo lejos en las ramas 

El canto del urú! 



9o6 TABARC 



XVIII 



Un alarido inmenso^ pavoroso 

En los aires revienta; 
Nadie á fauces humanas esos gritos, 
A escucharlos de noche, atribuyera. 

Un águila tranquila, que pasaba 

Sobre la selva aquella 
El vuelo aceleró, cambió de rumbo, 

Y se perdió en la soledad inmensa; 

Y el tigre, bajo el párpado apagando 
De su enorme pupila la lumbrera, 

Y barriendo la tierra con la cola 

Y tendiendo hacia atrás la agudcToreja, 

A largo paso y con temor cambiando 

De sitio en la maleza, 
Se revolvió tres veces, para hundirse 
y quedar más oculto entre las breñas. 



LIBRO TERCERO 207 



XIX 



¡Yamandú tubichá! ¡Yamandú enciende 

Los fuegos de la guerra! 
|A1 río! ¡Al río! ¡El extranjero blanco 
Tendido duerme en su cerrada tienda! 

¡Ahú! ¡ahúl ¡ahú! Vamos, cacique, 

Lanza al aire tu flecha, 
Para que al astro de los indios llegue, 

Y con presagios de victoria vuelva! 

Y la flecha del indio por el aire 

Tiende las alas muertas... 
¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! Volvió del astro. 
Volvió del astro y se clavó en la tierra. 

« 

4 Recta como las palmas de las islas! 

¡El astro habló con ella! 
jAl río! ¡Al río! ¡Al Uruguay! ¡Al río! ■ 
¡Cacique Yamandú! ¡Fuegos de guerra! 



2o8 TABARÉ 



XX 



En pos de Yamandú corre la tribu. 

Su negra silueta 
Se ve á lo lejos tramontar las lomas 
Como obscuro rebafto de culebras. 

Sus gritos y los choques de sus armas 

Se perciben apenas; 
Las mujeres, los niños, los heridos 
En todas direcciones se dispersan. 

Se escuchan sus quejidos algún tiempo. 

Que en el bosque se internan; 
El silencio que huyó, de, nuevo vuelve 
Á echarse fatigado entre la yerba. 



LIBRO TERCERO 2og 



XXI 



Todo está en calma: el viento está callado; 

Han vuelto las estrellas 
Á brillar al través de sus vapores, 

Y siguen en silencio su carrera. 

El cadáver del indio, abandonado 

Flota entre las tinieblas; 
Las hogueras, á punto de extinguirse, 
Lo alumbran con penosa intermitencia, 

Bañándolo en las tenues llamaradas 

Que oscilantes y trémulas. 
Sacan de entre las cálidas cenizas 
Las puntiagudas y azuladas lenguas. 

Las sombras que aleteaban, poco á poco 
Han bajado á la tierra, 

Y en torno de los fuegos espirantes. 
Se arrastran, agarrándose á las breñas. 



CANTO TERCERO 

I 

Duerme San Salvador entre rumores. 

Corre á sus pies el río 
Remedando el arrullo de una tórtola 
Con su blando y monótono ruido. 

El centinela en el bastión se duerme 

Y, al verlo allí tranquilo, 
Juegan con su arcabuz y con su adarga 
Los invisibles genios de los indios 



LIBRO TERCERO an 

Con SUS ojos pequeños, y sus cuerpos 

Desnudos y cobrizos, 
Con sus pechos y pómulos salientes, 
Sus labios gruesos y cabellos rígidos: 

Engendros microscópicos que miran 

Al soldado dormido, 
Trepan por él, lo palpan, cuchichean, 

Y en grupos lo recorren con sigilo, 

Y danzan en su torno de las manos. 
Golpeando el suelo con alegre ritmo, 
Ó, al compás de los ruidos de la noche, 
Se mecen, en los aires suspenc^dos. 

Lanzando esas fugaces carcajadas 

Y esos pequeños gritos 
Que se oyen en las noches silenciosas 
Sin verse quién respira en el vacío. 

¿Cómo puede dormir, soñar acaso 

Ese hombre? ¿No habrá visto 
Esas manchas de sangre que aparecen 
Del astro solitario sobre el disco? 



ai3 TABARÉ 

Las horas, impregnadas de indolencia, 

Al soldado han vencido; 
Juegan con su arcabuz y con su yelmo 
Los invisibles genios de los indios. 



II 



^Sentís moverse ese cardal cercano, 

Y ese roce de cuerpps escondidos 

Que sé arrastran, cual suele entre los juncos 

Arrastrarse callado el cocodrilo? 

¿No veis entre las ramas asomarse 

Las temerosas caras de los indios 

Embijadas de rojo, y dibujadas 

Con trazos verdes, negros y amarillos? j 

Las plumas de sus frentes se confunden 
Con las hojas del cardo; el remolino 
Del viento suave, al agitar las ramas. 
Descubre acá y allá rostros cobrizos. 



LIBRO TERCERO 213 

Brazos que se abren paso cautelosos, 
Entre el tupido bosque de espinillos, 
Cuerpos á medio incorporarse. Vedlos. 
Salen al llano en dirección al río. 

Aquél es Ybipué, ¿Quién no conoce 
Al tubichá, tan fieieo como listo, 
Que al avestruz alcanza y al venado, 

Y apresa entre las aguas al carpincho? 

Cayü es aquel que corre entre las chircas. 
Se le conoce en el profundo signo 
Que le grabó con su hacha en la cabeza 
Hace algún tiempo el arachán Siripo. 

¿También tú, Guaycurü? De los cristianos 
Tú te dijiste servidor sumiso, 

Y ese casco que Jlevas y esa adarga 
De Garay los ganaste en el servicio. 

Tú fuiste el mensajero de tu tribu; 
Rompiste en la rodilla tu macizo 
Arco de ñandubay y, en tu piragua, 
Ó á nado, en son de paz, cruzaste el río. 



214 TABARÉ 

¿No es esa una mujer? Es Tcxbolia, 
Sabe arrancar la piel al enemigo 

Y ya más -de una de ellas ha colgado 
En el movible toldo de sus hijos. 

Ella no exprime el fruto del quebracho, 
Ni recoge en la selva para su indio 
La miel del guabiyü, ni lleva el toldo, 
Ni entona el yaraví de triste ritmo. 

Tiene en su labio el signo del guerrero; 
Suena en la lucha su salvaje grito, 

Y en el desnudo seno apoya el arco 

En que viene la muerte á hacer su nido. 

Yamandü va adelante. El negro brazo 

Hacia atrás extendido, 
Silencio impone á la jadeante turba 
Con ademán nervioso y expresivo, 

Mientras él se incorpora; la cabeza 
Saca de entre las matas y, al tranquilo 
Resplandor de la luna, ya cercano 
Observa el silencioso caserío. 



LIBRO TERCERO 215 



III 



Blanca duerme. La lámpara en la alcoba 

De la inocente niña 
Su dormida cabeza en la almohada 
Con trémulas aureolas ilumina. 

Entreabiertos sus párpados, 
Dejan adivinar en sus pupilas, 
Como en el lago el brillo de una estrella, 
La lumbre palpitante de la vida. 

Los invisibles labios de un ensueño 
Parecen apoyarse en su mejilla, 

Y comprimir su boca 
Con los pliegues del llanto ó la sonrisa. 

Una oración acaso, 
Á medio terminar, interrumpida 
Por el sueño ha quedado abandonada 
Entre los labios de la hermosa niña, 

'15 



3i6 TABARÉ 

Que unos ratos parece recogerla, 
Moverla entre ellos pura é instintiva, 

Y ofrecerla á los ángeles que nadan 
En el callado ambiente que respira. 

¿Duerme? ¡Ó en el vahido indescriptible 
Intermedio entre el sueño y la vigilia 
La realidad y la ilusión se estrechan 

Y en su espíritu flotan confundidas? 

jConserva esa conciencia vacilante, 
Esa confusa actividad que infiltra 
La voluntad del hombre en los ensueños 
Que en lo obscuro procuran sumergirla? 



IV 



Acaso no dormía. Se incorpora; 
En el espacio la mirada fija; 
Separa los cabellos de su frente, 
Y escucha inmóvil, temblorosa, lívida. 



LIBRO TERCERO 217 

Vedla en el borde del revuelto lecho. 

¿Qué ve? ¿Sueña? ¿Delira? 
^Quién derrama en el alma de la virgen 
Ese terror que asoma á sus pupilas? 

¡Ahí Blanca no ha soñado. 

La ronca gritería 
Que llegó hasta su oído se repite, 
Crece, arrecia, se acerca; no es mentira. 

Es el malón salvaje 

Derramado en la villa; 
El bramido terrible de la fiera 
Que ataca y se revuelve en su agonía. 

¡Indios! ¡Los indios vienen! 

En medio de la grita 
Se oye clamar jLos indios! ¡El charrúa! 
¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahü!... Suena la esquila 

Sobre el pajizo techo 

De la humilde capilla, 
Con ayes repetidos de rebato; 
Estalla un arcabuz, el plomo silba. 



3x8 TABARÉ 

¡Ah del valiente hidalgol 

|Los indios en la villal 
¿Dó está la espada, brazo de la muerte, 
Que en las batallas Don Gonzalo vibra? 

El salvaje alarido 
Con que las tribus su valor excitan, 
Suena, cual sí los átomos del aire 
Para aullar y gemir cobraran vida, 

Y vuelan las saetas 

Que sus colmillos en el aire afilafl, 

Y en ellas, discurriendo por la sombra. 

Silba la muerte como errante víbora. 

Como el penacho ardiente 
Del yelmo de un demonio, va encendida 
Su roja cabellera desgarrando 
En los aires la bola arrojadiza; 

Y sé quiebran las ramas. 
Los árboles oscilan. 

Despierta el arcabuz, pero sin rumbo 
El plomo vuela, el fogonazo brilla. 



LIBRO TERCERO 219 

Y el salvaje alarido 
Levanta á los jaguares que dormían 

Y se alejan corriendo, y á los pájaros 
Que huyen despavoridos á las islas. 

Y el malón se dilata 
Como reptil inmenso, que se agita 

En mortal convulsión, y envuelve al pueblo, 

Y lo estruja, y lo ahoga en sus anillas. 

jAy del pueblo dormido! 

¡Ay de la hermosa niña! 
^Quién duerme dulce sueño, quién descansa 
Al lado de la fiera que agoniza? 



Mal ajustado el yelmo, 

La cota mal ceñida^ 
Con la espada desnuda, Don Gonzalo 
Ha estrechado á su esposa; á sus rodillas 



ato TABARÉ 

Se ha abrazado gimiendo 
Su hermana Blanca. El capitán vacila. 
Ruje el malón afuera... ¡Cierra España! 
Se oye clamar en medio de la grita. 

¡Gonzalo, no nos dejes! 
Gonzalo, si te vas, ¿quién nos auxilia? 
¡Santiago! ¡Cierra España!... Ruje el indio: 
¡Ahúl ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ah, por Castilla! 

De los queridos brazos 
Se arranca el capitán, corre á la lidia; 
Ha huido Doña Luz, y junto al lecho, 
Blanca ha caído como flor marchita. 



VI 



Las macanas que agitan los charrúas 
Ya están en sangre tintas, 

Y los desnudos cuerpos brotan sangre 
Y fuego las pupilas. 



LIBRO TERCERO aai 

Rueda el incendio en los pajizos techos, 

Como de aladas víboras 
Una bandada extensa que, entre el humo 

Y el rojizo fulgor, se arremolina. 

Con retumbante son, en las rodelas 

Chocan las mazas indias. 
Mudo está el arcabuz, porque el charrúa 
El cuerpo ciñe á la armadura misma 

Del español, y clava 

4 

En él sus dientes que la rabia irrita; 

Y ruedan ambos en estrecho nudo 
Estremeciendo el suelo en su caída. 

Crecen los alaridos; 
La brega recrudece, y la rojiza 
Claridad del incendio, los pintados 
Rostros de los salvajes ilumina; 

Se refleja en las aguas 
En fantástica danza, y en la villa 
Las desnudas siluetas de los indios 
Por todas partes cruzan fugitivas. 



aas TABARÉ 

Como sombras extrañas é impalpables 
Que los aires vomitan, 
Y, á la voz de un conjuro, 

Cuajan en las tinieblas sacudidas. 

¡Ay de la dulce hermana 
De la estrella que alumbra las colinas 
Cuando la tarde entona sus rumores 
Al quedarse dormida entre las islas! 



VII 



¿No es Yamafidü el cacique 
El que huye allá en la sombra? 
Corre volviendo el rostro abigarrado, 
Huye trepando las cercanas lomas. 

Es él; bien se distinguen 
Sus gigantescas formas; 
Bien se conoce el matorral de plumas 
Que su cabeza en el combate adorna. 



LIBRO TERCERO aa3 

Es él. ¿Por qué va huyendo? 
¿Por qué á sus compañeros abandona? 
¿Teme la muerte el guaraní cobarde 
Después que él mismo concitó las hordas? 

« 

Nó: el indio ha conquistado 

Ló que su ardor provoca; 
Él fué una vez á la española villa, 
Y vio una virgen. Lo siguió su sombra 

Al bosque de los talas, 

Á su movible choza; 
Hirvió su sangre; la pasión salvaje 
Brutal y ciega devoró sus horas. 

Miradlo: entre sus brazos 

Conduce á la española: 
{Es Blancal ¡Blanca, la inocente hermana 
De la tranquila estrella de las lomas! 

Blanca, cuyos lamentos 

En el aire sofoca 
El último clamor de la batalla 
Que desgarrando los espacios flota; 



234 TABARÉ 

Blanca que se retuerce, 

Y forceja, y se ahoga 
En ese nudo de viviente hierro 
Que hace crujir sus delicadas formas. 

Lleva tan solo de su lecho aun tibio 

Las desceñidas ropas; 
Entre los brazos negros del charrúa 
Se ven alas de un nido de palomas; 

Y entre el pecho nervudo 

Y la mano callosa, 

La cabeza de Blanca va oprimida 
Inmóvil y encajada entre dos rocas. 



VIII 



Allá en el horizonte 
Una raya de luz traza la aurora; 
Luz vaga y cenicienta que franjea 
Los ropajes talares de las sombras. 



LIBRO TERCERO 225 

Los Últimos charrúas 
El incendiado pueblo ya abandonan, 
Y en grupos se dirigen á la selva 
Dando alaridos que el espacio asordan; 

Y, sobre el nimbo tenue 
Que circunda la frente de las lomas, 
A ratos se proyecta, siempre huyendo. 
La silueta del indio y la española. 



IX 



Cuando se lo dijeron, 
La planta vaciló de Don Gonzalo; 
Perdió el mundo las formas á sus ojos 
Y, para no caer, se asió de un árbol. 

Zumbaron sus oídos 
Con gritos y lamentos prolongados, 
Y ese llanto sin lágrimas, que riega 
La raíz del dolor, secó sus párpados. 



?a6 TABARÉ 

El nombre de su hermana, 
Como un ruego, brotó de entre sus labios; 
Sintió la sombra de su madre extinta 
Alzarse suplicante allí á su lado; 

Y, tal cual aparecen 
Las nubes sobre el fondo de un relámpago, 
De Tabaré el recuerdo presentóse 
En el fondo del alma de Gonzalo. 

Tabaré á quien el jefe 
Buscó siempre en la lucha sin hallarlo; 
¿Quién si nó él, pensaba, de los indios 
La turba vil como caudillo trajo? 

¿Qué otra cosa en su mente 
Acariciaba aquel salvaje huraño. 
Cuando en las altas horas por el pueblo 
Solía discurrir con sobresalto? 



LIBRO TERCERO 327 



X 



Duró sólo un instante 
Del abatido joven el letargo; 
Un instante mortal en que perdiera 
La conciencia del tiempo y del espacio. 

Cuando alzó la mirada, 
Vio que sus hombres de armas, á su lado, 
Por su intenso dolor sobrecogidos 
En silencio lo estaban contemplando. 

Los vio como quien vuelve. 
De larga ausencia, y los hallaba extraños; 
Meditó, recordó... y un grito sordo 
Lanzó al hallar de su dolor el rastro. 

¡Ah, ya os entiendo, amigos! 
El bosque entero arrancaréis de cuajo. 
Lo arrancaréis, ¿verdad? ¡Oh, en vuestras veoas 
Sangre española no discurre en vanol 



838 TABARÉ 

jMis valientes, mis fieles! 
¿La oís? Os llama sollozando... ¡vamosí 
^Cuándo una dama ha recurrido en balde 
Al hidalgo valor de un castellano? 

|Es mi Blanca! ¡mi hermana! 
¿La recordáis? ¿Lo veis? No está á mi lado. 
Y no está muerta... ¡ni siquiera muerta! 
¿Sentís su voz? ¿No la sentís, mis bravos? 

Yo á mi maldita suerte 
Su inocencia y su vida he vinculado; 
Yo la arrojé á las fauces de las fieras 
Del salvaje desierto americano. 

¡Y era el último ruego 
De mi madre espirante su cuidado! 
Para ella fué, para mi tierna hermana 
La última gota del sagrado llanto. 

Yo juro al que la salve 
Ceder mi vida, mi blasón hidalgp. 
¡Damián! ¡Ramiro! ¡Vamos, Padre Esteban! 
Es tiempo aún, y nos está esperando. 



LIBKO TERCERO 

Corramos á salvarla... 
¿Españoles no sois? jNo sois soldados? 
]Yo juro á Dios que valsearé el tnñemo. 
Si el infierno se pone ante mi paso! 



Canto cuarto 
I 

Saltando breñas y horadando uiurós 

De impenetrables ramas. 
De enredaderas que, de tronco á tronco. 
Corren y se retuercen y entrelazan: 

Mburucuyás que, entre follaje ajeno, 

Abren sus pasionarias, 
Y columpian sus frutos numerosos 
De piel dorada y corazón de grana; 



LIBRO TERCERO 331 

Rompiendo del cipo las duras hebras, 

Y esquivando las blancas 
Ramas del ñapindá que con sus dientes 
Muerde los troncos y los pies desgarra; 

Cruzando entre laureles y quebrachos, 

Ñangapirés y talas 
Cuyo follaje espeso y verdinegro 
Con el del sauce pálido contrasta; 

Sumergido entre chircas y juncales, 

Matorrales y zarzas, 
Se pierde á veces, y se ve de nuevo 
Reaparecer, huyendo á la distancia, 

Al indio Yamandú. Lleva en los hombros 

r 

A la exánime Blanca 
Cuyos brazos y negra cabellera 

m 

Cuelgan lacios del indio por la espalda. 

Ya rompiendo los muros de verdura 

El salvaje se agacha. 
Ya se abre senda con el duro brazo, 

Ó entre los troncos derribados salta. 

16 



•3» TABARÉ 

Tal el tigre que va á su madriguera, 

En la maleza arrastra, 
Llevada entre sus fauces sanguinosas, 
La res herida que cayó en sus garras. 



II 



Silencioso está el bosque, el bosque obscuro 

De ceibos y de talas. 
El bosque de las sombras, en que anidan 
Las noches más obscuras y más largas, 

Que convierten en moscas ó en reptiles 

A los indios que pasan, 
Y las alas de piel de los murciélagos 
Empapan en la sangre de la iguana. 

Es el bosque de Añang; las tribus huyen 

De sus siniestras ramas; 
Tan sólo los payés en él aprenden 
De Añan-guazii los cantos y palabras. 



LIBRO TERCERO »33 

Nacen en él los seres invisibles 

Que á los indios disparan 
Las ñechítas de piedra que penetran 

Y enfrían para siempre las entrañas; 

Los indios que en la tierra no se mueven 

Entre sus sombras andan 
Dando alaridos y encendiendo fuegos, 

Y golpeando los troncos con sus hachas; 

Y se les ve subirse á las tormentas 

Que por el aire arrastran, 
Y, entre una y otra ráfaga de viento, 
Se oyen sus voces tristes y apagadas. 

Por eso nunca se llegó la tribu 
Al bosque de los talas; 
Sobre él no tiene luz el astro grande^ 
Las lunas, al tocarlo, se desmayan. 

Es un bosque sin cantos y sin nidos; 

Sus ceibos y sus talas 
Ostentan la vejez, que es en el árbol 
La plena juventud, la más lozana. 



m 



334 TABARÉ 

En torno de los troncos, la maleza 
Crece tupida y alta, 

Y enredaderas duras y sin nombre 
En todas direcciones se enmarañan, 

Y cuelgan de la bóveda hasta el suelo, 

Y entre el musgo se arrastran 

Y envuelven en sus hojas verdinegras 
Los troncos secos que en el suelo abrazan; 

Los troncos derrumbados por el rayo 

Que no mató las plantas 
Que al árbol vivo estaban adheridas 

Y su negro cadáver acompañan. 



III 



Caídos los cabellos 
Como el ala del ave fatigada; 
Insensible, sin fuerzas ni conciencia. 
Sin miradas los ojos y sin lágrimas; 



LIBRO TERCERO 335 

Mal cubiertas las formas, 
Formas de líneas tímidas y vagas, 
Pues los años, artistas de la vida, 
Su obra tienen apenas modelada. 

Hundida entre la yerba, 
Como una garza herida, yace Blanca. 
Su cabeza se mueve sobre el pecho 
Cual colgada del cuello; frías, lacias. 

Sus manos han caído 
Sobre el blando regazo en que desmayan. 
Casi ríe su labio; es esa tregua 
Que el colmo del dolor presta á las almas. 



Los ceibos se han echado 
Sobre la espalda el manto de escarlata; 
En idioma extranjero están las hojas 
Conversando entre sí y en voz muy baja. 



■36 TABARÉ 



IV 



Un hondo grito de terror y angustia 

Blanca por ñn exhala^ . 
Un grito que la selva ha estremecido 

Y penetró temblando en sus entrañas. 

Al tornar á la vida, recobrando 

Una conciencia vaga; 
Al volver á sentir que en sus pupilas 
Las confusas miradas despertaban, 

Las derramó en su torno; vio á su lado. 

Entre la luz escasa, 
Los viejos troncos, la maleza, el bosque^ 

Y por ñn, en la sombra, á sus espaldas. 

Con las negras pupilas luminosas 

En lascivia empapadas. 
Vio el rostro abigarrado del salvaje 
Que de su presa el despertar aguarda. 



LIBRO TERCERO 337 

Una estúpida risa lo contrae 

Con una mueca bárbara; 
La cabellera rígida y obscura 
Sobre el pintado rostro se derrama; 

El cuerpo tiembla, y él jadeante aliento, 

Al rozar la garganta, 
Forma un sonido intermitente y áspero 
Que se acelera y al rugido alcanza. 

El salvaje se ríe; de aquel bosque 

Sólo él sabe la entrada; 
Él es payé; de añan-guazü no teme 
Los fuegos ni los pálidos fantasmas. 



V 



El grito de la virgen se ha extinguido. 

Su cabeza, ocultada 
En los brazos que oprimen las rodillas» 
Todas las líneas de su cuerpo, pálidas» 



938 TABARÉ 

Forman un nudo estrecho y tembloroso 

Que se ve entre la grama 
Al través del cabello que lo envuelve 
Como el ramaje al ave amedrentada; 

Nudo ajustado apenas, que la mano 

De un niño desatara; 
Que defender no puede en aquel bosque 

El tesoro que guarda. 

Siente la virgen tras de sí el romperse 
De sacudidas ramas, 

Y oprime más sus trémulas rodillas, 

Y así un gemido imperceptible lanza. 

¿Qué pasa allí? La niña sólo siente 

Dos rugidos que estallan. 
Dos cuerpos que á su lado se desploman, 

Y un grito sofocado á sus espaldas. 

Después, por un instante, sólo escucha 
Las hojas que se hablan en voz baja... 
Alguien también respira junto á ella... 
¿Quién es? Nadie la ofende, todo calla. 



♦. 



LIBRO TERCERO «39 

No se atreve á mirar eso ignorado 
Que siente allí, muy cerca, como zarpa 
Ya dispuesta á caer; sus pensamientos 
Comienzan á voltear en ronda vaga; 

Sin rumbo se atropellan sus ideas , 
El silencio la atruena ; en su mirada 
Las sombras se condensan; los rumores 
Se alejan en tropel y, á la distancia, 

Parecen remedar voces confusas , 

Indefinibles gritos ó palabras; 

Le falta tierra, y aire, y se desploma, 

Y el nudo de sus brazos se desata. 

Ha creído escuchar , al desplomarse. 
Algo como uri lamento á sus espaldas, 

Y haber visto una sombra conocida 
Llegarse hasta su lado sin tocarla. 



340 TABARÉ 



VI 



El indio Yamandú yace en el suelo. 

En los ojos y el alma 
Tiene la noche; su salvaje risa 
Está en sus labios para siempre helada. 

¿Quién es ese indio pálido y convulso 

Que entre la yerba se alza 
Después que entre sus dedos ha estrujado 
De Yamandú el cacique la garganta? 

¿Quién escuchó en el fondo de la selva 

Temida de los talas 
El grito de la virgen española 

Indefensa y esclava? 

¿Quién si nó él? De pie, junto á la niña 

Que inmóvil ve á sus plantas, 
Como si el soplo de un ensueño frío 
Por sus hinchadas venas circulara, 



LIBRO TERCERO 341 

El indio Tabaré mira el cadáver 
De Yamandú, y á Blanca 
Que, cual visión dormida en la maleza, 
Se presenta á sus ojos yerta y pálida. 

Es él, es Tabaré, que hasta aquel bosque 
Llevado fué por una fuerza extraña, 
Y al despertar de su sopor, en brazos 
De la cruz de la selva solitaria. 

Sintió muy cerca, entre el rumor confuso 

De ramas agitadas. 
El grito que la virgen española 
Al distinguir á Yamandú lanzaba. 

Saltó como mordido por el aire; 

Saltó, y en la garganta 
Del indio Yamandú clavó sus manos 
Que sacudió con fuerza extraordinaria. 

Hasta sentir la muerte entre sus dedos 

Crispados por la rabia. 
Dejó el cuerpo del indio extrangulado, 
Se alzó y miró... la virgen allí estaba. 



«49 TABARÉ 



VII 

É inmóvil, tembloroso, 
El indio mira á Blanca, 
Cual si la muerte, asida á sus cabellos. 
Su oído con sus gritos desgarrara; 

• 

Y sigue el ruido sordo de las hojas 

Que en voz baja se hablan 
En ese idioma dulce y extranjero 
En que hablan los crepúsculos al alma; 

Y sobre el lecho de hojas y de espinas, 
La niña desmayada se destaca, 
Iluminada por el rayo triste 

De la primera luz de la mañana. 



LIBRO TERCERO 84} 



VIII 



Tabaré cargó en hombros el cadáver, 
Miró de nuevo á Blanca, 

Y alejóse en silencio 
Cual si temiera acaso despertarla. 

Y seguía, seg«u'a presuroso. 

Con el muerto á la espalda, 
Volviendo la cabeza 

Entre mortales pavorosas ansias. 

Se detiene por fin; tira el cadáver, 
Lo esconde entre las zarzas, 

Y sigue huyendo, huyendo 
Del sitio en que la niña se encontraba. 



944 TABARÉ 



IX 



Como el lebrel tras el perdido rastro 

Ciego y sin rumbo vaga, 
Y, de pronto lo encuentra por el aire, 

Y vuelve atrás jadeando entre las matas. 

El indio Tabaré cambia de rumbo; 
Su camino desanda, 

Y corre, corre ansioso y convulsivo 
Entre las breñas que sus pies desgarran. 

Tal cruza el matorral la hembra del tigre, 

Y entre las ramas salta 
Dando cortos bramidos, cuando escucha 
Á su cachorro herido á la distancia. 



LIBRO TERCERO 345 



X 



Sólo el indio lo hubiera percibido. 

Ha sonado á su espalda 
Un vagido á los lejos, á lo lejos, 
En el bosque de ceibos y de talas. 

Se parece al quejido del venado 
Cuando á su madre llama 
Escondido en los verdes matorrales 
Al percibir el vuelo de las águilas. 

Es el débil gemido que la niña 

Al verse sola lanza. 
Tabaré llega, y jadeante y mudo 
Se detiene á su lado sin mirarla. 

Un pánico de muerte se apodera 
De su ser; siente á Blanca 
Moverse entre las breftas, como el cisne 
Que se revuelca herido en la hojarasca, 



946 TABARÉ 

Y alguien diría que algo pavoroso 

Al salvaje anonada. 
Un soplo helado por sus venas corre 

Y en sus pupilas la visión apaga. 

Parece que la mano de la muerte 
A su rostro se agarra, 

Y la ardorosa piel de su cabeza 

Con lento esfuerzo de su cráneo arranca. 

Tabaré tiembla: siente que á su lado • 

La española se arrastra; 
Percibe en las rodillas el contacto 

De sus manos heladas, 

El roce de su aliento, 

La humedad de sus lágrimas, 

Y oye, por fin, su voz, su voz no hay duda, 
Que allí como un ensueño se levanta. 

Parece que al acento de la niña, 

Todo ruido se apaga 
En el alma del indio; el mundo todo 
Sólo una voz para el salvaje exhala. 



LIBRO TERCERO 247 

Jamás la ñera dominó á su presa, 

Como la virgen pálida 
Al hijo del desierto que, temblando, 
Sobrecogido escucha sus palabras. 



XI 



— ¡Eres tú, Tabaré! ¿Por qué me hieres? 

¿Por qué así me maltratas? 
Yo nunca te hice mal; yo no quería 
Que tú de nuestro hogar te separaras. 

¿Qué me quieres, charrúa? ¿En mí vengarte 
Querrás de las ofensas de mi raza? 

No me hagas mal, perdóname, 
Yo no te odié jamás... ¿Por qué me odiabas? 

Perdóname, por Dios; por la memoria 

De aquella madre blanca 
Que está en el cielo, y desde allí te mira, 
Y en el mundo tus pasos acompaña. 

17 



248 TABARÉ 

Si no han muerto, me lloran mis hermanos; 
[Oh! llévame á su lado, que me llaman. 

Enséñame el camino: 
Yo sola iré, las fuerzas no me faltan. 

Aunque ves que desnudas y con sangre 
Se resisten mis plantas 

9 

A sostener mi cuerpo, no lo creas. 
Aún puedo caminar una jornada. 

Dime s6lo, por Dios, cuál es la senda 

Que conduce á lá playa... 
¿No me contestas? Tabaré: ^Q^^ tienes? 
¿Qué haces ahí? ¿No me oyes? ¿Me amenazas? 

jAh! me infundes terror ¿Por qué así tiemblas? 

¿Te ofenden mis palabras? 
Yo me iré sola si piadoso y bueno 
La senda de mi hogar tú me señalas. 

¿Ó han muerto todos? Dímelo, ¿qué hiciste? 
¿Mataste á mi Gonzalo en la batalla? 

¡Sola, sola en el mundo 
Yo tengo que morir abandonada! 



LIBRO TERCERO 249 

Déjame entonces, Tabaré, que rece 
La oración de la noche, pronto acaba; 

Y moriré en silencio 
Si tengo que morir, si no te apiadas. 



XII 



El indio que, abrazado á un viejo tronco, 

A la niña escuchaba, 
Lanza un gemido prolongado, amargo 

Como un llanto sin lágrimas. 

Todas á una, al reventar, sollozan 

Las fibras de su alma; 
Blanca atribuye á rabia aquel sollozo 
Y un nuevo grito de terror exhala. 

Al cielo la oración de la inocencia 

Temblorosa levanta. 
Con las manos unidas, y los ojos 
Llenos de luz, de sombras y de lágrimas. 



350 TABARÉ 

Cual si quisiera aprovechar los breves 

Instantes que le faltan, 
Ahoga los sollozos, y de entr« ellos 
Brota en tropel la fórmula sagrada; 

Las fórmulas que el indio en los albores 

Escuchó de su infancia 
De una mujer tan blanca como aquélla, 
Que sus primeros sueños arrullaba. 

jMorir tú! grita el indio... Por el bosque 

El sueño negro pasa; 
Ha brotado en la sombra, y va cruzando, 
Y al ñapindá sacude con las alas. 

Ha golpeado la frente del charrúa 

Con sus manos heladas... 
¿Dónde está? ¿Quién, en medio de la selva. 
Con esa voz de mis ensueños anda? 

¡Morir! ¡La virgen del ensueño dulce! 

¿Quién llegará á tocarla? 
El indio entre sus brazos ahogaría 
Al negro yacaré de las barrancas; 



LIBRO TERCERO 251 



Arrancará á los fuegos de la nubes 

Sus encendidas alas, 
Y mojará con sangré de su cuerpo 
El astro de las lomas solitarias! 



¡Tú morir! Cuando el indio con sus manos 

Vuelque todas las aguas 
Del Hum y el Uruguay ^ y allí derrame 
Toda la sangre de su obscura raza; 

Cuando en sus dientes Tabaré el charrúa 

Destroce la3 escamas 
Del yacaré, y al tigre con los dedos 
Arranque palpitantes las entrañas. 

Aun entonces la virgen de los sueños 

Se moverá gallarda: 
Todas las flores se abrirán para ella, 
Y cantarán por ella las calandrias. 

^Quién con la voz del sueño de mis noches, 

Entre las breñas anda? 
^Quién vierte en las arterias del charrúa 
El fuego que calienta las venganzas? 






359 TABARÉ 



XIII 



Blanca mira al salvaje que persigue 

Invisibles fantasmas. 
Mucho más de una vida se refleja 
En su pupila azul iluminada. 

La extrema palidez que por sus miembros 

Convulsos se derrama 
Hace de él una sombra transparente 
Forma sin cuerpo, evocación fantástica. 



XIV 



En la mente del indio se disipan 

Las visiones, y clava 
Con dulce intensidad en la española 
Sus pupilas ardientes y cansadas. 



LIBRO TERCERO 253 

Sus ojos en los ojos de la niña 
Largo rato descansan; 
Una gota de llanto brota en ellos 

Y brilla tristemente en sus pestañas, 

Y su voz se transforma, y suena dulce 

Como suenan las auras 
En los bosques del Htim^ cuando las sombras 
Que durmieron en él se desparraman. 

¿Por qué la virgen hiere con los labios 

Al indio Tabaré, 
Que ha contado las horas de sus noches 

Todas negras correr? 

jNo eres el sueñol ¿Sientes en las venas 

La vida como yo? 
jAhl ¿No eres sombra de la noche obscura 

Que vive en mi dolor? 

Ven, el charrúa posará sus labios 

Donde poses el pie; 
Vamos con tus hermanos. A las sombras 

Yo volveré después. 



354 TABARC 

No se abrirá dos veces con la aurora 

La flor de g^uabiyú; 
No mojarán dos lunas en el río 

Su temblorosa luz. 

Y ya el charrúa el sueño que no acaba 

Comenzará á dormir, 
Pues siente ya en sus huesos mucho frío... 

¡El frío de morir! 

¿Oyes el canto? Ya anda entre las ramas 

Con su canto el urú: 
El pájaro que anuncia las auroras 

Y llora por la luz. 

¿No lo sientes? Es triste como el indio, 

Dulce como el sabia.,. 
No hieras, virgen, al salvaje enfermo 
Que la noche sin lunas va á cruzar! 

La noche sin auroras y sin cantos, 

Donde corren sin fin 
JLas almas perseguidas, que aspiraron 

La flor del ciirupi. 



LIBRO TERCERO 255 

Sólo una vida tiene, una tan sólo 

El indio para tí; 
Tú no dirás su nombre dulcemente. 

Él volverá á morir, 

Allá en el bosque donde el astro hermoso 

Nunca se ve asomar, 
Donde vuelan los pájaros obscuros 

Que no duermen jamás; 

Donde duerme la madre del charrúa 

Tan blanca como tú; 
Donde los fuegos de su hogar primero 

Brillaron con su luz. 

Nadie dirá con llanto de ternura: 

¡Ha muerto Tabaré! 
Nadie verá los huesos con tristeza. 

De mi aierpo que fué; 

Mas la ligera madre del venado 

Herido en el chircal, 
Sobre los huesos del cacique muerto 
Por el venado herido balará. 



356 TABARÉ 

♦ 

Vamos con tus hermanos. A su selva 

El indio volverá. 
Su raza ha muerto; se apagaron todos 

Los fuegos de su hogar. 

Ya siento el sueño negro que no acaba 

En mis huesos correr; 
Vamos hasta el hogar de tus hermanos; 

Allí te dejaré. 

Tú quedarás como te vio en los sueños 

El indio Tabaré 
Que va á cruzar entre los negros toldos 

Para nunca volver: 

Pura como las aguas transparentes 
Que duermen en el Hum 

Cuando en los aires enmudece el viento 
Del Paraná'guazü. 

Vamos con tus hermanos; no me hieras. 

El indio no te odió; 
Tu lo has seguido siempre, derramando 

En sus venas dolor; 



LIBRO TERCERO 257 

Tü te has llevado el sueño de sus noches 

Y el fuego de su hogar, 
Las alas de sus flechas, y la fuerza 

De su arco de urunday. 

Vamos con tus hermanos. A su bosque 

El indio volverá 
A morir con su raza y con los fuegos 

De su salvaje hogar! 

La voz del indio suena dulcemente, 

Como suenan las auras 
En los bosques del Hum^ cuando las sombras 
Que durmieron en él se desparraman. 

Blanca lo escucha como se oye el eco 

De canción olvidada, 
Que en ráfagas acude á la memoria 
Sin que la voz consiga formularla. 

Pende en los labios de la absorta niña 

La tímida palabra 
De la trunca oración, y mira y sigue 
Al indio con atónita mirada. 



asS TABARÉ 

En SUS ojos azules ha creído 

Ver algo que esperaba, 
Algo como la estrella de las tardes 
Que en las riberas alumbró sus lágrimas; 

Punto de luz en que miraba acaso 

Aquella madre blanca 
Que se acostó á morir bajo los ceibos 
Y en el dolor de su hijo despertaba. 

La niña vio la luz en el abismo; 

Y alguien que habló en su alma: 
«Esa es, le dijo, tu soñada lumbre, 
Pero ese abismo sólo Dios lo salva.» 

Todo lo comprendió, y amó al salvaje 

Como las tumbas aman; 
Como se aman dos fuegos de un sepulcro 
Al confundirse en una sola llama; 

Como de dos deseos imposibles 
Se aman las esperanzas, 
Cual se ama, desde el borde del abismo, 
Al vértigo que vive en sus entrañas. 




CANTO QUINTO 



1 



¿Quién es ese indio pálido que cruza 
Las lomas solitarias, 

Y atraviesa el chircal y los bañados, 

Y una virgen conduce en sus espaldas? 



Camina vacilante como un ebrio; 

En convulsiones rápidas 
Se sacuden sus miembros, y en sus brazos 
Oscila á veces la preciosa carga. 



M 



a6o TABARÉ 

Es el indio imposible, el extranjero, 

El salvaje con lágrimas, 
La ultima gota de una sangre fría 
Que aún no ha bebido la sedienta pampa. i 



II 



El sol ha recorrido 

La mitad de su marcha, 

Y los viajeros sin* cesar caminan 
Al través de las lomas solitarias. 

Oyen por todas partes 
La metálica voz de la chicharra, 

Y al mamangá que zumba dando vueltas, 

Y al camoatí que hierve entre las ramas; 

El trémulo volido 

De la perdiz lejana, 
Y, en el quebracho, el golpe vigoroso 
Del carpintero^ leñador con alas. 



El aire está poblado 
De susurros que pasan; 
Como en un velo de cristal envuelto 
E! campo brilla entre auréolas diáfanas. 

Con intervalos breves, 
Del arbusto en las ramas, 
Su cantarcillo igual lanza el chingólo, 
Prolongando la nota con que acaba; 

Y se oye repetida 

A diversas distancias. 
La misma melodía quejumbrosa 
Que va, viene, contesta, ruega ó llama. 

El zorro entre las chircas 

Su larga cola arrastra, 
Huyendo á saltos y volviendo á veces 
El puntiagudo hocico entre las zarzas; 

La pesada cabeza 
Inclina el cardo seco; de su blanda 
Plumazón se desprenden las semillas 
Como enjambres de estrellas apagadas, 



26a TABARÉ 

Que vuelan en flotantes remolinos, 
Ó en el suelo se arrastran; 
Se detienen, y emprenden nuevamente 
Su camino sin rumbo atolondradas. 

Y, con Blanca en los brazos, 

El indio no descansa; 
Camina lento, sin cesar camina 
Dejando atrás las lomas solitarias. 



III 



Cruzan por los bañados 
Cubiertos de espadañas 
Sobre las cuales desarrolla al aire 
Su penacho gentil la paja brava; 

Allí los mirasoles 
Abren sus verdes alas, 
Y lanzan estridentes alaridos 
Los pesados chajás en las barrancas. 



LIBRO TERCERO 963 

Tiemblan los amarillos pajonales, 

Y brillan las tacuaras^ 

Y, entre los cardos secos y caídos, 
Cruzan la lagartija y las iguanas. 

Quejidos de palomas invisibles, 

Y voces de calandrias, 

Y notas como golpes sonorosos 

De los dormidos sauces se desgranan, 

Y pueblan el silencio de los aires 

Mezclados con las ráfagas 
De aromas puros, hálito del campo, 

Y de perdidas flores ignoradas. 

A grave paso y lento, la cigüeña 

Recorre las cañadas, 
Ó rozando los juncos al alzarse 
Los abanica, con- sus alas blancas, 

Y, vogando á compás firme y solemne, 
Tranquila se adelanta, 

Y se aleja, y se aleja hasta perderse 

Diluida en el aire y la distancia. 

iS 



»64 TABARÉ 

En las aguas inmóviles 

Se reflejan las garzas, 
Que dormitan ó cruzan cadenciosas, 
Como formas de espuma, entre las cañas; 

Los insectos se cuelgan 

En sus hilos de plata, 
Ó trepan por sus redes, que parecen 
Hebras de sol ó cristalinas arpas; 

Y con Blanca en los brazos 
Sigue el indio su marcha, 
Despertando á su paso en la maleza 
Los venados, que huyendo se levantan, 

Y en la lejana cumbre de la loma 

A mirarlo se paran, 
Proyectando en el cielo la silueta 
Del cuerpo esbelto y enramadas astas. 



LIBRO TERCERO a6s 



IV 



Y los viajeros siguen. 

Y sobre ellos las águilas 
En inmensos balances se remontan 
Del transparente espacio soberanas. 

Gritan los teru -teros, 

Cuyas alas armadas 
Zumban en vuelo sesgo y atrevido 
Que el aire en todas direcciones rasga. 

Ó corren por el suelo, 

Y huyendo se agazapan, 
Abandonando el nido silenciosos 
Para gritar después á la distancia. 

Brillan entre las flores 

La pequeña coraza 
Y la armadura azul y el yelmo de oro 
Del picaflor, armado por las auras, 



9é6 TABARÉ 

Para librar temblando 

Sus rápidas batallas 
Contra los genios que invisibles flotan, 
Y los ovarios de las flores guardan. 

Y todo para el indio 

Luce, resuena y pasa, 
Como adioses confusos y postreros 
Que se van para siempre y que se abrazan. 

El sigue, sigue siempre 
Con Blanca en las espaldas; 

Nada escucha; su cuerpo ya no tiembla; 

Ya las heridas de sus pies no sangran.. 

No ha salido del labio del charrúa 

Ni una sola palabra; 
El movimiento de su paso es dulce 
Como el balance de una cuna. Blanca 

Sobre el brazo, en el hombro del salvaje, 

La cabeza descansa; 
Las horas cierran sus hinchados párpados: 
La virgen duerme... Por sus labios pasa 



LIBRO TERCERO «67 

El aliento á compás, y en ellos deja 

Una sonrisa amarga, 
Lejana transparencia de un ensueño 
Que se mueve en el fondo de su alma. 



V 



Se ha detenido Tabaré de un sauce 

Bajo las ramas trémulas; 
Está inmóvil, absorto; para el indio 
La dulce niña aniquiló la tierra. 

Sólo siente en su oído acompasada 

La tibia intermitencia 
Del aliento de Blanca que, dormida, 
Sobre su hombro descansa la cabeza. 

Percibe sus latidos melodiosos 

Que el pecho le golpean, 
Como el ritmo de un canto sin sonidos 
Que sin tocar su cuerpo á su alma llega. 



968 TABARÉ 

El indio no se mueve; como en éxtasis 

En sus brazos conserva 
Á la virgen que duerme, como el ave 
Duerme en el nido que en la rama cuelga. 



VI 



Se acerca el sol á la ultima colina, 

Y Blanca no despierta; 
Duerme tranquila. Su jornada el indio 
De nuevo emprende cuidadosa y lenta. 

Su pie desnudo, por guardar silencio, 

Esquiva la hoja seca; 
Su mano, sin esfuerzo, suavemente 
Separa la silvestre enredadera; 

Del lugar en que anida el teru-tero 

Con cuidado se aleja. 
Por evitar sus gritos que de Blanca 
El dulce sueño interrumpir pudieran. 



LIBRO TERCERO 269 

Y sigue, y sigue, y cruza, unas tras otras. 

Las colinas desiertas; 
Se pierde en el cardal de las cañadas, 

Y aparece de nuevo allá en la cuesta. 



VII 



¿Los veis allá en la loma? El viento fresco 

De la tarde que llega 
Despierta á la española que, en su torno, 
Derrama la mirada con sorpresa. 

iQótno pudo dormir? Un raro ensueño. 

Que casi no recuerda. 
Acaba de volar dejando en su alma, 
Como el calor átl pájaro que vuela 

Queda en el nido, un rastro de algo triste 

Que á precisar iio acierta; 
Algo como un acorde, cuyas notas 
Siguen vibrando aún, pero dispersas. 



■I» TASARÍ 

Blanca mira al charrúa. Con el dedo 

Este á la virgen muestra 
Una columna de humo que, á lo lejos; 
Sobre la masa de árboles se eleva. 

¡El Uruguay! 

|San Salvador! 

La niña 
Una mirada intensa 
Ha clavado en los ojos del charrúa 
Azules y tristísimos. La estrella 

Brillaba en ellos, pálida, lejana, 

Agonizante y trémula. 
La estrella solitaria de las tardes 
Que las coliníts últimas pasea. 

El indio miró á Blanca, y sobre el pecho 

Inclinó la cabeza; 
Su mirada era fría y extenuada 
Cual la última que envía entre las breñas 



LIBRO TERCERO 371 

El inerme venado que allí muere 

Sin lanzar una queja, 
Lamiéndose la herfda dolorosa 

Y ya sin sangre en su costado abierta. 

La niña, sobre el hombro del charrúa, 

Y entre las manos yertas, 
Ocultó el rostro, cual si hubiera oído 
Una augustiosa inesperada nueva; 

Algo como el anuncio de la muerte 

Que ya tarde nos llega, 
De alguien que al espirar nos ha llamado 

Y que oimos tal vez sin darnos cuenta. 

¿Qué ha visto Blanca al despertar, y hallarse 

Con la mirada aquélla? 
¿Porqué rompió de pronto en un sollozo 

Y en un llanto de lágrimas acerbas? 



f '*> 



Lloraba á gritos con el rostro hundido 

Entre las manos gélidas, 
Y al través de sus lágrimas^ miraba, 
Levantando un momento la'cabeza. 



tja TABARÉ 

Al indio en cuyos brazos se veía, 

9 

A la corriente inmensa 
Del Uruguay, y á la columna de humo 
Que se elevaba transparente y lenta. 



VIII 



Tabaré oyó de Blanca los sollozos 

Con muda indiferencia; 
Impasible, perdida sin posarse 
Entre los aires su mirada muerta. 

Estaba en pie, pero insensible, frío, 

Frío como la tierra; 
Parecía extenuado; mas de pronto. 
Como empujado por ajena fuerza. 

Su cuerpo helado descendió la loma 

Con la española á cuestas 
Cuyos largos sollozos resonaban 
En la salvaje soledad desierta. 



LIBRO TERCERO 273 

Y el grupo aquel, atravesando el llano 

En siniestra carrera, 
Como la sombra que en el suelo cruza 
De obscura nube que los vientos llevan. 

Se hundió en la sombra del cercano bosque, 

Cuyos talas y ceibas 
Parecieron cerrarse tras el paso 
Del indio y la española. 

Tal se cierran 

Las aguas ó el sepulcro, en cuyo seno 

Se hunden ó se despeñan 
La flor que se desprende de su rama, 

Y el hombre que resbala de la tierra. 



CANTO SEXTO 




/ 



El sol va descendiendo lentamente, 

Y sus rayos oblicuos, 
Como ligeros seres embozados 
En diáfanos cendales amarillos. 

Van y vienen, flotando entre los árboles, 

Se baftan en el rio. 
Se arrastran por el campo ó, escondiendo 
El rastro de su vuelo fugitivo. 



LIBRO TERCERO 275 

Van á posarse en el ombü lejano, 

A cuyo lado mismo 
El urunday^ envuelto en los vapores, 
Duerme á la sombra el sueño vespertino. 

En la nube de bordes inflamados, 

De su agrandado disco 

■ 

El sol oculta una mitad; la otra 
Alumbra el campo con su triste brillo. 

Al desprenderse entero de las nubes, 

Desciende como el ígneo 
Escudo de batalla de un arcángel 
Que cruza lentamente lo infinito, 

Dejando tras de sí, por los espacios, 

Sobre un campo rojizo, 
Trozos inmensos de armaduras de oro, 
Y jirones de púrpura encendidos. 

Los rumores del valle se evaporan; 

Los vientos han huido 
A echarse fatigados en las islas 
Donde, á poco volar, duermen J:ranquilos. 



« 



976 TABARÉ 



II 



Solo sobre una loma, separado 

Del bosque de espiníllos, 
Está un ombú de los que allí parecen 
Para medir la soledad nacidos. 

En el tronco del árbol apoyado, , 

De pie, mudo y sombrío, 
Los brazos sobre el pomo del montante, 

Y con los ojos en el suelo fijos, 

Don Gonzalo de Orgaz, que todo el bosque 
En vano ha recorrido, 

Y ha traspuesto las lomas y barrancas 
Sin hallar de su hermana ni un vestigio; 

Que recién apagadas las hogeras 
Del bosque vio, junto al cadáver frío 
Del indio viejo, cual si viera el lecho 
Que el tigre ac^ba de dejar, aún tibio; 



LIBRÓ TERCERO 277 



Con la noche en el alma y en Ja frente, 

Comprime de su espíritu 
La tempestad siniestra, que se arrastra 
De su ira y su dolor en el abismo. 

Algunos hombres de armas lo rodean 

Mudos y pensativos. 
También el Padre Esteban; en sus- labios 
Asoma y se detiene en su camino 

Una frase de amor no articulada, 
Que al fin se desvanece en un suspiro; 
Todos callan; debajo de la cota 
Del capitán se escuchan los latido.s. 



III 



Los soldados comprenden 
La pasión de Gonzalo en su silencio. 
El que reina en el mar cuando las nubes 
Anuncian tempestad, no es más siniestro. 



378 TABARÉ 

Hay chispas comprimidas del hidalgo 
En los ojos inmóviles y negros; 
Tiene su pecho el palpitar de la onda 
Próxima á reventar; hay en sus nervios 

Una tensión violenta, 
Que sacude su cuerpo por intervalos 
Con un espasmo rápido que cruza 

Por sus rígidos miembros. 



IV 



;Quién osará romper con su palabra 

Aquel mutismo terco 
Del hermano de Blanca, sin que estalle 
La tempestad latente de su pecho? 

Miran todos al monje; solo él sabe 

Del alma los secretos; 
El vio nacer al capitán; él sólo 
Supo calmar sus ímpetus violentos. 



LIBRO TERCERO ^79 

— Gonzalo, amigo, escüchame, 

Dijo por fin el viejo misionero; 

¿Por qué entregarte á ese doloy sombrío? 

Aún no es de noche... al bosque volveremos... 

Volveremos, y acaso... 
¿Por qué desesperar? Acaso el cielo. 
Mi buen Gonzalo, á tu dolor reserva 
Y á tu congoja, lo que humano intento 

No alcanza á vislumbrar, próvido amparo 

Y benigno consuelo. 
Al dolor sobrevive y á la muerte 
La esperanza que á Dios pide su aliento. 

Pon la tuya en tu Dios, amigo mío, 
Sólo Él es grande y bueno. 
Oye, Gonzalo... vuelve en tí... confía. 
No encones, tu dolor, yo te lo ruego... 

La ira de Gonzalo, 

Cual si saliera de un sopor interno, 

Estalló, como el rayo cuando siente, 

Desde su nube, la atracción del suelo. 

19 



38o TABARÉ 

Sus atónitos ojos 
Por el campo vagaron un momento, 
Hasta que al ña una mirada ardiente 
Subió del alma hasta apoyarse en ellos, 

Y saltar sobre el monje 
Y en él clavarse con el fuego intenso 
Que templaba los nervios del hidalgo 
Para que en ellos estallase el vértigo. 

— ¡Vos! gritó amena;zante, 
Al monje devorando con el gesto, 
¡Vos me venís á hablar de una esperanza 
Que sólo vos matasteis en mi pecho! 

Vos que, con arte indigna; 
Me indujisteis al mal con vuestros ruegos. 
Me mostrasteis hermanos en los indios, 
E hijos de Dios en ese infame pueWo! 

¡Y que aún en Dios confíe! 
¡Y á mí me lo decís, ira del cielo! 
¡A mí, que lloro al ángel de mi vida 
Perdido por seguir vuestros consejos! 



LIBRO TERCERO 281 

¡Qué! jGreéis qué mi hefmana, 
De mi madre el legado postrimero, 
Pasto de la pasión de vuestros indios 
Ha de quedar en extranjero suelo? 

jOh! Yo os juro que antes 
Que tal suceda, escucharé en silencio 
Que llamen á mi madre prostituta, 
Bastardo á mí, y á mi blasón plebeyo. 

¿No sabéis que mi Blanca 
Lleva en las venas ésta que yo llevo 
Sangre de Orgaz, que agravio no tolera 
Ni sobrevive al deshonor? Sabedlo, 

Y... ¡volvedme mi hermana! 
Oh, me la volveréis, ¡voto al infiefno! 
¿No decís que aún es tiempo de ir al bosque? 
¿Pues cómo aquí os halláis? ¿Cómo aquí os veo? 

¿Qué hacéis? Id á la selva 
A buscar vuestros indios sólo enfermos. 
Vuestros hijos de Dios desheredados... 
Buscadme aquel salvaje prisionero, 



} 



1 
I 

t8a TABARÉ * 



) 



A quien por vos tan sólo, 
Por vuestros ruegos abrigué en mi seno. 
Id al bosque, ¿qué hacéis? ¡Oh! , por la sombra 
Sagrada de mi madre, yo os prometo 

Que ese sayal que os cubre 
No embotará la punta de mi acero. 
¡Hablad! ¡Dadme mi hermana. Padre Esteban! 
¡Dádmela! ¿Dónde está? ¿Qué la habéis hecho? 



V 



El anciano callaba; - 
Miraba á don Gonzalo por momentos, 
Y tornaba á doblar mudo la frente, 
En serena actitud permaneciendo. 

Callaban los soldados. 
Mientras Gonzalo, tembloroso y ciego, 
Buscaba en vano en el humilde fraile 
Provocación ó enojo cuando menos. 



LIBRO TERCERO zSj 

¡Damián! ¡Garcés! |Ramíro! 
Gritó por fin, pues lo que yo le ordeno 
No obedece de grado, por la fuerza 
Llevadlo al bosque y retornad... <Qué es esto? 

¡Quél ¿No me obedecéis? ¿También vosotros 
Contra mí os conjuráis? Damián: ¿Tú entre ellos? 
jBajáis las frentesl ¿Cómplices acaso, 
Traidores todos sois? ¿También sois reos? 



VI 



Los soldados vacilan 
En dar á aquella orden cumplimiento; 
Se miran entre sí, y esquivan todos 
Ser designados por mandato expreso. 

El furor del hidalgo 
Toma creces al verlos; 
Las metálicas piezas de sus armas 
Crujen con sus nerviosos movimientos; 



a84 TABARÉ 

Sobre el callado anciano 

Va á lanzarse frenético, 
Pero los hombres de armas se interponen 
Todos á una, en ademán resuelto. 



VII 



¡Capitán! gritó el uno, 
¡Cuidad de no tocarle, por el Cielo! 
¡No le toquéis! clamaron los soldados, 
¡Por vuestra vida, capitán, teneos! 

¡Ah, turba miserable! 
El hidalgo gritó retrocediendo; 
¿Me amenazáis, ralea de villanos, 
Gente soez de corazón de cieno? 

¡Me amenazáis, cobardes! 
Ya os mostraré cómo se aplasta el cuello 

9 

A la víbora inmunda, que se arrastra 
Para morder la planta á un caballero. 






LIBRO TERCERO 



Los. sol dados esperan. 
Con la espada desnuda, y con resuelto 
Y ya duro ademán, el de Gonzalo 
Temido ataque, que el hidalgo es fiero. 

En su mano la espada 
Se veía temblar, cual si en el hierro 
Continuase la vida y lo animara 
Del corazón y el brazo del guerrero. 



El primer rudo golpe 
Ha sonado del hierro contra el hierro; 
Gonzalo apoya la nervuda espalda 
En el tronco del árbol, y de nuevo 

• Alza el armado brazo; 
Se adelanta el anciano á detenerlo, 
Cuando clama una voz: 

— ;Por entre el bosque! 



a86 TABARÉ 

— ¡Un indio! 

— [El indio! 

— ¡Por el bosquel ¡Vedlo! 

4 

— ¡Dónde! grita Gonzalo, 
Los encendidos ojos revolviendo, 
— ¡Atraviesa aquel llano! 

— ¡Llega al soto! 
¿Lo veis? ¡Es él!... 

— ¡Es Blanca, vive el Cielo! 






IX 



Por allá, entre los árboles 

Apareció un momento 
Tabaré conduciendo á la española, 
Y en la espesura se internó de nuevo. 

De Blanca se escuchaban 

Los débiles lamentos; 
Aún vierte sobre el hombro del charrúa 
El llanto aquel que reventó en su pecho. 



LIBRO TERCERO «87 

El indio va callado, 

Sigue, sigue corriendo, 
Siempre empujado por la fuerza aquella 
Que sacudió sus ateridos miembros. 

Va insensible, agobiado, 

Y en dirección al pueblo; 
Siempre dejando de su sangre fría 
Las gotas que aun le quedan, en el suelo. 

Grito de rabia yjúbilo 

Lanzó Gonzalo al verlo, 
Y, como empuja el arco á la saeta, 
De su ciega pasión lo emjpujó el vértigo. 

Los ruidos de su arnés y de sus armas 
Al chocar con los árboles se oyeron 
Internarse saltando entre las breñas, 
Y despertando los dormidos ecos. 

Han seguido al hidaldo 
El monje y los soldados. Allá adentro 
Se vá apagando el ruido de sus pasos; 
El aire está y los árboles suspensos... 



s88 TABARÉ 

Un grito sofocado 
Resuena á poco tiempo; 
Tras él, clamores de dolor y angustia 
Turban del bosque el funeral silencio.. 



X 



¡Cayó la flor al río! 
Los temblorosos círculos concéntricos 
Balancearon los verdes cámalotes 

Y entre los brazos del juncal murieron. 

Las grietas del sepulcro 
Engendraron un lirio amarillento. 
Tuvo el perfume de la flor caída, 
Su misma extrema palidez.... ¡Han muerto! 

Así el himno cantaban 
Los desmayados ecos; 
Así lloraba el uruti en las ceibas, 

Y se quejaba en el sauzal el viento. 



LIBRO TERCERO 289 



XI 



Cuando al fondo del soto 
El anciano llegó con los guerreros, 
Tabaré, con el pecho atravesado, 
Yacía inmóvil, en su sangre envuelto. 

La espada del hidalgo 
Goteaba sangre que regaba el suelo; 
Blanca lanzaba clamorosos gritos... 
Tabaré no se oía.... Del aliento 

De su vida quedaba 
Un extertor apenas, que sus miembros- 
Extendidos en tierra recorría, 
Y que en breve cesó... Pálido, trémulo, 

Inmóvil don Gonzalo, 
Que aun oprimía el sanguinoso acero, 
Miraba á Blanca que, poblando el aire 
De gritos de dolor, contra su seno 



t9o TABARÉ 

Estrechaba al charrúa 
Que dulce la miró, pero de nuevo 
Tristemente cerró, para no abrirlos, 
Los apagados ojos en silencio. 

El indio oyó su nombre, 
Al derrumbarse en el instante eterno. 
Blanca desde la tierra lo llamaba, 
Lo llamaba por fin, pero de lejos. 

Ya Tabaré á los hombres 

Ese postrer ensueño 
No contará jamás.... Está callado, 
Callado para siempre, como el tiempo, 

Como su raza. 

Como el desierto, 
Como tumba que el muerto ha abandonado: 
¡Boca sin lengua, eternidad sin cielo! 



LIBRO TERCERO 291 



XII 



Ahogada por las sombras, 
La tarde va á morir. Vagos lamentos 
Vienen de los lejanos horizontes 
A estrecharse en el aire entre los ceibos. 

Espíritus errantes é invisibles, 

Desdemos cuatro vientos. 
Desde el mar y las sierras han venido 
Con la suprema queja del desierto: 

Con la voz de los llanos y corrientes. 

De los bosques inmensos, 
De las dulces colinas uruguayas 
En que una raza dispersó sus huesos; 

Voz de un miundo vacío que resuena; 

Raro acorde, compuesto 
De lejanos cantares ó tumultos, 
De alaridos y lágrimas y ruegos. 



993 TABARÉ 

El sol entre los árboles 
Ha dejado su adiós más lastimero, 
Triste como la última mirada 
De una virgen que muere sonriendo. 

Cuelgan entre los árboles del bosque 

Largos crespones negros; 
Cuelgan entre los árboles las sombras 
Que como aves informes van cayendo. 

Cuelgan entre los árboles del bosque 

Tules amarillentos; 
Cuelgan entre los árboles los últimos 
Lampos de luz como sudarios trémulos. 

La luz y las tinieblas en los aires 

. Batallan un momento; 
Extraña y negra forma cobra el bosque... 
La noche sin aurora está en su seno. 

Y cual se oyen gotear, tras de la lluvia, 
Después que cesa el viento, 

Las empapadas ramas de los árboles, 
Ó los mojados techos, 



LIBRO TERCERO 293 

Brotan del bosque en que el callado grupo 
Está en la densa obscuridad envuelto, 
Ya un metálico golpe en la armadura 
Del capitán ó de un arcabucero; 

Ya un sollozo de Blanca, aún abrazada 

De Tabaré con el inmóvil cuerpo, 

Ó una palabra trémula y solemne 

De la oración del monje por los muertos. 



FIN DEL POEMA 



ÍNDICE ALFABÉTICO 



20 



ÍNDICE ALFABÉTICO 

DE ALGUNAS VOCES INDÍGENAS EMPLEADAS EN EL TEXTO 



AHUÉ. — Árbol indígena/ Reyes, en su Geo- 
grafía de la República^ dice de él lo siguiente: «En 
los sotos 6 isletas desprendidos de los ríos al N. 
del territorio, se encuentra un hermoso árbol, 
frondoso y de alto porte, madera blanca y fuer- 
te como el guayabo, cuya maléfica sombra re- 
chaza toda vegetación en sus contornos, y que 
daña instantáneamente al que, por ignorar sus 
propiedades, se cobija en ella, causando un so- 
por y aniquilamiento que generalmente acarrea 
fatales consecuencias. Creemos, por la tradición 
que hemos oído, que los indios le llamaban el 
ühué 6 árbol malo. 

BIGUÁ (¿Graculus garbo?). — Ave palmípe- 
da de la subfamilia de los Gracúlidos, Es negra, 
de largas alas, y se encuentra muy comunmen- 
te en los ríos, á cuyas orillas se agrupa en ban - 



398 TABARÉ 

dadas. Acaso tiene analogías con el Cormorán; 
no he encontrado con perfecta exactitud su cla- 
siñcación cientíñca. 

CAICOBÉ. Sensitiva. — La voz guarany 
quiere decir planta que vive. Es conocida la pro- 
piedad que tienen sus hojas de plegarse, como 
movidas de un resorte, al más mínimo contacto 
exterior. 

CAMALOTE (Eichornia speciosa). — Plan- 
ta, acuática que se ve comunmente en las orillas 
de los ríos, arroyos y lagunas: sus hojas frescas, 
grandes y brillantes flotan en la superficie de 
las aguas, y sus flores son blancas ó moradas. 
Constituye el verdadero marco de casi todos 
nuestros arroyos, lagunas y ríos. Tomo de la 
obra del Dr. D. Alejandro Magariños Cervan- 
tes, Palmas y Ombúes, lo siguiente, que él á su 
vez transcribe de una publicación periódica y 
de un artículo suscrito por un isleño: «Circuns- 
cribiéndome á la planta acuática, dice, pues hay 
otras muchas de diferentes formas pero de igua« 
les condiciones de vegetación, diré del pontede^ 
ria, vulgo camalote^ que se sostiene á flote en vir* 
tud de ser los tallos de sus hojas en forma de 
vejiga periforme hueca, y posee raíces capilares 
negras por las que extrae del agua las sustan- 
cias de que se alimenta. 

i El camalote es por lo tanto planta entera « 



ÍNDICE ALFABÉTICO »» 

mente acuática, y necesita bastante agua para 
su desarrollo, el cual no puede tener lugar en 
la orilla que las bajantes dejan al descubierto y 
donde se marchita y muere pronto, 

*En los innumerables recodos de los ríos, 
donde el agua es profunda y tranquila, se des- 
arrolla el camalote con profusión, y forma una 
masa enredada de rafees que hacen difícil cor- 
tarlo para dar paso á las embarcaciones; porque 
el enredo está debajo del agua y no en la super- 
ficie. 

■ En ésta, las plantas se aprietan tanto, por 
efecto de- la multiplicación infinita en espacio 
limitado, que sobre sus tallos-boyas contiguos, 
récoje y sostiene á flote la tierra que depositan 
las tormentas de las Pampas. Sobre ésta nacen 
otras diifersas plantas, y pronto se forma una 
isla flotante que basta á sostener el peso de ve- 
nados, tigres y otros animales. Algunos fugitivos 
de nuestras luchas civiles lograron escapar desús 
verdugos, navegando r!o abajo sobre estas islas 
vegetales flotantes. 

• Cuando el río sube y extiende su caudal de 
agaa cubriendo las orillas inmediatas al cama- 
lote, éste se encuentra libre del obstáculo que 
oponen á su marcha las configuraciones de la 
costa, y por poco que el viento lo empuje hacia 
el hilo de la corriente, emprende su camino 
triunfal aguas abajo, hasta perderse desmem- 
brándose poco á poco en alta mar. Los he visto 



300 TABARÉ 

fuera de sonda al enfrentar el Río de la Plata.» 

CAMOATÍ. — Nombre indígena de los gran- 
des panales de miel que construyen con barro 
entre las ramas de los árboles las abejas ó avis- 
pas silvestres. 

CANELÓN (Myrsine sp.). — Árbol de hoja 
carnosa de un verde obscuro y que crece muy co- 
munmente entre las piedras y en las riberas de 
los arroyos y ríos de la República O. del Uru- 
guay. 

CARANCHO (PoLYBORüs vulgaris). — Ave 
del orden de las Rapaces diurnas, familia de los 
Falconideos, acaso la más común y la tnás rapaz 
entre las de su especie que existen en la Repú- 
blica. Es de un color gris obscuro y se posa muy 
comunmente en el suelo. Los indios le llamaban 
también caracará, sin duda por la analogía fo- 
nética de esa voz con el desapacible graznido 
del ave. 

■ 

CARPINCHO (HiDROQUERo capibara). — 
Animal mamífero del orden de los Roedores 
familia de los Cávidos, Para la descripción de 
' este animal, el mayor y más notable que se co- 
noce en el orden de los roedores', dejo la pala- 
bra á Azara, que fué el primero que lo hizo co- 
nocer á la ciencia: «Los guaranis, dice, le lia- 



ÍNDICE ALFABÉTICO 301 

man capugua, de donde le viene el nombre espa- 
ñol de capibara; los indios le designan con el 
nombre de lakay si es pequeño y de otschagú si 
es grande. Habita el Paraguay hasta el río de 
la Plata, y sobre todo las orillas de los ríos/ la- 
gos y corrientes, pero sin alejarse más de cien 
pasos de ellas. Cuando se le asusta, lanza un 
sonido fuerte y sonoro que podría traducirse 
por ¡ap! y no asoma más que la narir. Si el pe- 
ligro es grande ó tiene el animal alguna herida, 
se sumerge y nada muy grandes trechos debajo 
del agua... Largos ratos se sienta sobre sus pa- 
tas posteriores sin moverse... Los pequeños si- 
guen á su madre; son muy fáciles de domesti- 
car; se les puede dejar libres; salen y vuelven; 
acuden cuando se les llama y se alegran cuan- 
do se les acaricia.» 

£1 carpincho S3i\e del agua á pacer generalmen- 
te al caer la tarde; suele andar en manadas; co- 
rre y da grandes saltos al lanzarse al agua con 
estrépito dando el fuerte grito á que sé refiere 
Azara. 

CEIBO Ó CEIBA (Erythira crista galli; 
CHOPO en España). — Arbusto ó árbol que, á las 
veces, alcanza una altura de ocho metros; su 
maderajes liviana, porosa y acuosa; sus hermo- 
sísimas ñores son de un color rojo muy vivo. 

CIPO. — Enredadera muy resistente, con cu- 



3oa TABARÉ 

yo tejido fibroso pueden hacerse cuerdas de tan- 
ta consistencia como las del cáñamo. 

CURUPÍ (Sapium áucaparium). — Árbol me- 
diano, tiene una savia blanca, lechosa y muy 
venenosa; con el extracto de sus hojas se ha sus- 
tituido el acónito. Los indios del Gran Chaco 
envenenan todavía con aquella savia la punta 
de sus flechas. 

CHAJÁ (Cauno chavaría). — Ave zancuda, de 
la familia de los Caunos. Su nombre en guaraní 
(yajá), remedo de su graznido, quiere decir ¡Va» 
mos! Es de color ceniciento y tiene las patas en- 
carnadas. Las articulaciones de las alas tienen 
dos púas ó espuelas aceradas en cada una; la 
del ala derecha es mayor y más fuerte. Es ave 
de bastante corpulencia; llega hasta medir más 
de un metro de vuelo. Es muy común en las la- 
gunas, rios y bañados. 

CHINGÓLO (ZONOTRICHIA AUSTRALIS). — 

Ave del orden de los Paserinos ó pájaros can- 
tores. He hallado al chingólo clasificado con este 
mismo nombre en la gran obra de Brehm La 
Creación; lo manifiesto porque muy comunmen- 
te la fauna sud-americana brilla por su ausen- 
cia en las obra» de historia natural. Así descri- 
be Audubón, transcrito por Brehm, las costum- 
bres del chingólo: tDe repente se ven todos los 



ÍNDICE ALFABÉTICO 303 

cercos y jarales cubiertos de aquellos preciosos 
pájaros; aparecen en bandadas de 30 á 50; sal- 
tan á tierra para buscar su alimento; pero á la 
menor alarma se refugian todos en el más espe- 
so matorral. Un ^momento después aparece uñ 
pájaro en las altas ramas; sígnenle un segundo 
y un tercero, y entonces da principio á un agra- 
dable concierto. Su voz es de una dulzura tan 
agradable que á veces me extasiaba oyéndolos. 
Por la mañana, sin embargo, lanzan gritos es- 
tridentes que podrían traducirse por twit.» 

Ese es, efectivamente, nuestro conocido y pe- 
queño chingólo, cuyo canto dulce consta general - 
mente de cinco notas y que, durante las sies- 
tas, se oye diseminado en los cardales 6 en los 
pequeños arbustos. 

GUAYABO (Eugenia cisplatensis). — Árbol 
de mediana estatura, originario del Brasil me- 
ridional, Uruguay, y República Argentina. Su 
fruto es comestible y su madera obscura. 

GUABIYÚ.— Árbol de la familia de las Mir^ 
táceas, de hoja carnosa y verdinegra y de fruto 
dulce y agradable. 

GUAYACÁN (POLIERIA hygrométrica). — 
Arbusto pequeño de madera muy dura y resis- 
tente y ñores copiosas y muy blancas. 



3Ó4 TABARÉ * 

HUM, — Nombre que los charrúas daban al 
Río Negro. (V. Uruguay).—//», que se pronun- 
cia con un sonido nasa), quiere decir mgro en 
guarany. 

JAGUARETÉ. — Compuesto de las voces 
g uaraní ticas yVi^wa (perro), veté (cuerpo), quiere, 
pues, decir, cuerpo de perro. Es el tigre america- 
no; según Humboldt, es de las mismas dimen- 
siones y ñereza que el tigre real. Su altura has- 
ta la cruz llegará á 0,80 metros y á 1,45 desde 
el hocico hasta la raiz de la' cola, que mide 0,68 
metros. Es el más grande y el más fuerte del 
orden de los Félidos^ grupo de los leopardos, y 
el más temible del nuevo continente. El pelaje 
eti la mayoría de los individuos es de un ama-' 
rillo rojizo, si bien predomina el blanco en el 
interior de las orejas, el hocico, las mandíbu- 
las, la garganta, la- parte inferior del cuerpo y 
la interior de las piernas. Todo su enorme cuer- 
po está cubierto de manchas, unas veces pe> 
quenas, negras y circulares, y otras grandes en 
forma de anillos ribeteados de rojo y negro. Muy 
abundante en tiempo de la conquista, hoy el 
jaguareté está en vías de completa extinción en 
nuestro país. 

LEOPARDO.— (V. Jaguareté). 

MBURUCUYÁ (Pasiflora ccerulea).— En- 



ÍNDICE ALFABÉTICO 305 

redadera conocida también con los nombres de 
pasionaria, pasiflora ó flor de la pasión; el pue- 
blo ha hallado en sus hermosas^ flores represen- 
tados los atributos de la pasión del Salvador. 
Su fruto es comestible, amarillo exteriormente 
y rojo en el interior. 

MACACHI (OXALIS ARTICULATA Y LOBATa). — 

Planta de las Tuberáceas. Sus rizomas son co- 
mestibles y de un gusto dulce. 

MAMANGÁ. — (Se le suele decir mangangá; 
la etimología guaranitica exige, sin embargo, la 
voz. que yo he adoptado y que es ja que se em- 
plea en el Paraguay y Corrientes, donde aún se 
habla el guarany.) Nombre indígena de los abe- 
jorros, insectos de la familia de los Hinienópteros. 
Tipos gruñonas los llama Landois. «Posados pere- 
zosamente en las flores, dice un autor citado por 
Brehm, siempre están zumbando, y parece que 
no se ocupan en otra cosa.» La especie más co- 
mún es negra con algunos segmentos del abdo- 
men blancos; hay otras en que el escudete y los 
primeros segmentos del abdomen son amarillos 
y rojos, y también todos amarillos. Todas ó casi 
todas las variedades de este insecto existen en 
la República Oriental del Uruguay. La expresi- 
va voz guaranitica mamangá significa algo como 
cosa que zumba dando vueltas; describe el insecto. 



3o6 TABARÉ 

MOLLE (Moya espinosa).— Árbol indígena 
de mediana estatura; crece tortuoso, y sus ramas 
son espinosas; su fruto es comestible, aunque 
algo resinoso, cualidad muy común en los frutos 
de la ñora indígena. 

MIRASOL. — Ave del orden de las Zancudas, 
familia de las Pluviales. Tiene analogías con el 
Pluvial dorado y el variado. Es de un .color verde 
ó almendra con orlas negras, y las largas patas 
negras; 6 bien verde claro, con las patas amari- 
llas. El pico es largo y sumamente agudo. Ha- 
bita los pantanos. 

NUTRIA (Myopotamus coypus). — Es un ani- 
mal del orden de los Roedores , especie de rata 
de agua que hace su cueva á orillas de los ríos 
y arroyos y al pie de los barrancos. Se le ve, so- 
bre todo al caer la tarde ó de noche, nadar en 
las corrientes ó correr por las márgenes de los 
arroyos y ríos. 

ÑACURUTÚ (Buho virginianus). — La voz 
guaranítica quiere decir : jibado , encogido;, algo 
como actitud recelosa 6 de acecho. Ave de ra- 
piña nocturna, de la familia de los EsMgidos, 
subfamilia de los Otidos, correspondiente acaso 
al gran duque de Europa. Se distingue por los 
mechones de plumas en forma de cuernos sobre- 
puestos á las orejas. Los ojos grandes, aplana- 



r 

i 



ÍNDICE ALFABÉTICO 307 

dos, movibles y* de un color amarillo vivísimo, 
aumentan en el ñacurutú ese carácter fantástico 
de las aves nocturnas, tan ocasionado á desper- 
tar las curiosas supersticiones del vulgo. 

NANDÚ. — Nombre guaraníticO del avestruz 
americano. 

ÑANDUBAY (Prosopis Algarrobilla Pro- 
sopis ñandubey). — Árbol indígena de grandes 
dimensiones; su fruto es agrio y contiene tanino; 
su madera es de construcción, sólida, dura y 
muy pesada; se usa muy comunmente para pos- 
tes de cercos y como combustible. 

OMBU (PiRCUNiA dioica). — Llamado en Es- 
paña Belonibra. Árbol originario de América 
(aunque existen opiniones en contra), frondoso 
y elevado. Alcanza una altura de i6 á i8 me- 
tros; descuella, por consiguiente, sobre los otros 
árboles, aunque de ordinario crece aislado en el 
territorio uruguayo y busca siempre las alturas. 
Es el árbol de nuestras ruinas y de nuestras so- 
ledades. Aún hoy, cuando éstas desaparecen, el 
pueblo mide las distancias y designa los parajes 
por medio de referencias á antiguos y conocidos 
ombúes. 

PAJA BRAVA (CoLiETiENIA GINERIOIDES). — 

Grama que se cría á orillas de los arroyos y ríos; 



3o8 TABARÉ 

SU hoja es larga, muy brillante y dentada; en el 
centro de éstas se levanta una caña, en cuya ex - 
tremidad se forma un penacho blanco. Se usa 
para techos de ranchos ó pequeñas casas de cam- 
po y también como adorno de los salones. 

PARANÁ GUAZÚ. (V. Uruguay.) 

QUEBRACHO (Quebrachia Lorentzii, Lo- 
xoPTERYGiUM LoRENTZii). — Árbol dc lo á 15 me- 
tros de altura y de un metro de diámetro en 
el tronco; su madera es obscura, pesada y du- 
rísima; los indios construían con ella sus ar- 
mas; hoy se emplea en construcciones fuertes, 
como durmientes de ferrocarril, masas de roda- 
do, enmaredados de casas, tablazón de buques,, 
etcétera. 

SARANDI. — En guarany quiere decir lugar 
donde hay mucha maleza. Saran^ maleza; di, si- 
tio donde hay mucho. (Blanco, colorado y ne- 
gro. Phyllanthus Selowianus, Cephalanthus Sarandi.) 
Arbusto común en las riberas. Crece en la mis- 
ma orilla de las corrientes, de modo que las 
aguas bañan de ordinario los troncos. 

TABARÉ. — El nombre de Tabaré se encuen- 
tra en el Viaje al Río de la Plata y Paraguay^ de 
Ulderico Schmidel , aventurero alemán que 



ÍNDICE Ai^FABÉTirO 309 

acompañó al bravo y honesto Alv^r Núñez en 
su memorable expedición al Paraguay. 

También Rui Díaz de Guzmán, en^u Histo- 
ria Argentina, nos da á conocer ese nombre, aun- 
que en distinta acepción que Schmidel. 

Éste nos presenta á un cacique Tabaré que 
hizo sudar el hopo, como decía Cervantes, á los 
bizarros expedicionarios de Alvar Núñez en las 
inmediaciones de la Asunción, que los indios 
llamaban Lambaré. 

No es ese, sin embargo, el protagonista de mi 
poema. 

¿Cuál es entonces? 

Otro; y para explicaciones basta y sobra con 
lo dicho. 

Quede sólo sentado que Tabaré es el nombre 
de un cacique que un día existió j y que la voz 
Tabaré es genuina y muy característica de la len- 
gua tupí. Lo cual, unido al sonido eufónico de 
esa voz, me indujo á adoptarla para designar 
con ella á nii protagonista; y, por fin, que la pa- 
labra Tabaré está compuesta de las voces taba, 
pueblo ó caserío, y ré, después; es decir, el que 
vive solo, lejos ó retirado del pueblo. (Acotacio- 
nes de Angelis á la Historia de Rui Díaz.) 

I Ojalá que mi Tabaré, olvidado por los histo- 
riadores, porque no lo vieron, ó no quisieron , ó 
no pudieron verlo, resulte, sin embargo, más 
histórico que el Tabaré de Schmidel 6 de Rui 
Díaz! 



^ 



3SO TABARÉ 

Mucho pedir es eso; sin embargo, lo diré sin 
vana pretensión: no creo que los cronistas de la 
conquista (incluso el bueno del arcediano Cen- 
tenera , que tantas cosas archicuriosas vio por 
estos mundos con los ojos de la imaginación que 
dio vida á La A rgentina) , no creo, digo, que los 
cronistas hayan visto á aquellos indiotes estra- 
falarios que tanto quehacer dieron á los heroicos 
conquistadores con mayor intensidad que la con 
que yo he visto á mi imposible charrúa de ojos 
azules. 

Yo creo firmemente que las historias de los 
poetas son, á las veces,, más historia que la de 
los historiadores. Los criterios se imponen, es 
cierto, á la humanidad; pero la inspiración se 
impone á los criterios, y vaya lo uno por lo 
otro. 

¿Qué sitio de la tierra en que pudiera haber 
nacido hubiera dado mayor longevidad al bue- 
no de D. Alonso Quijano que el cerebro de Cer- 
vantes, sitio privilegiado en que nació con su 
indigestión de libros de caballerías? 

¿Tiene acaso una vida más real en el criterio 
de la humanidad el rey D. Felipe que el loco 
D. Quijote? 

Y puesto que, á pesar de mi aversión á prólo- 
gos y proemios y otras zarandajas, estoy cayen- 
do, quieras que no, en ellos (puesto que no en 
otra cosa que en un prólogo á parte post ^e está 
convirtiendo esta nota), vayan algunas ideas que 



ÍNDICE' ALFABÉTICO 3»! 

están en este momento retozando bajo los pun- 
tos de mi pluma. 

Alguien, cuya opinión m^ merece respeto, ^e 
decía después de conocer el plan de mi poema: 
¿Por qué no personificar la raza en una mujer? 
¿No sería ello más fácil, más verosímil y más 
conducente al propósito fundamental de la obra? 

Nó; debí personificarla en un hombre casi im- 
posible , como pude haberla encarnado en una 
fiera no clasificada por los sabios, y que, á pe- 
sar de ser fiera, nos inspirara compasión, y has- 
ta amor y ternura. 

¿No es hermosa la ternura humana puesta en 
un tigre agonizante? ¿No es posible? Y si se con- 
sigue despertarla, ¿no puede llegar á ser ori- 
ginal? 

La fiera raza charrúa, aun para pedir una lá- 
grima de compasión, debía presentarse encarna- 
da en Tabaré y no en Liropcya^ la virgen salvaje 
de nuestra leyenda indígena. ' 

Era imposible que al asomarse el poeta al 
abismo en que duerme la estirpe indómita el 
sueño de la tierra; que al llamarla á gritos des- 
de el borde lejano, le hubiese contestado desde 
el fondo una voz de mujer. 

Eso hubiera sido acaso el idilio salvaje, la le- 
yenda vestida de plumas de colores. Yo llama- 
ba á la epopeya. 

Quien me ha respondido no lo sé. He escrito 
la respuesta en este libro. 

21 



! 



{ 



3xa TABARÉ 

¡La e|)of^eya! oigo clamar al tratadista de re- 
tórica y poética. ¡La epopeya, coa un salvaje 
obscuro por protagonista y con un caserío y una 
selva por teatro! ¡ La epopeya en verso asonan- 
tado y sin octavas reales! 

¡Oh, adoradores de las venerables tradiciones 
de forma! Yo que venero al viejo padre Home- 
ro; yp que no concibo el arte sin la belleza de la 
fonna, no creo, sin embargo, que esté dogmáti- 
camente -establecida la. forma de la belleza. 

Inoculad el espíritu épico en un organismo li- 
terario hermoso, y habréis realizado la epo- 
peya. 

¿No existen epopeyas dramáticas? ¿No se ha 
llamado epopeya al Quijote ^ á La vida es sueño ó 
á los cantos de Ossián? 

La epopeya no es una forma literaria; lo que 
la caracteriza es el agente que imprime movi- 
miento é impone desenlace á la acción. 

¿Y lo maravilloso? se me dice. Precisamente 
lo maravilloso en la epopeya es la desaparición 
de la voluntad humana como agente de la ac- 
ción, á ñn de que ésta sea movida por una fuer- 
za superior. 

Y cuando la criatura desaparece,- no hay tér- 
mino medio: tiene que aparecer el Creador. 

La encarnación de sus leyes misteriosas en 
los sucesos humanos se llama creación épica. 

Los antiguos hablaban del Hado, 

I Por qué se habrá conservado la pala'bra sin 



ÍNDICE ALFABÉTICO 3«3 

sentido ufatalidad^i^ en íós diccionarios de las len- 
guas cristianas? ^' 

No me incumbe indicar cómo están personifi- 
cados estos principios en Tabaré; si él es aeree* 
dor á algo más que á la indiferencia , la crítica 
lo dirá.^ 

Baste con lo dicho en cuanto al espíritu de la 
obra. 

En lo que se refiere á la forma, ¿será digna de 
ser tenida en cuenta por la crítica la labor que 
he condensado, no ya en la estructura de la es- 
trofa, pero sí en la de la frase, que he procura* 
do arrancar al estudio de la lengua i«/>í, procu- 
rando desentrañar el pensar y el sentir del in- 
dio de la índole del idioma*, y buscando el me- 
dio de hacerlo hablar tupí en, castellano? 

Sueño frío y cuerpo que fué, tiempo de los soles largos ^ 
luna ^ fuego, con su claro significado de muerte, 
cadáver, verano, estrella, y cien otras que el mismo 
contexto indicará-, son imágenes bellísimas indu* 
dablemente; pero que no son hijas de la inspira* 
ción del poeta, sino dé una investigación laborio- 
sa de la etimología de las voces guaraníticas 
con que el indio expresaba esas ideas. 

Mucho habría que decir sobre este punto; pe- 
ro tampoco me incumbe hacerlo: ahí. está la 
obra. Lo que había de decir al respecto está ó 
no en el poema y en cualquiera de los dos casos 
holgaría en esta nota. ^ 

Por la misma Tazón creo fuera dé sazón toda 






3t4 TABARÉ 

observación sobré fauna, flora, filología, costum- 
bres charrúas... etc. 

No soy yo quien debe decir si en estas pági- 
nas se respiran ó no las auras de la patria uru^ 
guaya; si el poema es nacional; si sus árboles son 
nuestros árboles, sus rumores son nuestros ru- 
mores, sus alboradas y sus siestas y sus tardes, 
las tardes, siestas y alboradas de nuestra tierra 
incomparable; si el pájaro que canta, y la enre- 
dadera que trepa, y el río que corre, y la loma 
que despierta ó se arropa en su neblina, y la es- 
trella que tiembla en su luz, son ó nó nuestras 
loma3f y nuestras estrellas y nuestros cantos. 

¡Oh, si lo fueran! 

Creo que he andado, al escribir esta obra, por 
sendas no holladas ú holladas poco por*plantas 
humanas. 

No me es dado, sin vana pretensión, aspkar al 
título de creador; me daré por bien servido si 
consigo el de explorador medianamente afortu- 
nado. 

TALA (Celtis Sbllowiana). — Árbol acaso 
el más común y característico de los bosques 
uruguayos: alcanza una altura de 8 á 12 metros 
y su tropeo llega á tener hasta medio metro de 
diámetro; la madera es sumamente fuerte y se 
usa hoy para postes, cabos de herramientas, etc., 
y como buen combustible. Sus frutitas son co- 
mestibles. 



. índice ALFABÉTICO 315 

, TERU-TERO (Vanellus Cayenensis).— 
Ave del orden de las Zancudas, familia de los* 
Hoplópteros. Acaso corresponde á la llamada ave 
fría de espolón. Está caracterizado por un espolón 
ó púa acerada que tiene en la articulación de las 
alas. El teru tero es el centinela de los campos; á 
todas horas, sin excluir las de la noche, anuncia 
la más mínima novedad por medio del grito es- 
tridente que le ha dado nombre. 

• 
URUCÚ (VixEA Orellana). — Plalita origi- 
naria de América. La masa pulposa que envuel- 
ve sus semillas es de un color encarnado-anaran- 
jado y tiene olor á violetas. Es sustancia tintó- 
rea que aun Hoy emplean los indios matacos y 
chiriguanos para teñirse el cuerpo de uñ color 
anaranjado vivo. 

URUGUAY. — Grande y hermoso río que li- 
mita por su parte occidental la República Orien- 
tal del Uruguay, y en cuyas márgenes y las del 
Río de la Plata vivió la raza charrúa, así como 
las demás tribus cuyos nombres y costumbres 
ñguran en el poema. 

. Varias opiniones se han emitido sobre la eti- 
mología de la voz Uruguay, Quién afirma que 
quiere decir Cola de gallina; quién Río de los cara' 
coles (riviere des litnagons d'eau) ó de los moluscos 
(des ampullaires). 

Mis estudios en ese sentido, me hacen descom- 



t 

i 

i 



316 ' TABARÉ 

poner esa voz en esta fornia: zírá— uá-^i— Urú •' 
significa pájaro, y también un pájaro determina» 
do, especie de ruiseñor que figura en el poema; 
uá significa cueva, antro, concavidad; i, que tie- 
ne en tupi un sonido nasal característico, signi- 
fica, agua ó río, según se use sola la voz ó com- 
binada con otras. 

Uruguay significa, por consiguiente, agua que 
brota de cueva, donde hay pájaros, ó Rio de los 
pájaros» 

Corra esta opinión en lo que pueda valer. 

£1 gran río nace en la falda occidental de la 
sierra general del Brasil, desemboca en el río de 
la Plata, después de un curso de doscientas cin- 
cuenta leguas en que recoge el fributo de in- 
numerables afluentes. El mayor y más hermoso 
de todos ellos es el Río Negro ^ llamado //«t« por 
los charrúas, el cual atraviesa de Este á Oeste 
la República Oriental y recoge en su largó cur- 
so las aguas de más de la mitad del terri- 
torio. 

Á alguna distancia de la desembocadura del 
Río Negro hállase la del arroyo San Salvador , cu- 
yas márgenes y las de aquél son el teatro de es- 
te poema. 

El río Uruguay en su desembocadura recoge la 
prodigiosa cantidad de aguas de los ríos Paraná 
y Paraguay, ó más bien dicho, toda's ellas se jun- 
tan para formar una gran desembocadura llama- 
da boca del guazu. Esta, conjuntamente con el 



* 
I 



ÍNDICE ALFABÉTICO 3x7 

Plata era llamada por los indios Paranáguazú^ 
que quiere decir río como mar (Para, mar; ana 
adverbio comparativo; guazúy grande). 

£1 Uruguay tiene un curso de doscientas cin- 
cuenta leguas sin contar el Plata; traza gran- 
des sinuosida^des; forma innumerables islas; es 
hoy navegable hasta la barra del PiraUni y con 
muy poco esfuerzo, no tardaría en serlo hasta 
muy cerca de sus fuentes que brotan del cora- 
zón de la América Meridional. La circunstancia 
de correr de Norte á Sud y de atravesar por con- 
siguiente, distintas latitudes y climas, puede 
dar idea de la importancia del gran río que, con 
el Paraná, forman el Eufrates y él Tigris ameri- 
canos, incomparablemente más extensos y más 
ricos que los que hicieron nacer en sus márge 
nes á las.Nínives y Eabilonias de la antigua opu- 
lenta Mesopotamia. 



URUNDAY (AsTROLiuM juglaudifolium). — 
Árbol alto y frondoso de las selvas sub -tropica- 
les donde llega á una altura mayor de veinte 
metros. En el territorio oriental del Uruguay 
donde existe no alcanza esas colosales propor- 
ciones; pero las adquiere muy considerables. Su 
madera es de construc<^ión, muy buena, suma- 
mente sólida y resinosa; une á su solidez cierta 
elasticidad, circustancia que hace muy verosí- 
mil el supuesto según el cual los indios cons- 



3x8 - TABARÉ 

trufan sus arcos de las ramas de este árbol con 
preferencia. 



1 



YACARÉ. — Reptil del orden de los cocodri- ^ j 

los, familia de los Caimanes. En la obra de 
Brehm, La Creación, lo veo con el nombre de 
chacare, probablemente por adulteración ó arre- 
glo oficioso de ISr voz tupí yacarf ó más bien por- 
que el que tradujo al castellano del alemán la 
citada obra era poco versado en achaques gua- 
raníticos. Baste, pues saber que eX yacaré de los 
guaraníes es el reptil llamado caimán. 



1 1 



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